CARTA DEL DIRECTOR

Juanjo Fernández


La telegenia de los debates

Quienes escucharon por la radio el primer debate televisado de la historia  (Nixon vs. Kennedy) dieron el triunfo al primero. Luego ocurrió que ganó el segundo. Cuando la politología de entonces se preguntó cómo había sido posible, encontró respuesta al otro lado de la televisión: a quienes asistieron al debate a través de sus pantallas les gustó más aquel joven atractivo que presentaban los demócratas que el sudoroso Nixon, de quien se contaba que necesitaba afeitarse un par de veces al día. Con estos antecedentes no es de extrañar que los candidatos otorguen tanta importancia a este formato televisivo. Acostumbrados como están a debatir en los plenos de las Cortes o del Ayuntamiento no les debería resultar complicado el salto a la pantalla. Pero son conscientes de que aquellas sesiones parlamentarias, en ocasiones tediosas, tienen un seguimiento muy escaso entre los ciudadanos y, en cambio, en plena campaña electoral, saben que habrá miles de ojos escrutando sus intervenciones. Más que en un mitin o cualquier otro acto electoral. 
La presión es máxima y, por eso, es de justicia reconocer el mérito de los candidatos. Nadie nace siendo un buen orador. Nuestros políticos se han esforzado en tiempo récord en aprender a aplicar las técnicas precisas para usar la oratoria en televisión como herramienta para confrontar propuestas, programas, ideas y hasta emociones y no como arma para la derrota del enemigo. Debatir, también en política, no significa imponer tus ideas, sino saber expresarlas para que el mensaje sea claro para el interlocutor. En los debates celebrados esta semana en La 7 de CyLTV y en La 8 Segovia los candidatos no han buscado una victoria por encima de todo, sino enviar mensajes a los electores indecisos o volátiles. Todos representaron correctamente ese papel y extremaron las precauciones para evitar errores. 
Está claro que quien más se expone es quien gobierna, diana principal del resto de candidatos. Si en el debate autonómico el enemigo común fue el popular Alfonso Fernández Mañueco, en el local asumió ese rol Clara Luquero, a la que dócilmente se refirieron todos como alcaldesa y no como candidata. Luquero esquivó como pudo los ataques en la primera parte del debate, más tensa ante el acoso del ‘popular’ Pablo Pérez -mejorando día a día en confianza y con pose de agarrar el bastón de mando en cualquier momento-, la ‘ciudadana’  Noemí Otero -látigo de la socialista durante todo el debate pese que su partido ha pactado con el PSOE los tres últimos presupuestos- y el ‘centrado’ Cosme Aranguren -que demostró que era el que menos tenía que perder-. Tras la pausa de publicidad, rehecha Luquero, aprovechó para exponer logros de su gobierno y hacer algún guiño al candidato de Izquierda Unida, Ángel Galindo. Para lo que también sirven los debates es para comprobar las posibles estrategias de pactos poselectorales. Reacios a hacer públicas sus preferencias cuando fueron inquiridos por la moderadora, quedó naranja sobre azul que la candidata de Ciudadanos ni rozó al del PP, y viceversa. La pelea por el cetro del centroderecha exhibida en los platós de TVE y Atresmedia hace menos de un mes se quedó en caricias en el de La 8 Segovia.
 Sin ganadores ni vencidos claros, los debates de las campañas de las generales, autonómicas, municipales y europeas se nos han presentado como algo decisivo, pero la mayoría de estudios dicen que históricamente mueven pocos votos y que casi nunca son determinantes. ¿Estarán sobrevalorados?