Vivir en el vacío

Sergio Arribas
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Valentín, Marisol, Elisa y Juan. Sobreviven en algunos de los pueblos más despoblados de la provincia, amenazados por la desaparición, sin colegios o tiendas, con apenas un bar-social, y donde un médico o enfermera puede pasar consulta una vez al mes

La autovía del Norte o A-1, que permite llegar desde Madrid a Irún, pasando por Burgos, es una de las vías de comunicaciones más transitadas del país. La vía atraviesa el nordeste de Segovia. Uno de los carteles avisa a los conductores de la presencia de una gasolinera, coincidente con el desvío a Encinas, uno de los pequeños pueblos de la comarca. La inmensa mayoría utiliza la salida solo para repostar combustible y regresar de inmediato a la autovía. De la gasolinera al pueblo apenas distan dos kilómetros. Se trata de una carretera estrecha, sin arcén, donde apenas cabe un vehículo. Una ambulancia nos obliga a parar ‘en las tierras’ para permitir su paso.

Encinas tiene hoy 43 vecinos censados, con apenas 2,4 habitantes por kilómetro cuadrado, muy lejos de los 361 que tuvo al arrancar el siglo XX. Tristes testimonios de su declive son dos palomares en ruinas, visibles desde la carretera, junto a unas tierras de labor; el pequeño cementerio situado a la entrada, donde se encuentra también un lavadero, en piedra, donde hace décadas dejó de llegar agua.
Es una mañana soleada. Pero en Encinas —a 83,3 kilómetros de Segovia y a 43,6 de Aranda— no hay un alma. Al rato, asoma de un portalón un hombre, con mono y gorra azul, que nos invita a entrar en su cochera. Un pequeño tractor acredita el oficio de Valentín Sanz, de 79 años, agricultor y ganadero, ya jubilado.

Está soltero y vive solo, aunque, según comenta, tiene una hermana en Honrubia y otros hermanos en Madrid. Nunca abandonó su pueblo, por donde hoy pasa el médico una vez a la semana y dos veces al mes una enfermera. El panadero lo hace cada tres días. Hay un bar-social, aunque no abre todos los días. No hay ultramarinos. Quien puede coger un coche —y no son muchos, por la edad— se desplaza para hacer la compra en Aranda, Boceguillas o Sepúlveda. Valentín no cayó en la tentación de emigrar, como lo hicieron sus amigos de juventud, también ‘botoneros’ —gentilicio de Encinas— a partir de mediados de los 50 y en décadas posteriores. «Aquí quedamos muy pocos», lamenta Valentín, que augura que Encinas correrá la misma suerte que Covachuelas, pedanía del cercano núcleo de Aldeonte, «que yo conocí poblada y ahora no hay nadie», dice.

Valentín no se aburre en Encinas, aunque «sales a la calle y no hay un alma. O vas por un camino, te tiras toda la tarde andando y no te encuentras con nadie», explica el agricultor, a quien no le da miedo la soledad ni la imposibilidad, en múltiples ocasiones, de hablar con otras personas. «En Madrid, con toda la gente que hay, tampoco puedes hablar con nadie», bromea Valentín, que presume de la belleza de la iglesia del pueblo, en lo alto de una pequeña colina, donde cada domingo se reúnen en la misa «ocho o diez» vecinos, todos de avanzada edad. El declive de Encinas  se refleja en viejas casas cerradas a cal y canto, mientras algunas se muestran derruidas hasta sus cimientos.

Encinas es uno de los 79 núcleos de la comarca del nordeste, donde viven menos de 50 habitantes. A 13 kilómetros por carretera del pueblo de Valentín está Bercimuel, con 25 vecinos censados, el segundo menos poblado de Segovia, tras Pajarejos (12 habitantes), aunque su alcalde, Juan Sanz Águeda (PSOE), aclara que en verano la población se multiplica por diez. Es entonces, en las fiestas de agosto, cuando tiene lugar el campeonato de lanzamiento de boina, juego tradicional de pastores y adoptado en la localidad. 

Capital de uno de los ‘ochavos’ de Villa y Tierra de Sepúlveda, Bercimuel no es hoy ni la sombra de lo que fue en los 60, cuando llegó a tener 362 vecinos. El pueblo tenía sastrería, una fragua, dos panaderías, cinco bares, tres tiendas de ultramarinos y dos salones de baile, enumera el alcalde, que lamenta como Bercimuel, cuando la mecanización llegó al campo, no evolucionó hacía otros desarrollos y sus habitantes sucumbieron al fenómeno de la emigración.

Con 72 años, Sanz, que cumple ocho años con el bastón de mando, vive ‘a caballo’ entre Madrid y Bercimuel. «Muchos días en invierno no te encuentras a nadie por la calle», explica el regidor, que aclara, no obstante, que el centro de reunión, al mediodía y por la tarde, es el bar, aunque no abre todos los días. Desde el Ayuntamiento, asegura, se procura dar todo tipo de facilidades «al que quiera emprender o incluso para rehabilitar las casas»; señalando que «ójala algún estudio o estrategia encuentre la fórmula para repoblar estos pueblos» que, como el suyo, «en un corto espacio de tiempo» puede quedar despoblado.

