COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Desescalar y descrispar

17/04/2020

La mayor torpeza del Gobierno, con su presidente Pedro Sánchez a la cabeza, es mantener actitudes, realizar actuaciones, facilitar polémicas y reincidir en desaires que se podía haber evitado, y que de haberlas efectuado en sentido contrario habría cosechado menos rechazos, menos críticas o más diluidas. El Gobierno oscila entre propuestas formuladas "con el corazón", con gestos de desprecio a quienes son sus interlocutores, a los que llama a pactos, acuerdos o a apoyar decisiones que son difíciles de tomar y que son más llevaderas si se adoptan en compañía o con la comprensión, de buen grado o por necesidad,  de quien tiene que refrendarlas.

El Gobierno no solo ha comunicado mal alguna de sus decisiones sino que ha obviado anunciarlas con anterioridad a sus socios que se quejan de que se les pide aquiescencia a decisiones por las que se enteran al mismo tiempo que el resto de los ciudadanos. Una mínima cortesía política y una normalización de las relaciones es imprescindible incluso con los adversarios políticos. En la respuesta a una pandemia como la del Covid-19 las medidas a adoptar que separarían a unos partidos de otros son mínimas porque todos se apoyarían-a no ser que fueran insensatos- en los expertos que puedan arrojar luz sobre el comportamiento del virus y la mejor forma de preservar derechos durante el confinamiento como preparar la desescalada de las medidas de aislamiento.

En este sentido es incomprensible que el Gobierno no haya apreciado que la oposición, sobretodo el PP, está cautivo de su responsabilidad como partido de gobierno que pretende ser alternativa, pero que en estos momentos sabe que exacerbar las críticas no le va a reportar tantos beneficios políticos como supone. Las quejas del líder de los populares, tiene que ver sobre todo con el trato que recibe del jefe del Ejecutivo, falta de comunicación, desconocimiento de las medidas a adoptar... Una mejor relación entre Sánchez y Casado pese a las oscilaciones del líder de la oposición, contribuiria a desescalar la presión política. Pero ninguno, cada uno con sus razones, se fía del otro. 

Bien es cierto que la oposición no lo pone fácil, que al PP se le nota mucho las ganas de saltar a la yugular al Gobierno, que se mueve entre la obligación de apoyar una medidas que sabe que son esenciales como el confinamiento para evitar la propagación de los contagios y la apelaciones a unos hipotéticos intentos de aprovechar el estado de alarma para avanzar en un cambio de régimen que solo ven quienes quieren verlo, porque a pesar de la criticas, no pasan de sospechas que no se traducen ni en normas, ni en movimientos que avalen ese temor, que por otra parte precisaría de una reforma constitucional para la que no dan los números. 

El Gobierno comete errores de bulto cuando no da respuestas que se le exigen, como las relacionadas con la transparencia de los contratos que firma para la adquisición de material sanitario, cuando da pábulo a que se limitará la libertad de información -son la propias redes sociales las que comienzan a tomar medidas para su control- o cuando no cesan de producirse episodios de descoordinación entre miembros del Ejecutivo, provocadas tanto por un excesivo afán de protagonismo del vicepresidente segundo Pablo Iglesias, obligado a recular en varias ocasiones -la última sobre la implantación de la renta mínima vital-, o que cae en el mismo defecto que señala de la oposición que se olvida de los aspectos sociales recogidos en la Constitución, mientras que pone  en cuestión la forma de Estado del título preliminar.

El Gobierno debe preparar la desescalada del confinamiento con el mayor consenso posible y al mismo tiempo ser inteligente y contribuir a descrispar la situación política.