UNA COL

Aurelio Martín

Periodista


El santo patrón tiene trabajo...

Aunque el segoviano sea de carácter frío y seco, más si se encuentra entumecido o atacado por un proceso vírico propio del cambio de tiempo y de la entrada radical del otoño, ya invierno, cambia a la hora de la celebración de su patrón, San Frutos, manteniendo una tradición, que cumple ya 145 años, acudiendo a cantar el popular villancico a la Catedral, muchas veces al margen de posibles creencias, aunque evidentemente se celebra en un templo. Segovia tiene un santo popular, aunque cada cual tenga su escala de valores, desde quien anteponga los milagros, a quien le atraiga su carácter de protector de las aves, pero la celebración mantiene sus fijos, enlazados por sus siguientes generaciones, garantizando la continuidad de esta costumbre cada 25 de octubre, que también se extiende a la ermita de las Hoces del Duratón.

En realidad es uno de los signos más visibles de la identidad de Segovia, aunque muchos siempre pensaban en la llegada de esta festividad para salir a comprar a Madrid, y ahora como puente vacacional para descansar, cambiando de aires. Vuelve San Frutos a esta Segovia que sigue sin encontrarse a sí misma, con problemas de convivencia que todo el mundo trata de ocultar, como señala en estas páginas del Defensor de la Ciudadanía, Rodrigo González, que no está dispuesto a repetir. Aunque no falten los saludos efusivos cínicos, que la crítica vendrá a la espalda o, como es gratis, en alguna red social. Esta Segovia que languidece y cuyo comercio, está muy tocado, ya no solo porque haya quien aprovecha las fiestas locales para renovar el armario. Abrir las puertas de los establecimientos gestionados por la misma familia es hoy una heroicidad, si no es que tienen pensado ya el final en el corto horizonte. No hay futuro en estos años de desarrollo de las tecnologías digitales y de la competitividad globalizada. Se mantiene el goteo imparable de las franquicias, pese a la resistencia a duras penas de algún clásico, aunque ya se han perdido varios. Es hora de las heladerías, los gofres y los productos de gastronomía.

El paisaje segoviano –del que el comercio forma parte– está cambiando sin que se haya definido exactamente por cuál es por el que se apuesta, quizá sea por el de las excursiones fugaces procesionando detrás de un guía con una banderita y el del desalojo de las viviendas del casco histórico para sacarles beneficio a través de alquileres estudiantiles y turísticos, con aumento imparable de ruidos y molestias que terminan por hacerlo inhabitable, ante la pasividad de quienes deberían de intervenir en conformar una ordenación adecuada. Será el otoño, pero invade el pesimismo en cuanto a un futuro de bonanza, aunque se avanzaría si proliferara alguna cara más alegre, que este carácter avinagrado que tienen algunos, bajo el eufemismo de ‘regio castellano’, con una proximidad forzada por el pequeño ámbito localista donde se pierde cualquier intento de disfrutar de libertad. Trabajo tiene el santo patrón para hacerlo cambiar.