Amor entre barrotes

Aurelio Martín
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Palmira San Juan dará nombre al pasaje de La Cárcel_Segovia Centro de Creación al pie del edificio donde estuvo recluida, hasta 1950, y conoció a quien sería su esposo, el segoviano Juan Misis.

Amor entre barrotes

L a historia que rodea a Palmira San Juan (Moral de Sayago, Zamora, 1919 – Segovia, 2002) puede ser la de su lucha contra el fascismo, la del ansia de sobreponer la fuerza de la razón a la fuerza bruta o la de un noviazgo de ventana a ventana, entre barrotes, en la antigua cárcel de mujeres de Segovia donde pasó ocho años por distribuir documentos que hablaban de la II Guerra Mundial, tras haber vivido el fusilamiento de su padre y de su hermano en la guerra civil española.
También una historia de ‘Amor’, el nombre con el que de niña le conocían en Argentina después de que encarnara a un personaje que debía hablar de amor frente a otro que representaba a un militar, en el teatro Casal Catalá de Bahía Blanca. «El amor frente a la guerra, la barbarie y el salvajismo», recordaba cuando contaba con 80 años. 
Acostumbrado a escucharla hablar de su pasado, que no ocultaba,  Luis Misis, uno de sus cuatro nietos, licenciado en Sociología en la Universidad de Salamanca,  le dijo  «abuela, por qué no me cuentas tu vida desde que fuiste niña, que no creo que sea poco», a lo que ella respondió: «Ha sido mucho y muy terrible».  Y comenzó a grabarlo en una cinta de casete para incorporarlo después al documental ‘Amor San Juan’, que ha obtenido varios premios.  

Amor entre barrotes
Amor entre barrotes - Foto:
Cuando el pleno del Ayuntamiento ha acordado dar el nombre de Palmira a un pasaje del exterior de La Cárcel_Segovia Centro de Creación se recupera el recuerdo de una mujer que llevaba el nombre de la ciudad Siria que, después de siglos resistiendo el ataque de los tiranos, terminó convirtiéndose en ruinas. Aunque tuvo que luchar con enemigos muy poderosos y sufrir la represión, dos golpes de Estado y una guerra civil, recuerda su nieto, ella aclaraba: «Me llamo Palmira, pero no estoy en ruina».  Y otra reflexión personal: «Cuánto me gusta repetirme a mí misma, yo soy el amor, tu eres el crimen...».  Había encontrado cierta similitud entre los dictadores José Félix Uriburu, que deportó a España a su familia, tras el golpe militar; Benito Mussolini, cuyos acólitos participaban en actos de corte fascista en Argentina, y Francisco Franco. «¿Cómo podían ser [los tres] tan iguales?», se preguntaba.
Nacida en Moral de Sayago  (Zamora), con seis meses de edad, viajó con sus padres y su hermano a Argentina, donde adquiere su conciencia de clase y política, desde muy temprana edad, entre  hijos de exiliados de la primera guerra europea y otros considerados en exilio económico,  que son acogidos en un país que necesitaba repoblarse, después de su independencia que, en aquel momento ella recordaba como moderno.  Los años más felices de su vida, aunque, luego advertiría: «Cuando somos felices no sabemos que lo somos».
Cuando cuenta con 15 años, tras el golpe de Uriburu, la familia vuelve a su lugar de origen, en la confianza de que con la República podían cambiar las cosas, pero estalla la guerra civil, al año siguiente. Detenida junto a su madre en la cárcel de Zamora, hasta que se entregaron su padre y su hermano –pasados por las armas posteriormente–  tenía grabada en la memoria la imagen de doña Sebas, antes de que la fusilaran una noche, se pintó los labios, se arregló y dijo, saliendo de la celda con entereza: «No quiero ser una muerta fea».
Alicia Misis sujeta una foto de su madre cuando era joven.
Alicia Misis sujeta una foto de su madre cuando era joven. - Foto: A. M.
No pasaron muchos años para que comenzara su vida en Segovia, donde permaneció hasta su fallecimiento, en 2002, con 83 años, vinculada a la familia Misis, orgullosa de sus nietos, que la adoraban. Tuvo dos hijos con su esposo, que murió joven, con 49 años.  Con poco más de 17 años, junto a un grupo de amigos, elaboraba panfletos recopilados de las informaciones de la BBC sobre la II Guerra Mundial y los repartía por las calles. Fue detenida por segunda vez, juzgada y condenada por delitos de alta traición, espionaje, comunismo y masonería.  Con 15 años de condena, pasó por las cárceles de Zamora y  Ventas, hasta recalar en la de Segovia, donde Amor vivió su historia de amor pero sin abandonar la rebeldía protagonizando junto a otras presas, tanto políticas como comunes, el primer motín de mujeres en un cárcel española, en pleno franquismo, contra las pésimas condiciones en que vivían encerradas, en 1949.  
A sus 17 años, Juan Misis fue detenido por propaganda ilegal e ingresado, primero en un reformatorio y luego en la cárcel de al lado, en la actual avenida de Juan Carlos I, en la capital.  Para redimir pena por el trabajo, Palmira estaba destinada en oficinas,  elaborando resúmenes de los expedientes y en la ventana de paquetes, lo que le convirtió en experta en camuflar, cambiar y pasar papeles, paquetes y libros, evitando la férrea censura. La casualidad quiso que Misis, junto a otros presos, entrara en la cárcel de las mujeres para efectuar unos trabajos de mantenimiento. Entre los testimonios del documental de su nieto, cuenta una antigua compañera de celda que cruzaron la mirada y puede que les diera un vuelco el corazón… Comenzó entre ambos una relación de amor a través de cartas, algunas sin censura,  circulando por la vía clandestina que empleaban para contactar con internos del otro edificio,  y otras en las que Juan encabezaba su texto con la frase: «Querida esposa». Ésta pasaba la censura, pero siempre que no se despidiera  con las palabras besos o abrazos porque se lo tachaban al considerarlo de corte pecaminoso.
La comunicación epistolar solo se interrumpió durante la huelga de hambre de las presas. Como castigo fueron trasladadas a la planta baja de la galería, que no se utilizaba debido a la humedad, sin enseres personales y apenas ropa, tampoco calefacción. «Materialmente perdimos mucho, pero moralmente ganamos mucho también», recordaba a cámara una de las protagonistas de aquella revuelta. Tras ocho años y medio, Palmira salió de la cárcel en julio de 1950 – entretanto, su madre murió de pena en Zamora–, un año después que Juan, con quien se casó, cuando llevaba un mes en libertad,  alcanzando paz y tranquilidad para entregar todo lo que tenía, mucho amor…  

