Vivir la fe en la piel

Nacho Sáez
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Llevan tatuados el Cristo, la Virgen o la cruz de su cofradía en Segovia como un símbolo más de una devoción que nació cuando eran niños y que hoy todavía sigue latiendo con fuerza.

Eduardo Arribas.

Castilla y León no es Andalucía, pero las ocho ciudades de la Comunidad que poseen el título de Interés Turístico Internacional ilustran el enorme fervor que existe por la Semana Santa y la magnífica riqueza de sus imágenes y procesiones. Un paisaje que es posible en buena medida gracias al trabajo que realizan las cofradías, hermandades y feligresías. En Segovia, que de momento se tiene que conformar con ser Interés Turístico Nacional, uno de cada diez de sus vecinos pertenece a alguna de estas agrupaciones, que en conjunto cuentan con más de 4.300 integrantes y que generan un impacto económico en la ciudad que se eleva por encima de los cinco millones de euros.
La Semana Santa de Segovia, de la mano de su sobriedad y austeridad, se ha consolidado como una de las de referencia en Castilla y León e incluso supera en número de cofrades a dos de las ocho de nuestra región que ostentan ese título de ‘Fiesta de Interés Turístico Internacional’. La de la Zamora es la que exhibe más musculo en este aspecto con alrededor de 40.000 feligreses, seguida por León con cerca de 20.000, Valladolid con unos 12.000, Salamanca con 9.000 y Ávila y Palencia con 6.000 cada uno. Pero las localidades vallisoletanas de Medina de Rioseco y Medina del Campo, con 3.700 y 2.700, respectivamente, cuentan con menos socios que las cofradías segovianas Y eso a pesar de que apenas reciben seis euros de ayudas públicas por cada cofrade.
Pero estos días de Pasión se encuentran muy arraigados en el sentimiento de los segovianos, que consiguen incluir las procesiones, los vía crucis y el resto de actos religiosos y culturales de la Semana Santa entre las citas más multitudinarias de cuantas se celebran en nuestra ciudad en la calle a lo largo del año. Para muchos es más que una tradición o una manifestación folclórica e incluso lo llevan grabado en la piel. Es el caso de Miguel Ángel Herranz, Eduardo Álvarez, Alejandro Estébanez y Mateo San Romualdo, que en el reportaje que pueden leer en las siguientes páginas se han desnudado para El Día de Segovia con el objetivo de mostrar los tatuajes que decoran sus cuerpos. Dibujos de simbología religiosa que reafirman su devoción por el Cristo o la Virgen de su cofradía, hermandad o feligresía.
Miguel Ángel Herranz.Miguel Ángel Herranz. - Foto: Rosa BlancoMiguel Ángel Herranz, que es el fundador y actual presidente de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, lleva tatuado en su brazo derecho el Jesús Cautivo. Su vida ha girado en varias ocasiones en torno a esta imagen. Primero porque fue uno de los impulsores de que el barrio de San José adquiriera la talla hace cuatro años, y segundo porque estuvo muy presente en uno de los momentos más difíciles de su vida como fue la muerte de su padre. Él se encargó de ordenar la primera ‘levantá’ cuando la cofradía empezó a celebrar la procesión en la que porta al Cautivo a costal.
Para Eduardo Arribas, el Cristo del Mercado que tiene grabado en la piel representa la tradición familiar pero también su compromiso con la fe. «No fui de pequeño a ningún colegio religioso ni tampoco voy a misa todos los días, pero me considero muy creyente», señala. Por su parte, Alejandro Estébanez y Mateo San Romualdo son amigos y comparten devoción por la Feligresía de San Andrés y afición por los tatuajes. El primero lleva una Cruz de San Andrés personalizada, mientras que el segundo, dos cruces –una de ellas también la de San Andrés– y la Virgen de San Millán, cofradía de la que forma parte y con la que está vinculada de una forma especial. «Desde hace cinco años hago acto de penitencia por una promesa», desvela. Vivir la fe desde la piel, otra forma de celebrar la muerte y resurrección de Jesucristo.

