TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Y cuando llegue el día 30 ¿qué?

Se agradecen las proclamas desde el atril del Congreso de los Diputados, el mensaje que por fin transmitió el rey en nuestros televisores, los aplausos desde los balcones, los ánimos que nos dan las 'estrellas' de las radios y las televisiones. O las explicaciones cotidianas del doctor Fernando Simón, que se ha convertido en elemento de máxima credibilidad para la opinión pública, me parece. Se agradece que sanitarios, cuerpos de seguridad, transportistas y un largo etcétera sigan cumpliendo con su deber hasta más allá de lo exigible. Gracias y aplausos, en los casos en los que proceda.

Pero nada de eso resuelve el futuro de tanta gente que empieza a preguntarse si la convivencia con los suyos en unos pocos metros cuadrados, la inacción física o el puesto de trabajo y el dinero llegarán hasta ese 30 de noviembre que ya sabemos que no va a significar el fin del estado de alarma ni el de la desesperación. Porque, si hay que decir la verdad, los discursos de corrección política no logran, creo, infundir la suficiente esperanza. Y son demasiadas las cosas que están marchando mal -- no culpo a nadie en concreto, oiga, todavía -- como para que podamos sentirnos del todo tranquilos.

Alguna vez escribí que democracia es que los teléfonos de la angustia funcionen. Ahora añado que, cuando tengas síntomas de haber contraído esta enfermedad casi bíblica, democracia es también que alguien te escuche y te oriente. Que estés seguro de que hay Unidades de Cuidados Intensivos, médicos, sanitarios, mascarillas, guantes suficientes incluso para la peor de las pandemias. Que, al fin y al cabo estamos en la cresa Europa y en el siglo XXI, qué diablos, y que hasta anteayer presumíamos de tener la mejor sanidad pública del mundo, y a fe que la teníamos (¿la tenemos?).

Pues eso: que los titulares de los periódicos dicen que las camas hospitalarias están colapsadas, que falta material por todos lados, que nuestros mayores mueren como chinches semi olvidados en sus residencias; qué duro es decirlo así.

No sé cómo vamos a pedirnos a nosotros mismos que sigamos aguantando en nuestras casas no solo hasta el día 30, sino hasta una fecha aún por fijar, indeterminada, incógnita. Sin que nadie nos trace un plan de futuro: solamente se nos ofrecen parches para un presente angustioso. El Gobierno se ha convertido, acaso como debe ser, en un Ejecutivo para gestionar la crisis* quizá con alguna trampa, como esa de colar de rondón la presencia del vicepresidente Iglesias en la Comisión Delegada para Asuntos de Inteligencia, aprovechando un decreto sobre medidas para contener el coronavirus. Inaudito. Y ni una explicación oficial, oiga.

Sí, lo que quiero decir es que, así, con meras medidas casi coyunturales -- necesarias y plausibles, por lo demás -- que, encima cuestan una batalla interna en el Consejo de Ministros, donde ahora un sector de los 'podemitas' la ha emprendido con la 'superministra' económica, la moderada Calviño, no se va a alentar la confianza de la ciudadanía en unos representantes que han instalado la inseguridad jurídica y la falta de coherencia con las hemerotecas en el ánimo de las gentes. Ni tampoco con discursos sin duda bienintencionados, pero algo fríos y como forzados, que es la impresión que saqué del Rey.

Me parece que esperamos explicaciones más completas, acciones más generosas, políticas que rompan con la idea de las dos Españas. Lo importante es que el ciudadano de a pie tenga la sensación de que es él, y no conceptos más abstractos, el que más importa a los poderes públicos. Que piense que estos se parten el pecho para lograr eso que antes decía, que el país funcione incluso en medio de la catástrofe. Sé que hay otros países que lo están haciendo peor, pero también que otros lo hacen mejor. Y, en todo caso, no es eso lo que al ciudadano de a pie le importa. Lo que le importa, nos importa, es saber en qué estado llegaremos al día 30, cuando se vaya agotando el humor de los balcones y los 'memes' pasen de burlones a indignados. Y luego, cómo plantear el futuro para los días siguientes. ¿Lo saben ellos, al menos?