COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Secesionistas, entre la distensión y la presión

La Diada del 11de septiembre, instituida como la fiesta nacional de Cataluña en el Estatut es una de tantas celebraciones de nacionalistas irredentos que conmemora una derrota en lugar de una victoria, la de las tropas borbónicas que lograron en esa fecha de 1714 entrar en Barcelona durante la Guerra de Sucesión. En los últimos años la celebración de la Diada ha sido el momento de máxima expresión de la unidad de los partidarios de la secesión de Cataluña con una participación numerosísima de catalanes que, según los organizadores, han llegado a los dos millones de personas en toda la comunidad autónoma. 
Este año, sin embargo, el clima de unidad aparece quebrado tanto por los movimientos de los dos principales partidos que se disputan la primogenitura del independentismo, ERC y JxCAT, la actuación de la Asamblea Nacional de Cataluña, y los Comités de Defensa de la Republica, que siguiendo la recomendación que les hizo en su día el presidente de la Generalitat, Quim Torra, aprietan tanto que han llegado a verter estiércol a la puerta de las sedes de ambos partidos a los que consideran botiflers –traidores- que no hacen todo lo que deben por conseguir la independencia, y pactan con el PSC que fue partidario de la aplicación del artículo 155 por el que se intervino la autonomía de Cataluña. La última visualización de su enfrentamiento ha sido la distinta actitud que tomaron ERC y JxCAT en la última votación de investidura, en la que los primeros se abstuvieron y los seguidores de Carles Puigemiont votaron en contra y están dispuestos a seguirlo haciendo en el mes de septiembre si llega a tener lugar un segundo intento de Pedro Sánchez.
La división y el enfrentamiento en el seno del independentismo ha llegado a tal punto que es posible que no todos los líderes políticos de ERC asistan al acto central reivindicativo de la Diada, que será el preludio del otoño caliente que se avecina en Cataluña, con el momento en el que se publique la sentencia del procés como punto de inflexión en el que se espera una respuesta unitaria y transversal, aunque por el momento no se vislumbra una posición elaborada. 
Ante la gravedad de las penas previstas, sea cual sea la decisión de los jueces del Tribunal Supremo y dado que al independentismo no le sirve otra cosa que la libre absolución de los encausados, es previsible que sea el pistoletazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones autonómicas. Quim Torra parece reticente a jugar esa carta pese a que la legislatura catalana ha sido totalmente infructuosa, se han de negociar unos nuevos Presupuestos, y si se forma Gobierno será preciso elaborar un nuevo marco de discusión sobre el problema de Cataluña, que los partidarios de Puigdemot quieren que se tome como base de partida los 21 puntos de Pedralbes –derecho de autodeterminación, mediación internacional y relator-, mientras que ERC mantendría una posición más pragmática, pese a que cuando ha sido determinante, el partido de Oriol Junqueras ha acabado inclinando la balanza hacia las posiciones de mayor enfrentamiento con el Gobierno. 
El pasado año también de preveía un otoño caliente y afortunadamente resultó bastante frío pero no estaba pendiente la sentencia del procés, que puede alterar todo el clima político en Cataluña y en todo el país.