Miguel Ángel Herranz: «Tengo mi fe; si no la tienes, esto no vale para nada»

«Tienes que estar mentalizado de lo que vas a hacer», señala sobre ser costalero Miguel Ángel Herranz, fundador, presidente y se podría decir que todo lo que se puede ser en la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, donde también desempeña el papel de Jesucristo en el Vía Crucis viviente que celebran. En la procesión del Jesús Cautivo, que se desarrolla por las calles del barrio de San José, colabora como costalero y admite que es «duro». «En cuanto pasan las Navidades, empezamos a ensayar. Esta procesión la hacemos por la gente mayor que el Jueves Santo no nos puede acompañar hasta la Catedral», cuenta acerca de un recorrido que se comenzó a realizar hace cuatro años. 
El mismo tiempo ha pasado desde que compraron la talla, adquirida en Sevilla gracias a la colaboración de los vecinos del barrio, que se implicaron para organizar rifas y todo tipo de actividades con el objetivo de recaudar el dinero que hacía falta. Lo consiguieron y hoy pueden presumir de que «somos la única cofradía de Segovia que tiene imagen propia, al resto se las cede el Obispado», según remarca el propio Herranz. Esa unión popular que exhibieron en aquel momento le emociona y fue uno de los motivos por los que se acabó tatuando el Cautivo en su brazo derecho.
Mateo San Romualdo.Mateo San Romualdo. - Foto: Rosa BlancoHay otra razón muy íntima detrás de esa espectacular imagen que luce. El año que compraron la talla falleció su padre. Antes de morir tuvo la oportunidad de ordenar la primera ‘levantá’. «Se emocionó. Y eso que era un tío duro de verdad», recuerda Herranz, que ahora tiene la oportunidad de ver a su progenitor cada vez que se mira el brazo derecho. No obstante, su pasión por la Semana Santa no viene de él ni tampoco del resto de la familia, sino que el gusanillo le fue picando solo hasta que con 17 años fundó la cofradía de San José. «Fuimos mi novia, que ahora es mi mujer, un amigo y yo. ¿Por qué no íbamos a tener un paso y el resto de barrios de Segovia sí? Al párroco no le hizo mucha gracia porque lo veía una labor complicada, pero nos ayudó un educador del Ayuntamiento y al final se animó hasta el párroco», rememora.
Casi tres décadas después, Herranz se mantiene como presidente de una agrupación que cuenta con cerca de medio millar de cofrades y que este año celebra el 25 aniversario de su banda de cornetas y tambores, considerada por los expertos como la mejor de Segovia. «Yo tengo mi fe. Si no la tienes, esto no vale para nada», asevera el propio Herranz, que había siempre contrario a los tatuajes. Hasta que él, «después de ver 40.000 fotos y ver una que me gustó», se hizo el Cautivo. Sobre la actividad regular de la cofradía, apunta que «con los preparativos te quemas, pero lo compensa la satisfacción que te llevas cuando acaba todo». 
Para él, el momento más especial de la Semana Santa esa esa procesión del Cautivo. «Salir de costalero con él es lo más, aunque también me quedaría con otros instantes», zanja este cofrade ‘alma mater’ de la Pasión en el barrio de San José.

Eduardo Arribas: «Sólo con oír la música de la Semana Santa ya me pongo nervioso»

