TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


La barrera

En septiembre del año pasado, Eliud Kipchoge se convirtió en leyenda en Berlín: cruzaba la meta del maratón con un tiempo descomunal, 2.01:39, que destrozaba el legendario 2,02,57 de Kimetto en 2014. Ese día, trotando de forma imperturbable de principio a fin (1,00,33 en la primera parte, 1.01:06 en la segunda), no tuvo a 41 liebres de prestigio como los hermanos Ingebrigtsen, Lagat o Kiplimo, que además iban rotando, o sea, entrando y saliendo con total frescura para marcarle el ritmo de récord adecuado; de hecho, sólo fueron tres 'liebres' y a la última, Boit, la perdió en el kilómetro 25. Ese día, por supuesto, no había ningún coche que, rodando a la velocidad precisa para bajar de las dos horas, le tapara el viento para favorecer el majestuoso trote del keniano. Ese día había rivales de peso que podían ponerle en un serio compromiso, zonas abiertas y no rectas de cuatro kilómetros entre árboles para protegerle de posibles inclemencias meteorológicas. Ese día, sin ir más lejos, la carrera era avalada por la IAAF y, ojo al dato, había control antidopaje.

Esos dos minutos, los que separan el récord oficial de la charlotada del sábado, son un mundo enorme: nadie puede negarle la brutalidad que supone correr un maratón, incluso en condiciones muy favorables (sólo faltó que le buscasen 42 kilómetros cuesta abajo) en menos de dos horas: es una de las barreras míticas en la historia del atletismo. Sin embargo, ese 1,59,40 apesta a artificial, algo trucado, forzado desde un patrocinio privado (Ineos, una de las dos empresas químicas más importantes del planeta) que no podía fallar, pura fachada. Por eso leerían ayer (y hoy, y durante varios días) tantas opiniones de amantes del atletismo dándole muchísimo más valor al récord de verdad, dos minutos más lento, que a la escenificación simulada de la caída del penúltimo límite humano.