Así está la España que se 'desescala'

Carlos Dávila
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Existe el peligro de que el Gobierno intente, con la excusa de la pandemia, llevar a cabo un proceso de nacionalizaciones

Así está la España que se ‘desescala’ - Foto: Emilio Naranjo

Y perdón por el barbarismo. Gota a gota, España se abre en canalillo y corre, a ciegas, hacia la nueva normalidad, un término que según me señala un académico, es tan impropio como añadir a un tigre la condición de vegano. Es esta España, tan aterrorizada como incrédula, que cambia sus leyes en situación de alerta máxima, que no se atreve a formular pronósticos ciertos sobre su economía, que mantiene en solfa la seguridad jurídica del Estado, que visualiza una oposición más doblada que activa, que sale a los balcones para protestar ya no se sabe de qué, que tiene un Gobierno incompatible con la realidad y que ordena y manda a golpe de decretazo chino, y que, lo peor de todo, soporta a un virus que sigue circulando a sus anchas sin que conozcamos cuando nos va a dejar en paz.
Empecemos pues por la COVID-19. Los epidemiólogos, los virólogos solo comprometidos con la Ciencia, aventuraban esta semana al cronista algo ciertamente preocupante: «No nos engañemos; a más salidas, más contagios». Y añadían: «Por lo menos hasta dentro de 10 o 15 días no constataremos si la fuga controlada de los niños hace siete, nos va a traer más problemas». Ahora la oposición se empeña, y con razón, en lograr que Sánchez y todo su inédito equipo -no sabemos quiénes son- de presuntos expertos, nos comuniquen, de una vez por todas, los auténticos datos de la pandemia. 
Las fundaciones, tres en total, ya han avisado de que, textualmente, la cifra de fallecidos ronda las cuarenta y cinco mil personas. Quizá se han quedado cortos: el doctor Rubén Moreno, ex secretario de Estado de Sanidad, científico de biografía apabullante desde Harvard y Bethesda a Valencia, sostiene que sus cifras son peores: «Podemos estar ya en los 50.000 muertos». En nuestras casas, los confinados se temen lo peor y por eso no se han lanzado en tromba a las calles. El virus, aparte de su letalidad, nos han dejado esta herencia: ya nadie se fía de nadie. Fíjense en lo último: Sánchez ha venido sosteniendo que no había «manual de instrucciones» contra la pandemia. La historia es otra: desde 2005, Gobierno de Zapatero, existe escrito y aprobado por el Ministerio de Sanidad un plan, originado por el susto de la Gripe Aviar y el Coranavirus SARS en el que, entre otras cosas, se incluía la exigencia de prever el «distanciamiento comunitario» y el cese del tráfico con países ya afectados. Lo sabía el Gobierno y dejó que los forofos del Valencia viajaran a Milán y que las feministas se conjuntaran en mil manifestaciones.
El virus nos mata y la economía nos dejará exhaustos. En el primer trimestre de este año, con un 5,2 por ciento ya hemos perdido una gran parte de nuestro PIB, de nuestra riqueza nacional. Y no ya la  oposición, sino los economistas colegiados, los departamentos de estudios financieros y los periódicos propios y extranjeros (entre ellos el Financial Times, que cada día nos atiza con un susto, hacen la siguiente fotografía de esta España de la desescalada: existe un peligro cierto de que, al albur de la crisis se esté cambiando ya el modelo productivo, y que se esté gritando desde Podemos: «¡Fuera los servicios, viva la industria»; que, partido a partido, a lo Simeone, se intente un proceso de nacionalizaciones muy latinoamericano; que esta nación nuestra de la que, antes de la pandemia, ya advertían los expertos de que «tenemos una economía muy vulnerable, cogida con pinzas», caiga en el default; que Europa se empeñe en que no nos dará subvenciones, sino préstamos a devolver; y que el paro estructural que en febrero era del ocho por ciento, supere, y se quede durante mucho tiempo, en el 18 por ciento. Y todo esto en una nación que ya paga más pensiones que pensionistas hay, y que se apresta a aprobar una renta mínima que solo se podrá abonar con la asfixia fiscal de la clase media. Es la opinión de los técnicos.


