Más allá de la guerra

EFE
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El conflicto mantiene en jaque el este del país desde hace 25 años, a las miles de muertes se suman millones de víctimas colaterales

Más allá de la guerra - Foto: Patricia MartÁ­nez

El este del Congo está atestado de organismos humanitarios, cascos azules de la ONU y soldados congoleños, pocos y mal remunerados, frente a más de un centenar de grupos paramilitares e incontables milicias de autodefensa comunitarias. Es un conflicto que asola a este territorio desde hace 25 años, dejando un reguero de muertes y miles de víctimas colaterales. El 80 por ciento de los que acuden al centro, gestionado por los Hermanos de la Caridad belgas con el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), son hijos de la violencia.
«Se podría decir que el conflicto de Ruanda se exportó al Congo», asegura Soraya Souleymane, experta en minería y desarrollo local. Se refiere al genocidio de 1994, aquellos 100 días en los que 800.000 tutsis y hutus moderados fueron asesinados por extremistas. Al concluir este suceso, el Ejército de Ruanda (tutsi) «los siguió hasta aquí dando inicio a los enfrentamientos con los hutus de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda».
Se estima que más de cinco millones de personas han muerto en el este del Congo desde 1996. «Cuando concluyó (2003) y se les pidió que se retiraran del Congo, algunos de sus generales se quedaron y comenzaron a operar por cuenta propia. Sin embargo, yo creo que se puede decir que cuentan con su beneplácito», analiza.
Por cada grupo armado, surge otro para combatirlo, y otro más para oponerse al primero. Son una amalgama de guerrillas. Un escenario bélico, que, además, dificulta la erradicación de la epidemia de ébola más mortífera en la historia del país, que desde agosto de 2018 ha dejado más de 2.000 muertos y cerca de 3.500 contagios. «Si a una de las enfermedades más letales se le añade un territorio de zonas rojas, donde ni los médicos y el Ejército pueden entrar, el resultado es un escenario de cronificación».


El niño milagro

Desde abril de 2018 han muerto 2.171 personas por la violencia en las provincias de Kivu del norte y del sur. Es imposible contabilizar el número de heridos, o conocer las historias que ni siquiera llegan a constituir una cifra, como la de Davide Kasereka, un niño, como cualquier otro, que se mueve inquieto de un lado a otro de la entrada del hospital CBCA Ndosho, uno de los centros de referencia en la localidad de Goma para heridos de bala.
A su alrededor, otros pacientes con cabestrillos, muletas y sillas de ruedas bromean sobre lo que le sucedió a este pequeño de cinco años. «Un machetazo en la cabeza», exclaman, «le dieron un machetazo en la cabeza y por eso la tiene así: partida en dos». 
Su madre, Neema Kahambu, decidió dejarle en casa de su hermana en Goma para que pasara las vacaciones escolares junto a su primo. Creía que allí estaría más seguro que en su ciudad natal, Bunia. Sin embargo, durante la madrugada del 18 de abril del pasado año, un policía borracho empezó a disparar, y una de las balas atravesó el cráneo de Davide.
El personal médico ha apodado al pequeño como el niño milagro porque sobrevivió y se ha recuperado en un tiempo récord. Hoy, pese a su semblante serio y aires desapegados, sus ojos se mantienen brillantes y se distraen ante cualquier estímulo. «Me comeré un plato de espaguetis», advierte. Será lo primero que hará en cuanto regrese a casa. 
Lo que le ocurrió a Davide no es raro. En el noreste del Congo quien más mata son las fuerzas de seguridad y la policía, que han protagonizado 80 incidentes violentos en los que murieron 127 personas.


Una de tantas heroínas

Katungu Sasita perdió la pierna izquierda a los 19 años por resistirse a ser violada. Estaba labrando en Nyamilima, una pequeña aldea del noreste de la República Democrática del Congo, cuando sufrió el asalto de un grupo de rebeldes ruandeses. Se defendió y recibió un disparo a bocajarro. Tuvo que esperar más de 15 horas en el suelo hasta ser socorrida. «Permanecí allí recostada durante horas hasta que alguien vino a por mí», relata desde un centro privado de rehabilitación de Goma, mientras le preparan el molde de escayola para su cuarta pierna ortopédica.
Tal vez, si algún vecino la hubiera atendido y llevado antes a la ciudad, la herida de bala nunca se le habría infectado hasta el punto de requerir la amputación. Pero esas son demasiadas suposiciones. «Fue la voluntad de Dios», repite sentada sobre uno de los escuálidos colchones del dormitorio donde las mujeres y sus hijos más pequeños pueden esperar en este centro, ubicado frente a una prisión. «Fue difícil. La pierna no va a volver», añade de forma tranquila, con un colorido vestido de kitenge (tela africana) y con su hijo de dos años en brazos.
El carácter de la guerra es brutal, pero los ojos de Kasereka y Sasita siguen brillando en la oscuridad.