Fantasía en el último viaje

EFE
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Los habitantes de Ghana tienen una forma muy original de ser enterrados; los familiares de los difuntos eligen féretros que simbolizan sus empleos o los deseos que no pudieron cumplir

Fantasía en el último viaje - Foto: Patricia Martí­nez

Decir adiós a este mundo enterrado en una bota de fútbol, un grano de cacao o una gigantesca biblia es algo habitual en Ghana, donde muchos aspiran a ser sepultados en ataúdes que ensalcen su oficio o aquello que amaron en vida.
«Los féretros suelen representar la profesión o la posición social que el muerto ostentó en su comunidad; por ejemplo, un agricultor de cacao será enterrado en un grano de este fruto», explica Eric Adjetey, tercera generación de una familia de artesanos.
«Pero, al mismo tiempo, alguien muy rico que siempre se moviera en su lujoso coche de un lado a otro podría perfectamente ser enterrado en el mismo modelo Mercedes-Benz que tanto adoraba», añade este experto en la fabricación de «ataúdes de diseño».

Fantasía en el último viaje
Fantasía en el último viaje - Foto: Patricia Martínez
Hijo y nieto de artesanos carpinteros, para Adjetey todo comenzó cuando, a principios de los años 50 su abuelo decidió cumplir el último deseo de su difunta mujer: enterrarla en un féretro con forma de avión.
«Siempre sobrevolaban el taller aviones dispuestos a aterrizar en el aeropuerto internacional de Kotoka (Accra) y mi abuela siempre decía lo mucho que le gustaría volar en uno de ellos. Nunca lo hizo, pero cuando murió, mi abuelo le construyó uno a medida», relata con pasión Adjetey.
En una sociedad de pescadores como la ghanesa, dar sepultura a una anciana en un aeroplano fue un hecho «inaudito y sorprendente», según Adjetey, un hito sin precedentes que marcó el inicio de nuevos encargos y, además, trajo prosperidad y renombre a su familia.
Desde entonces, pese a algunos baches en el camino, la devoción familiar por este oficio se ha mantenido incólume, incluso después de que el padre de Adjetey le aconsejara ir a la universidad y no seguir sus pasos.
«En Ghana la carpintería no está vista como una buena profesión. Al igual que mi padre, muchos otros no quieren que sus hijos se dediquen a esto», explica el artesano, «pero si sabes lo que realmente quieres hacer no necesitas que nadie te diga lo que te conviene y lo que no».
Ser artesano de este tipo de féretros implica dedicar semanas a cortar y ensamblar piezas de madera -trabajando bajo un bochorno ecuatorial-, para después concluir con un detallado y laborioso trabajo de pintura que hace que estas pequeñas figuras sean casi idénticas a las reales.
Pero, para Adjetey, más allá del esfuerzo físico, su trabajo simboliza una rica tradición cultural imprescindible para la posterior celebración de todo ritual fúnebre, que en el país africano duran varios días y concluyen con un banquete al que asisten cientos o miles de invitados.
«Para ser un buen profesional de fabricación de ataúdes debes saber lo que representa cada figura. Muchos han perdido eso y no pueden decirte lo que están haciendo ni por qué», se lamenta el carpintero, que da como ejemplo de ese buen entender la construcción de un féretro con forma de tortuga o de caracol para abogados y líderes comunitarios, pues «resuelven tus problemas aunque les lleve cierto tiempo».

 

Símbolo de riqueza

Además de honrar el nombre del difunto, los funerales ghaneses son también un símbolo del estatus social de la familia, por lo que muchas mantienen a sus muertos durante meses en la morgue mientras organizan una ceremonia por todo lo alto, en la que solo el ataúd pude llegar a costar 2.000 dólares.
«Darle a tus padres un entierro adecuado te hace encajar en la comunidad y en la sociedad. Significa que viviste una buena vida y que fuiste capaz de ahorrar. Por eso, incluso cuando los familiares no tienen suficiente dinero, recurren a solicitar un préstamo», detalla, y recuerda que los invitados deberán también hacer una donación.
La familia recoge el ataúd el jueves y se lo enseñan al resto de la familia; el viernes por la mañana sacan el cuerpo de la morgue y lo llevan para lavarlo a la casa de la madre, «el primer lugar en el que el muerto fue lavado cuando nació», y de ahí lo trasladan a la casa del padre, donde permanece hasta el domingo, día de la misa.
«Es una ceremonia inmensa, entre 500 y 2.000 invitados dependiendo de lo conocido que fuera entre su comunidad. Es mucha gente a la que dar de comer y de beber», añade.
Aunque estos funerales pueden superar los 10.000 dólares de coste, los familiares no escatiman a la hora de instaurar carpas, vestir de traje al difunto o invitar a cualquier persona conocida. Todo es poco cuando lo que está en juego es el honor del finado y el nombre de la familia.
«No les importa demasiado el precio que pagan por el féretro, aunque siempre van a intentar regatear», concluye Adjetey, orgulloso de dar aliento a una tradición que recuerda aquello que uno amó durante su vida.