La ley del silencio invade Igualada

Irene Dalmases (EFE)
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Los 70.000 ciudadanos pasan el primer día de confinamiento entre las compras habituales y la resignación de saber que no deben salir de casa

Los mossos controlan desde la media noche del jueves la entrada y la salida en cuatro municipios barceloneses. - Foto: Susanna Sáez

Tras la conmoción que supuso a las 00,00 horas del jueves la orden de confinamiento de 70.000 personas que viven en el área de Igualada, ayer sus residentes se levantaron con ganas de llenar las despensas y acudieron prestos, desde primera hora, a las grandes superficies comerciales, algunos con mascarillas.
Xavi contaba que antes de las nueve de la mañana se encontraba ya en uno de estos establecimientos y, levantada la persiana, tuvo problemas para circular con uno de los carritos, porque había cola hasta para hacerse con uno de ellos. Aunque el lugar estaba abastecido, notó que en la sección de papel higiénico y de papel de cocina había mucho menos de lo habitual, con las estanterías prácticamente vacías, lo mismo que les pasó al matrimonio formado por Josep y Teresa en otra tienda en la otra punta de la ciudad.
Josep mostraba su hartazgo por el comportamiento de algunas personas, «porque hay mucho nerviosismo y se nota en el ambiente», aunque también dejó caer que, si bien la capital de Anoia vive hoy una jornada «diferente», hay «fábricas abiertas, gente tomando un café e incluso alguna que otra pareja de jóvenes besándose como cada día en plena calle».
En el mercado de la Masuca, Ester contaba que ha visto algunas paradas cerradas, como una a la que acude habitualmente, en la que venden fruta, y cuyos propietarios son originarios de Cervera (Lérida) y no pudieron entrar en la localidad. Como cada viernes, agregó que la mayoría de los compradores eran personas mayores, con sus carros y con algunas paradas con muchos usuarios, especialmente, las que despachan carne.
estantes repletos. Por otra parte, indicó que en una tienda del Área de Guissona en la que la noche del jueves no había ni un producto, por la mañana pudo comprar todo lo que que quiso porque llegó un camión a primera hora con alimentos nuevos. En cambio, al igual que en los últimos días, no abrieron sus puertas algunos establecimientos chinos.
Nuri, una jubilada de más de 80 años, pospuso su habitual visita de los viernes a la peluquería, en un momento en el que ya tiene interiorizado que no verá a su hijo David y a sus nietas porque viven en la cercana La Torre de Claramunt, fuera de la zona aislada. Por su parte, Joan, otro jubilado en la sesentena, veía con cierta preocupación la paralización de las obras de la cocina y el lavabo de su casa, que están llevando a cabo desde hace unos días una cuadrilla de paletas de Carme, otro pueblo de Anoia no afectado por el confinamiento.
Además, se da la circunstancia de que desde el inicio de estos trabajos vive en casa de su hija Míriam y ahora cree que deberá prolongar su estancia allí, donde dos de sus nietos jugaban  en el patio, un poco ajenos a lo que supone la pandemia de coronavirus y contentos de no ir al colegio.
Marta, con tres hijos en la veintena, a los que no verá al menos en 15 días, porque dos de ellas estudian en Barcelona y allí se encuentran y el mayor está trabajando en Londres, explicó que a lo largo de la mañana se oía «el silencio de cuando nieva», porque notaba que había descendido el habitualmente bullicioso tráfico de Igualada, donde muchos utilizan el coche para casi todo. A la vez, no dejaba de pasar e incluso alertar de que tiene la sensación de que la Conca d’Òdena «está siendo el chivo expiatorio de lo que irá pasando próximamente en otros sitios».