LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Indigencia moral

15/12/2019

Lleva la casa a cuestas y pasa las noches en el interior de un cajero automático cerca de la Diagonal desde que el otoño se ha hecho notar con más fuerza. Varios cartones hacen las veces de somier y una vieja manta ayuda a mantener el calor a duras penas. María del Rosario vive en la calle desde hace años. Todos sus vínculos familiares y sociales se rompieron de golpe.
La vida no se ha portado bien con Charo. Secretaria de dirección de una multinacional ubicada en Barcelona y felizmente casada, todo se fue al traste tras enamorarse de un francés por el que perdió la cabeza. Su relación sentimental terminó de una manera brusca, lo que la llevó a una profunda depresión que desencadenó en una fuerte adicción al alcohol, su gran vía de escape. Ahora, pasa mañanas y tardes en la esquina de la terraza de un bar del Barrio de Sants, donde una copa de coñac es su fiel compañera. Jamás ha dejado algo a deber. Puede que se retrase un día o dos en sus pagos, pero Charo siempre ha hecho frente a sus deudas. El dueño del establecimiento la anima a acudir al albergue que hay junto a la Iglesia de la calle Begur para que puedan atenderla, se duche y consiga ropa limpia, aunque ella siempre se niega.
Hay días que, sentada en la acera, pide una ayuda con su aspecto desaliñado, dejando entrever sus ojos, melancólicos y siempre perdidos. Algunos de los viandantes, que ya la conocen, pasan a su lado y miran hacia otro lado, pensando por dentro que lo que se gasta en bebida bien lo podría invertir en platos calientes.
Es sábado. La noche es fría y María del Rosario decide ir antes al cajero. Acomoda sus cartones y sus pocas pertenencias y se acuesta, pero, pronto, un trío de jóvenes abre la puerta y comienza a lanzar objetos. Primero una naranja y después varios conos de señalización. Lo que comenzó como una pesada broma se les va de las manos. Tras una pequeña tregua, los tres chavales vuelven al cajero, agreden a la mujer y, entre risas, salen otra vez del habitáculo. Charo decide echar el cerrojo. Está molesta y un poco asustada.
Una hora más tarde, el menor de los chicos golpea con fuerza el cristal y desde fuera hace indicaciones a la indigente para que le abra la puerta porque tiene intención de sacar dinero. Es una trampa. Detrás, entran sus verdugos con un bidón de disolvente. Uno de ellos rocía el lecho de la mujer y, tras apurar el cigarrillo, lanza la colilla provocando una explosión descomunal. Pese a los gritos, el trío huye de la zona sin prestar auxilio a María del Rosario, que fallece dos días después debido a la gravedad de las quemaduras. Tenía 50 años. Con las fiestas navideñas asomando por la esquina, este trágico suceso sacudió las conciencias de la sociedad tal día como hoy hace ya 14 años.
Sólo hay que dar un paseo por las céntricas calles de cualquier urbe para percatarse de la gran cantidad de personas que malviven expuestas al crudo invierno. En España, la cifra de los sintecho ronda los 31.000 y el gran problema es la estigmatización que este colectivo sufre sin tener en cuenta la realidad que padece cada persona. No se trata de fríos números, sino de seres humanos que tienen una historia vital detrás y que por diferentes circunstancias se han visto abocados a la marginalidad, y que, en muchas ocasiones, caen en las redes de mafias sin escrúpulos que lo único que pretenden es sacar rédito de su situación extrema de vulnerabilidad. 
Para dar visibilidad a este colectivo, la pasada semana tuvo lugar a nivel mundial la denominada Noche sin hogar, que reunió a miles de personas que durmieron a la intemperie con el objetivo de sensibilizar del problema. Madrid acogió por primera vez esta iniciativa después de que ciudades como Nueva York, Londres, Edimburgo o Nueva Delhi ya se unieran en otras ediciones. La finalidad de este movimiento global es, a través de distintas acciones y gestos simbólicos, construir una palanca de cambio que conciencie a la ciudadanía y que sitúe a este colectivo en el centro de las políticas sociales.
El padre Ángel y su asociaciónMensajeros de la Paz llevan muchos años trabajando en esta línea. Su empeño hizo que la Iglesia madrileña de San Antón tenga sus puertas abiertas durante todo el día, para que aquellos que lo necesiten puedan comer algo, descansar o pegarse un baño. El proyecto solidario se ha extrapolado a otras ciudades y desde el pasado lunes Roma, una de las urbes del planeta con mayor número de personas sin hogar, ya cuenta con la suya.
La Navidad asoma y las colas para acceder a los comedores sociales de Madrid son interminables. Como ya sucedió con Charo, más de la mitad de los que viven en la calle han sufrido algún tipo de agresión. La aparofobia -rechazo u odio a los más desfavorecidos-, que despoja al ser humano de toda su dignidad, crece a un ritmo alarmante. Mientras tanto, lo admitamos o no, quienes pasamos a su lado, acostumbramos a mirar hacia otra parte. Indigencia moral.