LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


La amenaza de Andrómeda

Ha sido suficiente un virus para demostrarnos la importancia de la libertad de expresión, la separación de poderes y el valor de la vida humana. Sería una buena ocasión para que los altos ejecutivos de la industria se cuestionen la inteligencia de crear un sistema productivo tan vulnerable a una disrupción. Se ve que en la historia nunca han existido terremotos, epidemias, erupciones volcánicas, guerras. ¡Qué sorpresa!

Nuestra arrogancia intelectual nos lleva a pensar que un dato es la forma correcta e imparcial de ver la realidad, cuando solo encubre nuestro miedo. Y es evidente que ese sentimiento desconoce la mesura o no se deja iluminar por el frío conocimiento. La ignorancia juega muy malas pasadas.

Cuando leemos cualquier número, según quien haga uso de él, podemos llegar a conclusiones diametralmente opuestas. Todo lo dicho pasa a ser irrelevante cuando uno es protagonista de la estadística, ya que los sentimientos saltan por todos lados. Si digo que cada día mueren casi 5 personas por accidente de tráfico, dato cierto en España, no genera ninguna inquietud a los millones de conductores diarios que usan el vehículo para desplazarse. Cada uno de los fallecidos tiene nombre y apellidos, son dramas humanos concretos y familias rotas.

Esperamos con ansiedad el parte de infectados o la cifra de muertos en China por el virus, sin preguntarnos cuántas víctimas ha provocado una cuarentena draconiana al escasear las medicinas o ser canceladas operaciones. Nos daría perspectiva si supiéramos que cada año en China mueren más de diez millones de personas o 27.400 personas diariamente.

En nuestro país fallecen más de 400.000 personas cada año. Para su tranquilidad, les diré que la inmensísima mayoría se mueren de viejos y a unas edades que antes eran inimaginables. La gente envejece mejor, lo cual es un avance, aunque les acompañe alguna enfermedad por su propia longevidad. Cada día nacen un número inferior de niños, la inmensa mayoría son deseados, han alegrado la existencia de sus padres y tienen el futuro por delante.

Vivimos en una sociedad donde la empatía hacia la víctima nos impide distanciarnos del hecho y provoca un pesimismo nihilista. Tampoco ayuda la larga ristra de cataclismos que se suponen azotarán al planeta que abruman a los jóvenes. Si queremos ser felices, veamos el vaso medio lleno, porque es inteligente, sano y cierto. Como diría el replicante Roy Batty: “Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”.