TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Obsesión

En algunos corrillos de la capital la obsesión es enfermiza: no basta con mirar cada segundo lo que hace el PSG, sino que hay que hacerlo pensando en que Mbappé está permanentemente enfadado con su entrenador, con la afición y hasta con el escudo. Cada rabieta del genio de Bondy, que a lo mejor está así porque ha fallado un regate o a lo mejor ha puesto mala cara porque no sería ser sustituido o a lo mejor le duele un pisotón o a lo mejor… Digo que cada rabieta, cada mal gesto, es una oportunidad para vender la salida del muchacho. Y claro, es una salida rumbo a Madrid, por supuesto. Concretamente, al Bernabéu…

Cualquiera (un ex jugador que una vez compartió vestuario con alguien que descubrió a Mbappé) tiene voz en este obsesivo proceso. «Quiere jugar de blanco», asegura el fulano de turno. Un fulano que lo más cerca que ha estado del muchacho fue en un restaurante, que jamás ha hablado con él… pero a quien le han puesto delante un micrófono para que diga exactamente la frase que ese madridismo quiere escuchar.

Puede que a los equipos grandes ya no les baste con eso, con ser equipos, y que necesiten un 'jugador franquicia', un vendedor de camisetas, alguien que salga en el póster. Mbappé es, en el imaginario del Real Madrid más mediático, lo que fue Cristiano y no ha sido Bale. Por eso hay que perseguirle de forma enfermiza: qué hace, qué dice, la influencia de Zidane, dónde están sus parientes, sus likes en las redes sociales («Mbappé celebra la victoria del Madrid en Instagram», era uno de los titulares)… Pura y dura obstinación sobre un jugador del que se ha especulado y escrito tanto, que el día que venga, si viene, ya no hará casi ilusión. Entonces habrá que obsesionarse con otro.