LA COLUMNA

Aurelio Martín

Periodista


Verdad

Aunque la organización terrorista ETA anunció del cese definitivo de su actividad armada el 20 de octubre de 2011, es ahora cuando la sociedad vasca comienza a abandonar el silencio marcado por el sufrimiento y a exponer públicamente todo lo que padeció, lo que le asoció la palabra miedo, cuando se imponía la ley de la violencia y ganaban los pistoleros y sus cachorros. 
Mientras que el guionista y director Aitor Gabilondo termina el montaje de la adaptación de la novela Patria, de Fernando Aramburu, para una serie de HBO, Movistar + ha comenzado a emitir ETA el final del silencio, dirigida por Jon Sistiaga y Alfonso Cortés-Cavanillas, que se revela como un documento desgarrador por la emoción que generan los testimonios de las víctimas o sus familias, despojados de rencor y de interés político. Es la verdad desnuda. 
Las primeras imágenes que se han conocido de la película Patria presentan a Bittori corriendo a socorrer a su marido recién tiroteado, bajo una lluvia intensa, completamente sola, pidiendo ayuda sin que acuda nadie. Las persianas se bajaban. Es realidad, no ficción, como también lo es una desgarradora conversación -en el primer capítulo de la cinta de Sistiaga- que mantienen durante una comida Meixabel Lasa, viuda de Juan Mari Jáuregui, exgobernador Civil de Guipúzcoa, con Ibon Etxezarreta, uno de los etarras que participó en el atentado de su marido, ahora acogido a la vía Nanclares de reinserción. 
Meixabel insiste en comentarle a Ibon que prefiere ser la viuda de Juan Mari a ser su madre, se entiende porque habría tenido aún más sufrimiento de haber tenido un hijo miembro de un comando capaz de actuar como lo hizo, a la vez que aclara que quiere darle una segunda oportunidad para rehacer su vida, porque, como quien ha elegido la misma vía, se convierten en los mayores deslegitimadores del uso de la violencia. 
Los primeros capítulos de la obra de Sistiaga van revelando la historia trágica de los años del plomo y cómo se medían los atentados, incluso el de Juan Mari, a quien no mataron por haber sido gobernador, dice convencida Meixabel, sino porque era partidario de tender puentes para terminar con esta historia negra, siendo consciente de que cada vez era peor porque entraban más jóvenes, más radicales y manejables, que carecían de memoria histórica. Ahora, ojalá, hay una posibilidad de esperanza y convivencia pacífica. 
El problema es que haya otro territorio donde existe ya gente preparada para la violencia callejera y se pegan carteles con nombres de periodistas, luego vendrán los de otros a quienes se considere traidores... Es muy difícil lograr entender los objetivos de los independentistas tras 50 años de terror tan cerca, al final para no llegar a ningún sitio. Un espacio ocupado solo por las ausencias de quienes murieron y de quienes vivieron arropados por el dolor y la angustia.