Eduardo Arribas Álvarez es cargador y costalero. Durante años ha compatibilizado las dos facetas a medio camino entre la Cofradía de la Esclavitud del Santo Cristo de la Cruz (Cristo del Mercado) y la Cofradía del Recogimiento (Santa Eulalia), aunque en esta Semana Santa ha decidido que ha llegado el momento de tomarse un pequeño respiro y sólo participa en las procesiones de la segunda. «Es que el cuerpo tiene que descansar. Con el costal me sale un huevo, aunque luego va bajando», explica mientras señala la zona de la última vértebra. 
Alejandro Estébanez.Alejandro Estébanez. - Foto: Rosa BlancoSu devoción nació siendo un niño. Ahora tiene 31 años, pero no se ha olvidado de las épocas en las que salía de capuchón con sus primos y en las que eran su madre y su abuela las que le inculcaban la fe. «No fui a ningún colegio religioso y tampoco voy a misa todos los domingos, pero me considero muy creyente», cuenta, al mismo tiempo que repasa una juventud siempre vinculada a la religión. También ha sido penitente e incluso ha formado parte de la banda de tambores del Cristo del Mercado, aunque reconoce que «no duré mucho porque no se me daba nada bien».
Lo suyo ha sido llevar las tallas, una responsabilidad que, dice, todavía le pone nervioso. «Es que tanto en el Cristo como en Santa Eulalia son salidas duras. En Santa Eulalia hay que sacar al Cristo tumbado [de la iglesia] y luego subir, mientras que en el Cristo hay que bajar las escaleras de la ermita», recuerda. Este año, que sólo estará con Santa Eulalia y también por primera vez en Palazuelos de Eresma por petición de su capataz, han estado trabajando desde finales de enero. Entre dos horas y media o tres a la semana. «No somos Sevilla, pero al final en la procesión estamos unas cuatro horas y, aunque en caliente no se nota, el esfuerzo pasa factura al día siguiente Somos 24 personas y casi todos los años las mismas», subraya.
Él prefiere portar a costal que cargar, aunque es más agresivo: «El primer año que probé en Santa Eulalia me gustó, pero hay que tener cuidado porque si lo haces mal te puedes lesionar». La fuerza que le pueda faltar en algún momento se la proporciona el Cristo del Mercado que lleva tatuado en el brazo derecho. Se lo hizo hace cuatro años y está relacionado con más tatuajes que lleva en otras partes del cuerpo, aunque prefiere no mostrarlos. «Todos tienen un motivo», desvela, al tiempo que recalca lo importantes que son para él estos días: «Sólo con oír la música de la Semana Santa me pongo nervioso».
No obstante, no le gusta tanto ver procesiones como participar en ellas. «He pensado en ir a Sevilla con mi prima alguna vez, pero no he sido capaz. Me gusta vivir la Semana Santa desde dentro y este año es raro porque es la primera vez en doce o trece años que no voy a salir ni en Jueves Santo ni en Viernes Santo aquí en Segovia», indica antes de posar para la foto mostrando ese Cristo del Mercado que lleva grabado en la piel.

Alejandro Estébanez: «Lo amamos y es una de las cosas más importantes  de nuestra vida»

La ?emoción que siente al salir de la Catedral el Viernes Santo acompañando al Cristo Yacente de Gregorio Fernández no la cambia por nada. A pesar de que apenas tiene 26 años, Alejandro Estébanez lleva más de una década disfrutando de ese momento de plena intimidad y recogimiento junto a las personas que, además, considera su segunda familia. Para él, pertenecer a la Feligresía de San Andrés es un orgullo pero también una responsabilidad «porque todo tiene que salir perfecto durante las procesiones». «Si no, incluso nos enfadamos y discutimos entre nosotros», dice. Este año celebran el 40 aniversario de la agrupación, lo que hace que sea todavía más especial y que hayan estrenado una procesión. 
En la parte posterior del brazo derecho, Alejandro tiene tatuada una Cruz de San Andrés personalizada. Su aspa característica es en realidad unas mazas de bombo como guiño a su pertenencia a la banda de cornetas y tambores de la feligresía, que cuenta con denominación propia, El Cirineo. También siente devoción por la imagen de su pueblo, el Cristo del Humilladero, de Pinarejos, y está pensando tatuarse el Escudo de la Esclavitud, signo identificativo de la cofradía del Cristo del Mercado, con la que también colabora desde hace cinco años, en este caso en labores de cargador.
Para este joven, estos días están reservados para la Semana Santa. Ni trabajar ni estudiar. Sólo procesionar y descansar para poder volver a desfilar. «Lo amamos y se llega a convertir en una de las cosas más importantes de nuestra vida», indica mientras señala a su madre y a su abuela como las responsables de su fe. Mira al cielo con la esperanza de que la amenaza de lluvia que ha pronosticado la Agencia Estatal de Meteorología no se cumpla, aunque sabe que es difícil y que el trabajo realizado a lo largo de los últimos meses quizás se vea empañado por ese mal tiempo.
«Estamos todo el año ensayando, todo el tiempo pendientes de ello, de si falta una cosa o la otra...», apunta antes de referirse a otro de esos momentos de la Semana Santa que está esperando cada día a que llegue: «La tarde del Viernes Santo, cuando estamos todas las cofradías en la Catedral, es muy especial porque ves a mucha gente que conoces y porque salir con tu Cristo de la Catedral es impresionante. Pero también me quedo con el momento en el que pasamos bajo el Acueducto tocando. También nos emocionamos mucho».
Formar parte de la Banda de Cornetas y Tambores El Cirineo constituye un signo de distinción. En años anteriores incluso han tocado para otras cofradías. Para Alejandro, salir en Semana Santa también encarna además un acto penitencial y una forma de expiar los pecados cometidos. «Te quedas en paz contigo mismo», concluye antes de retomar las rutinas de cofrade de estos días, que apenas les dejan tiempo para nada más. Pero cualquier esfuerzo se queda corto para tratar de que las procesiones sean lo más emocionantes posible. Alejandro no ahorra ninguno. 