Justicia del pueblo

Los economistas se mesan los cabellos y a la mayoría de los jueces nos le llega la camisa al cuerpo. Un miembro conservador según la tipología al uso del Consejo General del Poder Judicial, denunciaba al cronista, ¡fíjense!, que la institución de la que cobra «está siendo literalmente muy light con las sucesivas intromisiones del vicepresidente Iglesias». Es afiliado a la Asociación Profesional de la Magistratura, que engloba al 60 por ciento de los profesionales inscritos del país, y revela que el debate que se ha abierto con el cambio de protagonista en la instrucción, o sea, del juez al fiscal, no guarda ahora ninguna intención administrativa, sino puramente ideológica. 
Este magistrado y gran parte de sus colegas están asustados con la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal que pretende aprobar el ministro Juan Carlos Campo en plena pandemia, una ley, a todo trapo, que ya en sectores muy pagados de la ultraizquierda se está definiendo como la de la «Justicia del pueblo y para el pueblo». ¿Les suena? 
El Gobierno y la oposición ni se entienden, ni van a pactar remedio alguno de interés para España, entre otras cosas porque Casado, contra su resistencia inicial, ya ha empezado a vapulear sin cuento al Gobierno de Sánchez. 
Por lo pronto, es muy dudoso que la próxima semana el Partido Popular apoye la quinta, que no la última ya lo verán, ampliación del estado de alarma, o de excepción como lo califican miles de juristas. Sánchez afea a Casado su nula apuesta por la unidad y lo proclama el mismo día en que le pone los cuernos y ni siquiera le informa por adelantado de sus planes de emergencia sanitaria. En estos días venideros se tiene que elegir además al presidente/a de la Comisión del Coronavirus, que el Gobierno llama, con todo tino revival, de la Transición a la nueva normalidad. «Nosotros -asegura al cronista un socialista conspicuo- somos el nuevo Suárez». Y sin despeinarse el Gobierno tiene prevista adjudicar la dirección parlamentaria a la vicepresidenta, Carmen Calvo. Juez y parte se llama esa figura. El PP quiere esa presidencia para Ana Pastor, médico que fue ministra de Sanidad y presidenta del Congreso, pero se va a quedar con las ganas. Si se produce mucha bronca, quizá Sánchez tienda a asir la mano abierta de Ciudadanos y le ofrezca el endoso. Muy improbable, tanto como regalarle el sillón al médico canario Quevedo que siempre vale para un roto y para un descosido del PSOE. Es decir, que, de acuerdo, nada de nada.  El Gobierno teme más a las querellas que ya le empiezan a llegar, que a la bronca con la oposición. «Para empapelar al presidente hace falta el consentimiento del Parlamento y ese no lo va a tener», presume en privado el ministro Abalos. Al final, a lo peor solo quedarán Illa y el depauperado doctor Simón como muñecos del pim-pam-pum. 

 

Demasiados enemigos

A Sánchez, si conserva un punto de realismo, quienes de verdad le tienen que preocupar son los sanitarios, aquellos manos blancas a los que festejaba en la oposición, e incluso desde el Gobierno, y que ahora se están muriendo a raudales mientras el Gobierno no hace contrición del desdén con el que han tratado a esos profesionales, desde los encargados de la limpieza al médico más prestigioso. Ese sector es probable que lo haya perdido para siempre.
Tampoco debe contar mucho con el favor de los militares, pese a la conducta positiva de Margarita Robles. Y al final queda la gente, la de los aplausos y las caceroladas que por ahora solo manifiesta su discrepancia con Sánchez apagando el televisor (dos millones de espectadores ha perdido el presidente en una semana) cada vez que comienza la perorata. La España desescalada aguanta tanto miedo como irritación, pero no ha dado su última palabra. Este país, como dejó escrito don Claudio Sánchez Albornoz, «da mucho de sí».