Te vas tres días (ojalá) y pasa de todo. No, en realidad no. No pasa absolutamente nada: que la gran noticia sea una reunión clandestina pero «fructífera», dicen, entre Tebas y Rubiales nos dice que a) está la cosa del deporte muy parada y que b) tenemos un fútbol maravilloso gobernado por pirómanos.

Sin embargo, de lo mejor que le ha pasado a este fútbol aburrido y vacío, donde hay más directos por Instagram que goles y bailecitos virales que regates, es la apertura a nuevas voces: más modestas, más preparadas, más interesantes. Cuando los gigantes dejan de moverse se escucha a todos. Sin bajar demasiado, ahí teníamos a un muchachote líder de Segunda División, Fali, central valenciano del Cádiz, con el discurso más directo y cabal leído en las últimas semanas: «Me dicen loco, pero no volveré a entrenar ni a jugar si no hay condiciones para hacerlo. No queremos protocolos, queremos que nos garanticen la seguridad: la vida vale más que el dinero. Si tengo que dejar el fútbol, lo haré». Y Fali es un buen pelotero que ha metido un ruido relativo en medio de un caos propiciado por los mensajes pusilánimes, mentirosos y cagones, con perdón, de quienes dirigen el fútbol (los dos fenómenos del primer párrafo en nuestro caso) y de quienes no solo lo protagonizan sino que además lo llevan a la categoría que tiene (los jugadores más conocidos y poderosos del mundo). Son ellos quienes deberían decir en voz alta algo parecido a «sé que perdemos todos, pero ¿no está toda la sociedad perdiendo? Paremos -como en Holanda- hasta que no haya garantías. Somos unos privilegiados, nos recuperaremos antes que los demás: demostremos que nos importa». Pero no: un sibilino «lo que diga Sanidad», mucho de silencio, sonrisas, posados y directos en el Insta.