TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Nacidos

07/06/2020

Cada vez que un jugador, un entrenador o un directivo (y sobre todo medios de comunicación afines) de Real Madrid y Barcelona dicen eso de «Fulanito ha nacido para jugar en el Bernabéu» o «Menganito tiene ADN Barça», el mundo del fútbol bajo sus pies siente repelús: «Sensación producida por repugnancia hacia una cosa». ¿Y qué cosa es? Ese aire de grandeza, de superioridad sobre el resto del mundo, de decir abiertamente y sin disimulos: «Es demasiado bueno para ti, equipito».

Pongamos un ejemplo. Ayer leíamos en un medio nacional: «Camavinga, el heredero de Pogba que nació para el Madrid». Imagino que los padres del muchacho, cuando fecundaron al muchacho en Angola, lo hicieron en la postura más adecuada para que además de la carga genética familiar le llegase algo de madridismo, del espíritu de Juanito, las pelotas de Camacho y la zancada de Gento. Fue tanto el empeño que, al nacer, el médico les dijo: «Enhorabuena, su hijo ha salido 'blanco' -les guiñó el ojo-; ya me entienden». Tener que emigrar a Francia para buscarse la vida, que se quemase la casa que el padre había construido en el modesto barrio de Fouguerés, la captación del Rennes… todos fueron pasos que por lo visto el Real Madrid tenía preparados, como Dios le preparó aquella gymkana a Moisés (que si el mar se abría, que si cuarenta años en el desierto), para convertirlo en alguien digno de vestir la camiseta blanca. Otros lo criaron y cuidaron, otros lo invirtieron todo en él, otros pasaron días y noches procurando que no se mezclase con aquellos que podían torcerle el camino, otros diseñaron un plan físico paralelo al educativo, otros le consolaron en el dolor y le explicaron que era parte importante del aprendizaje… Pero «nació para jugar en el Bernabéu». Sí, por supuesto.