UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Tristes historias

18/05/2020

Van apareciendo en los medios de comunicación, cada vez con más frecuencia, historias particulares que han estado ocurriendo en todo este tiempo, principalmente en hospitales y residencias, porque ha sido allí donde todo ello sucedía, y todavía sigue sucediendo, aunque poco a poco en menor cantidad. Algunas de ellas son emocionantes y alegres: enfermos que se recuperaron y volvieron a casa, con gestos de agradecimiento por el trato recibido, conscientes de que el personal sanitario, además de prestarles los cuidados profesionales, habían sustituido a los familiares y amigos que no podían visitarles, y les habían dado algo de lo que, en la soledad de la enfermedad, más se necesita, que es la compañía.

Pero la mayoría de las historias que se van conociendo, además de emocionantes, son tristes; profundamente tristes. Tantos y tantos que entraron allí y no salieron, que lucharon día a día durante semanas, en UCIs o fuera de ellas, manteniendo la consciencia buena parte del tiempo de ingreso, percibiendo la desgracia que se extendía alrededor, comprobando que su estado no mejoraba, viendo que se acercaba su final. Y todo ello en soledad, desde que tuvieron que abandonar su casa y separarse de su familia, hasta que terminaron semialmacenados en una morgue en espera del destino final, sin haber vuelto a escuchar una voz cercana, o a sentir una mano conocida en los momentos finales. Una historia tremendamente repetida.

Muchas familias, a medida que ha ido pasando algo de tiempo, van contando su historia particular y, más allá de lo que cada una tenga de especial por su concreta situación, o por la singularidad de la persona recordada, todas tienen algo en común. Todas ellas componen el escenario humano más sobrecogedor de la pandemia; un conjunto de testimonios impresionantes que no debieran olvidarse.

Así que sería bueno que, cuando esto pase, o incluso aunque no haya pasado del todo, instituciones con capacidad para hacerlo, y personas con cualidades para relatarlo, se dispusieran a facilitar una recopilación de esas historias familiares, con nombre y apellidos. Nos serviría para hacernos más conscientes de lo que ocurrió ahí al lado, mientras estábamos encerrados en casa; pero serviría también como homenaje a todos los que se quedaron en ese camino sin poder contarlo.