RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Imperio y decadencia en España y Portugal (1ªparte)

03/05/2020

Fue en el siglo XVIII cuando surgió en España el debate sobre las causas de su retraso cultural, social y económico. La Ilustración, con su libertad intelectual, propició ese debate. El barón de Montesquieu, uno de los padres del liberalismo, en una de sus Cartas Persas, describió malignamente a los españoles como un pueblo supersticioso, sojuzgado por la Inquisición, con una nobleza incapaz, con sus varones enamoradizos y perezosos, y sus mujeres a tono con ellos.
Un militar ilustrado español, y gran escritor, José de Cadalso (1741-1782), nacido en Cádiz, pero de origen vizcaíno, rebatió a Montesquieu, a quien acusaba de desconocer la historia de España y de expresar tópicos e infundios. José de Cadalso había vivido en varios países europeos, hablaba sus idiomas, y aunque criticaba la falta de libertad de pensamiento en España, sostenía en su escrito que España estaba inserta en las ideas ilustradas, gracias a su pasado como nación de proyección mundial.
Otro gran ilustrado, Antonio José de Cavanilles (1745-1804), nacido en Valencia, clérigo y uno de los botánicos más importantes de Europa, recibió el encargo del ministro Floridablanca de rebatir la sarta de inexactitudes vejatorias que Nicolas Masson había escrito en la Encyclopédie Méthodique sobre España. Frente a afirmaciones como que España no había aportado nada a la ciencia en los últimos cuatro siglos, Cavanilles mostraba, entre otros hechos, los recientes descubrimientos geodésicos efectuados por Antonio Ulloa y Jorge Juan, que habían sido realizados precisamente en cooperación con Francia.
Las brutalidades de la Guerra de la Independencia y el posterior nefasto reinado de Fernando VII acentuaron las comparaciones entre España y Europa, negativamente para nuestro país. Contra ese pesimismo nacional, Ramón de Mesonero Romanos(1803-1882), un escritor costumbrista, cuyo liberalismo era como el de su amigo Mariano J. Larra, escribió varios libros de viajes por Europa, defendiendo que España no era muy diferente culturalmente de Francia, Bélgica, Inglaterra y otros países del norte europeo. 
Después, con la crisis y la Generación del 98 volvieron las comparaciones pesimistas. Pasados muchos años, hoy se repite la introspección sobre nuestras características como pueblo europeo. La actual sensación negativa sobre la política y el Estado, y sobre todo, las humillaciones que los independentistas catalanes están haciendo continuamente (la última, la portavoz de la Generalitat afirmando que habría menos muertos con la pandemia si no estuviesen dentro de España), es lógico que florezcan obras en la senda de Cadalso, Cavanilles y Mesonero. Ahí está el libro de Elvira Roca sobre la leyenda negra hispánica, que aunque contiene muchos errores históricos, es leído por miles de personas que necesitan argumentos para fortalecer su autoestima como ciudadanos.
Entre 1992 y 2002, escribí varios artículos en revistas especializadas en los que advertía que los demócratas, en sus distintas formas políticas, corrían el peligro de perder la calidad de nuestra democracia si no se hacía el esfuerzo de crear un nuevo patriotismo -yo proponía que fuese constitucional, según la recomendación de Jürgen Habermas-, eso sí, obra común de todos los que se sienten identificados con la Constitución de 1978.
Creo que ya estamos en esa fase de deterioro del sistema político, y aparece de nuevo una literatura de afirmación de un nacionalismo español de sentido defensivo, muy distinto del patriotismo que entonces se proyectaba hacia un futuro europeo. La dependencia del Gobierno socialista de Pablo Iglesias y de los varios nacionalismos acentúa esa conciencia de deterioro. 
Distinto, aunque coincidente con las intenciones de defensa intelectual de la historia de España, es el libro de Bartolomé Yun Casalilla: ‘Los imperios ibéricos y la globalización de Europa (siglos XV a XVII)’ (Galaxia Gutenberg, 2019). Se trata de una síntesis o un ensayo referido a los asuntos de su título, que originalmente fue escrito en inglés, y enfocado a cambiar los tópicos que siguen existiendo en el público culto y también en los especialistas de países europeos. 
Bartolomé Yun ha hecho un esfuerzo muy serio demostrando que España y Portugal no eran unos Estados periféricos en Europa, ni tampoco fueron unos casos clínicos de males como gobernación despótica, ineficiencia burocrática, atraso intelectual, intolerancia generalizada e incluso ordenamientos legales incompatibles con la economía moderna. 
Bartolomé Yun, desde el comienzo de su libro, tiene presente a historiadores o sociólogos que en sus obras desarrollaron tópicos sobre la historia de España y Portugal en forma de dogmas académicos. Además de la influencia de la tradición historiográfica whig inglesa (a la que afortunadamente no pertenece John H. Elliott, el gran hispanista), Yun se refiere, entre otros, a I. Wallerstein (1930-2019) y A. Gunder Frank(1929-2005), cuyo ascendiente intelectual ha sido enorme entre los historiadores, desde luego en España; o a Douglas North (1920-2015), cuyos estudios sobre el papel de las instituciones en el desarrollo económico capitalista -y España parecía ser un caso singular- alcanzaron una gran autoridad entre científicos sociales anglosajones. (Finalizará la próxima semana).