UNA GRAN LECTORA RETIRADA DE LA POLÍTICA. Alicia Misis, hija de Juan y Palmira, nació en 1951, al año de haberse casado sus padres tras ese noviazgo por carta: «Me da la sensación de que ésta es una terrible y reñida carrera, como en todas las carreras, el sprint que debiera ser más llevadero, por ser el final de algo que esta ganado, es lo más terrible y costoso, es el máximo esfuerzo sin el cual todos los anteriores esfuerzos son baldíos y sin el menor aprecio, piensa mucho en esto, es el final de esta carrera y el objeto por el cual vivimos los dos», escribió Juan según una de las cartas que conserva la familia y que recoge el documental de Luis Misis.
«Mi madre era una gran lectora, leía historia, biografías, novela y hacía anotaciones en sus libros, también guardaba fotos, recortes de periódico…», recuerda hoy Alicia, como también otro triste episodio de la vida de Palmira: «La muerte temprana de mi padre, a los 49 años, la sumió, una vez más, en la más grande pena; poco después fueron naciendo sus nietos y volvió a renacer (…) reestrenó  la militancia política y llegaron las primeras elecciones democráticas. Otra vez se arremangó y vuelta a empezar».
Aún con emoción y lágrimas en los ojos, Alicia recuerda que sus padres «se habían retirado absolutamente de todo lo que podía ser política porque tenían muy claro que nosotros debíamos tener otra vida, ella tenía un apoyo muy importante porque era una familia muy grande, mi madre ha vivido muy feliz,  ella ha seguido contando cosas, por eso Luis, que estudió Sociología, le fue grabando, a ella le hubiera encantado ver el documental, sobre todo la obra de uno de sus nietos, ese orgullo que tenía de ellos». Ya muerta su abuela, viajó a Argentina. Con todo lo que estudió, recopiló y entendió, realizó un documental, que recorrió muchos festivales en España y América. Lo tituló ‘Amor San Juan’.
Sobre el recuerdo a su madre en el actual centro cultural, Alicia Misis estima que es un poco tarde, pero le parece «maravilloso, he sabido que ahí estaban mis orígenes, es donde se conocieron mis padres, es fantástico en lo que se han convertido estos edificios, lo que fueron y lo que son». 
Entre las presas que conoció Palmira en Zamora  se encontraba la esposa del escritor Ramón J. Sénder,  Amparo Barayón,  que le dejaba a su bebé de seis meses, Andreína, para que jugara con ella,  hasta que se lo arrebataron, antes de la ‘saca’.  En los años ochenta del siglo XX, el otro hijo de Sénder, Ramón, buscó a Palmira para que ella, de viva voz,  le contara los últimos momentos de su madre.  Publicó ‘Muerte en Zamora’ con todos los testimonios que recogió buscando respuestas.  Entre los libros de su madre, Alicia Misis encontró este poema de Ramón J. Sénder de su libro: ‘El verdugo afable’: «Llevas en ti, respondió una voz/la melancolía/de los crímenes que no has cometido/y de las muertes/que no sabes cómo encarar”. Para la hija de Palmira: “Debió parecerle su propia vida…».