Mateo San Romualdo: «Desde hace cinco años hago acto de penitencia por una promesa»

Una promesa que prefiere no desvelar obliga desde hace cinco años a Mateo San Romualdo Velasco a realizar acto de penitencia cuando llega la Semana Santa. Es una de las personas que carga solo una cruz de madera en la procesión del Jueves Santo de la Cofradía de la Soledad al Pie de la Cruz y del Santo Cristo en su Última Palabra (San Millán). Se comprometió a hacerlo durante ocho años, cuenta, por lo que todavía le quedan tres antes de concluir esta penitencia. No le importa porque sabe que es una forma de pedir perdón por sus errores y porque siente auténtica devoción por la talla de la Virgen de San Millán. 
«Subir por la Calle Real haciendo penitencia detrás de la Virgen es el momento más emocionante para mí de la Semana Santa», desvela este joven de 25 años, que además tiene grabada la imagen de la Soledad al Pie de la Cruz en el gemelo derecho. No es el único tatuaje con simbología religiosa que muestra su cuerpo. También lleva una cruz y la seña de identidad de la otra agrupación a la que pertenece en Segovia, la Feligresía de San Andrés. Además, está pensando en hacerse otro próximamente en el cuello con una sola palabra: «Penitencia». 
«Esto no es sólo folclore, detrás hay un sentimiento», asegura. Su padre y sus cinco tíos fueron los fundadores de El Cirineo, la banda de cornetas y tambores de la Feligresía de San Andrés, y él forma parte de ella desde los tres años a pesar de que su familia y él siempre han vivido en el barrio de San Millán. «Para mí, la Semana Santa es la época más importante del año», subraya. Las procesiones y los Vía Crucis que tienen lugar a lo largo de esta semana le evocan recuerdos de su niñez y le permiten dar continuidad a la tradición familiar, algo que también le gusta, aunque respeta que otros elijan en cambio tomar otro camino.
Alrededor de estos días de Pasión también se encuentra con algunos de sus mejores amigos, con los que  comparte muchas horas y muchas confesiones. Detrás de cada procesión hay un intenso trabajo y todos tratan de aportar su granito de arena para que puedan vivir su fe con el respeto que se merecen los vecinos del barrio y los numerosos segovianos y visitantes que son fieles a estos actos. «Yo me acuerdo mucho de los que ya no están», dice Mateo, decidido a afrontar con sacrificio los tres años con actos de penitencia que le quedan.
Sus tatuajes le recuerdan que no puede desfallecer en esta misión. El de la Virgen de la Soledad al Pie de la Cruz se le hizo con 19 años, la Cruz de San Andrés dos años después, y ahora está pensando en ese de penitencia que llenaría su cuello. Es otra de las historias personales que se esconden detrás de esta Semana Santa de Interés Turístico Nacional que saca cada año a las calles de Segovia a miles de cofrades. Mateo relata que antes no estaba bien visto pertenecer a más de una cofradía, pero cada vez es más habitual y los hay incluso que participan en los actos de tres. Él guarda como un tesoro las medallas de la Feligresía de San Andrés y de la Soledad al Pie de la Cruz.