TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Estos cuatro meses se han hecho muy, muy largos

12/05/2020

Hace este miércoles cuatro meses, es decir, el 13 de enero, tomaba posesión el nuevo Gobierno, el primero de coalición progresista (no me gusta eso de social-comunista) que conocía el país en más de 80 años. Los cuatro meses más largos de mi vida, y supongo que usted compartirá esta sensación, que es, en realidad, independiente de que nos guste más o menos este Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez y vicepresidido por cuatro personas, nada menos; una de ellas, Pablo Iglesias, el hombre que quiere encarar la imagen simpática del Ejecutivo y es, sin embargo, el político peor valorado del país, por delante, eso sí, de Santiago Abascal.

Seguro que aquel 13 de enero, tras los increíbles vericuetos de la sesión de investidura que Sánchez logró ganar gracias al voto del diputado de Teruel existe, el poblado Consejo de Ministros y ministras que se creaba no tenía ni idea de lo que se le venía encima: sus proyectos pasaban por una ocupación de poder para hacer, decían, reformas de calado. Ahora, me siento igualmente capaz de asegurar que ese Consejo tampoco tiene mucha idea de cómo afrontar la crisis pos-pandemia.

Este Gobierno, en 120 días, ha celebrado más consejos de ministros que otros en un año, ha convocado más reuniones con los presidentes autonómicos que cualquier otro durante una Legislatura, el presidente ha aparecido ante las cámaras de televisión, en muy peculiares ruedas de prensa -tampoco me gusta eso de Aló, presidente-, casi más que todos sus antecesores juntos. Una hiperactividad a veces algo caótica. Todo ello, obligado por una catástrofe global para la que ni Pedro Sánchez, ni Iglesias, ni las tres vicepresidentas, ni, desde luego, el titular de Sanidad, Salvador Illa, tenían, en su bisoñez, remedios. Aunque justo es decir que si se sigue la trayectoria de otros gobiernos europeos no encontraremos ni mucha más coherencia, ni mucha más firmeza, ni mucha mayor dedicación al ciudadano sufriente que al partido tambaleante.

Pero me parece que ningún otro Gobierno europeo, ni siquiera el francés, ni siquiera, pásmese, el británico, ha generado mayor desconfianza, menos credibilidad, en la ciudadanía. Este Ejecutivo, que se creyó el mago de la imagen, ha comunicado mal, a base de rostros severos y dolientes, su dedicación y preocupación frente a un virus que ha arrasado con nuestras vidas. Temo que desde cualquier poltrona se ven las cosas algo diferentes.

Y así, ahora, tras este camino de espinas que, cumpliendo con su deber, ha de atravesar, el equipo de Pedro Sánchez, y Pedro Sánchez mismo, van a afrontar no solo el empobrecimiento de una nación que, la verdad, marchaba bastante bien; va a tener que encarar decenas de miles de querellas y demandas, como la que acaban de presentar las familias de tres mil fallecidos por coronavirus en residencias de ancianos. No, no creo que la acción o inacción del Gobierno pueda tipificarse como ninguna clase de homicidio, la verdad, contra lo que afirman los abogados que, lógico, arriman el ascua a su sardina. Tampoco pienso que las fuerzas del orden se estén concentrando en reprimir caceroladas o manifestaciones de claxons, como las que, me parece que con poco sentido de la oportunidad política, y sí mucho del oportunismo, organiza Vox.

Pero sí digo que este Gobierno no puede seguir así, con esta composición dual, muchas veces sectaria y casi nunca empática para la gente que vuelve a pisar, un poco anárquicamente, la calle. Pretender perdurar en estas circunstancias, con algunos ministros abrasados, algún otro desprestigiado, varios casi ni estrenados, el portavoz Simón ya prácticamente ni escuchado, es una pura utopía. Máxime cuando el aliado independentista ha mostrado que no es muy de fiar, por decirlo suavemente, y que todo el tinglado se puede venir abajo, digan lo que digan las encuestas.

No sé hasta dónde llegaron los acuerdos con Ciudadanos o si mejorará la interlocución con Pablo Casado de cara a emprender acciones conjuntas. Lo que sí sé es que quienes no han podido por sí solos gestionar esta catástrofe mal podrán hacerlo, en la misma soledad, con la catástrofe aún mayor que viene. Y, por cierto, si no lo digo, reviento: ni una palabra oficial sobre esas colas de gente que aguarda para obtener una bolsa de comida, como si eso no tuviese un enorme significado político y moral. A ver si este miércoles de aniversario escuchamos algo de esto en el Parlamento, en lugar de las cantinelas de siempre, esas que hacen que el tiempo parezca tannn larrrgo...