Maestro del blanco y negro

Aurelio Martín
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El fotógrafo José María Heredero Arribas, alumno de Jesús Unturbe, ofreció una visión inédita de Segovia y de sus personajes, también del ciclismo, su deporte favorito, con un extraordinario dominio de las técnicas del laboratorio, en plena época.

Maestro del blanco y negro

El pintor holandés Johannes Vermeer fue bautizado con el sobrenombre del ‘Maestro de la luz’,  en Segovia, José María Heredero (1927-2006) fue el ‘Maestro del blanco y negro’, el fotógrafo que supo ver la luz de su ciudad, robarla un instante, el tiempo preciso del obturador, y terminar su obra con un toque especial en el laboratorio, que dominaba como un alquimista, de la misma forma que el escultor conoce los materiales con los que trabaja.   
Alteraba las fórmulas con las cantidades de los productos químicos con los que se preparaba el revelador –que compraba en la droguería Velasco–, producto destinado a su desaparición, para controlar el contraste o el grano. La oscuridad, apenas iluminada con la luz de un pitillo, si estaba trabajando la emulsión de una película, era su aliada, de allí salía la obra terminada, a veces con un solarizado y otras con algún truco imperceptible. Era su sello personal. 
Pero siempre partía de un buen negativo, ese que imprimía con sus cámaras de gran formato, principalmente una Rolleiflex o una Hassselblad, que llevaba envueltas en plástico para no llamar la atención. Trabajaba en soledad, de forma pausada,  con el análisis constante de la luz, controlando nubes, contraluces, atardeceres o rebaños de ovejas junto a su pastor por los altos de Zamarramala.
Esos paisajes de Segovia fueron únicos, algunos coloreados sobre el papel fotográfico, como la panorámica de la ciudad desde las Peñas Grajeras o el Acueducto reflejado en un gran charco de agua en la Plaza de la Artillería, aún presidiendo habitaciones, aunque cuentan con más de seis décadas.     
Supo mantener su hábil y fino trazo en su segunda pasión artística, la pintura a la acuarela. John Szarkowski, director de la sección de fotografía de Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), sostenía que la diferencia esencial entre la pintura y la fotografía reside en que la pintura parte de un lienzo en blanco y lo llena, mientras que la fotografía parte del mundo y lo recorta en el visor. Heredero, experto en ambas artes solía abordar esta doble función en sus últimas exposiciones, tras colorear sus imágenes más emblemáticas.
RETRATO. Este alumno de otro grande, comoJesús Unturbe, con quien comenzó como aprendiz  cuando contaba con 14 años, se desenvolvía como pez en el agua en el retrato de los personajes de la ciudad, fuera el relojero Alejandro Barrio dando cuerda al carillón del Ayuntamiento, el escultor Moro, el anticuario PuanPacheco, tocado con su sombrero; CiprianoJuárez, que vendía cacahuetes en la Calle Real, o Pedro Delgado, desde sus comienzos, porque el ciclismo era su pasión. También fue autor del costumbrismo de la época, representado por unos barrenderos por la Calle de Escuderos, tirando del carro, con escobón,  bañados por los rayos del sol que entraba por los soportales de la Plaza Mayor.  Hizo arte de lo cotidiano. Cada fotografía de Heredero es una página de la historia de una ciudad que quería, con sus rincones, con sus personajes fielmente retratados, con sus tradiciones y costumbres. 
Junto con el periodista Miguel Velasco trabajó también en el campo del cine documental, con más de una docena de películas entre los que destaca el dedicado a Agapito Marazuela, el único documento existente que contiene la voz y el sonido de la dulzaina del folclorista, representado por Heredero con sus manos en la dulzaina. 
No en vano conocía bien las cámaras de película de 16 y 35 milímetros porque había trabajado como corresponsal de TVE con una camara Beaulieu, aunque su carácter era incompatible con la vorágine del reporterismo. Heredero fue un poeta del blanco y negro, la esencia más pura de la imagen. Este romántico, apasionado de las sorpresas de la naturaleza y las luchas de los rayos del sol por  hacer brillar el rocío de la mañana, sabía muy bien que el objetivo es sólo un instrumento para captar lo que antes hemos visto; y así concebía sus retratos, lentamente, construidos en el interior, con tiempo, con ese don que le había dado la vida de pasar por ella sin hacer ruido, con humildad.