Eterno Mario, eterna Lola

DS
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Eterno Mario, eterna Lola

Si no estuvieron ayer en el Juan Bravo, no serán capaces de imaginar un silencio tan respetuoso como el que ayer reinaba en el patio de butacas, instantes antes de que Lola Herrera se pusiese, 40 años después, en la piel de Carmen Sotillo

Una vez más para representar ‘Cinco horas con Mario’, que en realidad, sobre el escenario, es sólo una hora y media que se hace tan corta, que cualquiera en su butaca habría deseado que se extendiera hasta las cinco para asimilar un monólogo que, si el polvo lo quiere, será eterno.

Estaba el Teatro Juan Bravo en silencio, quizás elevando la voz al murmullo en alguna ocasión, esperando que se abriera el telón; como si en vez de asistir a una representación teatral el público estuviera a las puertas de un verdadero sepelio, del verdadero adiós al Mario de Delibes, que hace años ya que lo es de toda España y de la literatura universal. Estaba el Teatro Juan Bravo así, callado, muy callado. Y quizás más que por la asistencia al funeral, lo estaba por el respeto y la admiración de saber que en breves instantes aparecería sobre el escenario una de las actrices más importantes que ha dado el teatro español. Una intérprete que a sus 83 años aún es capaz de contarle al muerto, con todos los matices que el drama del momento y la ironía del personaje requieren, un recital de reproches que nadie interrumpe para darle algo de oxígeno entre tanta palabra.

En un escenario en el que habita el morado, tanto en la caja del muerto como en las sillas por las que Lola Herrera a veces se pasea y sobre las que otras veces se sienta, como recurso para tratar de hacer visualmente ameno un largo diálogo sin más interlocutor que el silencio, la obra comienza con otro recurso, el de voces y más voces intercalándose mientras dan el pésame. Lola Herrera repasa sus fotos y asiente, se lamenta, cierra los ojos, mira al suelo, guarda las fotos, suspira…

Toma aire y comienza a dar voz al magistral ajuste de cuentas de toda una vida que Miguel Delibes nunca escribió para ella, pero que ahora no sabría vivir sin Lola; sin esa elevación de la voz tan suya, entre autoritaria y quebrada, que quienes hemos crecido viéndola en televisión conocemos bien. Lola Herrera mira a la caja, a veces con las gafas puestas, otras veces quitándoselas, mete el anillo de casada en un cajón y repasa esa serie de convencionalismos de mediados de los años sesenta que la protagonista ha echado de menos en su vida y que cualquier mujer de hoy en día repudiaría de inmediato. De vez en cuando la actriz se echa las manos a la cara, pero en ningún momento para lamentar la muerte, sino la falta de vida que Carmen Sotillo parece haber tenido; sin sexo apasionado, sin seiscientos, sin piso propio, sin un marido que mirase sus tetas y las piropease y con un ejército de niños habitando sus días.

Parece increíble que un texto coprotagonizado por un muerto esté tan lleno de risa, pero es así y de ello dieron fe los espectadores del Teatro Juan Bravo, a quienes Lola Herrera apenas dio un respiro entre frase y silencio para recordar que estaban velando a un recién fallecido. Al final, el llanto fue más de arrepentimiento que de dolor, pero manteniendo la seriedad del luto que había impregnado el Teatro desde el principio, el público sólo se atrevió a empezar a aplaudir cuando, en mitad de la oscuridad, vio a Lola Herrera poner los brazos en cruz en señal de agradecimiento. Eso sí, si llega a ser por el respetuoso respetable del Juan Bravo, los aplausos habrían sido eternos; tan eternos como lo será Lola.