Pegado a la autovía del Norte está Fresno de la Fuente, nombre que alude a la fuente de origen romano de la localidad y de la que presumen sus vecinos, 71 según el último padrón, lo que sitúa su densidad demográfica en 4,2 habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, no son más de 45 las almas que viven a diario en ‘Fresnillo’ —como también se le conoce, para diferenciarlo del cercano Fresno de Cantespino—, según explica Marisol Montes. La mujer, de 57 años, regenta el único bar del pueblo, aunque «solo lo abro los fines de semana» ante la falta de clientela. La mayoría de los vecinos son jubilados. «Entre los 85 y 95 años hay cuatro matrimonios», desvela Marisol, que ciñe la población infantil «en cinco o seis niños» que estudian en Boceguillas. 

Con 14 años Marisol salió del pueblo para estudiar y después a Madrid, a trabajar. Le surgió una oportunidad de trabajo en Aranda y regresó a Fresno, donde vive con su madre desde hace 14 años. Nada que ver con el pueblo que conoció, cuando residían más de 300 personas, muchas dedicadas a las labores agrícolas y ganaderas. La cercanía a la autovía tampoco ha servido para revitalizar la localidad.

El club Tahití, al borde de la autovía, en ruinas y abandonado, evidencia el declive. Ya en el pueblo, el ‘boom’ inmobiliario levantó un moderno bloque de pisos, aunque, según comentan los vecinos, parte de las viviendas están vacías. Quien para en Fresnillo lo hace «de paso», aunque alguno lo hace para conocer la impresionante fuente y la hermosa iglesia románica de San Miguel Arcángel, que se levanta sobre un cerro. «¿Futuro? Mal. Aquí la vida son paseos y poco más. Antes las mujeres se reunían en la plaza, pero ya la gente mayor no puede ni salir de sus casas», opina la mujer.

«Quizá me marche». En Fresno está hoy también la enfermera Paz Gómez, con plaza en el centro de salud de Boceguillas, aunque todas las semanas pasa consulta en diferentes pueblos del nordeste. A Fresnillo y Grajera acude una vez por semana, a Encinas cada quince días y a Bercimuel y Pajarejos, un día al mes. La mayoría de sus pacientes son personas mayores, muchos con problemas crónicos de salud. Gómez vive en Sepúlveda desde hace 12 años y, según resalta, «la despoblación en esta zona va a velocidad supersónica». Confiesa que está pensando también en marcharse.

«Vine con mis padres a Sepúlveda hace más de 30 años. En el colegio eramos, de mi misma edad, casi treinta, repartidos en dos clases. Ahora, en la clase de mi hijo son 11, tres de Sepúlveda. Esto dificulta hacer relaciones sociales y yo, como madre, pienso en el futuro de mi hijo», explica Paz. «Ahora se habla de repoblar estos núcleos, pero es muy díficil», asegura.

En Carabias trabaja Elisa Morais, de 52 años y origen portugués, de Braganza, aunque lleva 33 años en España, primero en Fresno de la Fuente y desde hace unos meses en Boceguillas. A través de una concesión, Morais regenta el bar-social de Carabias, que se ubica en el mismo edificio que alberga el consultorio y el Ayuntamiento de Carabias; denominación adoptada hace tan solo un par de años. 

Pradales, Ciruelos y Carabias son tres minúsculas localidades, separadas entre sí por menos de cinco kilómetros, que se han agrupado durante décadas bajo el Ayuntamiento de Pradales, aunque a finales de 2016, la corporación decidió cambiar su denominación. El consistorio de Pradales pasó a ser de Carabias, en tanto que el primer núcleo quedó despoblado, sin ningún vecino censado, sin que nadie lo habitara en los meses más fríos del invierno. El INE atribuye a Carabias 49 habitantes (1,82 por kilómetro cuadrado), aunque Morais reduce la estadística. «Aquí, todo el año, son tres casas abiertas. Yo aquí, la gasolinera y el restaurante de abajo», afirma la mujer, separada, que suma seis años al frente del bar, y tiene sus dos hijos viviendo en Fresnillo. 
Carabias está a 25 kilómetros de Aranda de Duero, a 30 kilómetros de Sepúlveda y a 91 kilómetros de Segovia. «Voy teniendo clientes, pero porque mucha gente —dice— sabe que abro a las ocho de la mañana y quienes trabajan en la zona paran a tomar café; también algunos que vienen por la autovía y paran a echar gasolina». En agosto, la clientela aumenta, veraneantes que gustan de sentarse en la terraza «a la fresca».

«Estos pueblos tan pequeños terminarán desapareciendo. Es una pena», afirma la mujer, que ha rechazado la invitación de una hermana suya, que vive en Vitoria. «Me dice —desvela— que me marche para allá, que hay trabajo. Pero ya me he acostumbrado, mi vida está aquí. Y donde soy feliz es al lado de mis hijos».

Valentín Sanz, vecino de Encinas, con 43 vecinos censados. Rosa Blanco
Valentín Sanz, vecino de Encinas, con 43 vecinos censados. - Foto: Rosa Blanco
Elisa Morais trabaja en Carabias. Rosa Blanco
Elisa Morais trabaja en Carabias. - Foto: Rosa Blanco
Pajareros, el pueblo más despoblado, con 12 vecinos censados. Rosa Blanco
Pajareros, el pueblo más despoblado, con 12 vecinos censados. - Foto: Rosa Blanco
Paz Gómez, enfermera que pasa consulta en pueblos del nordeste de la provincia. Rosa Blanco
Paz Gómez, enfermera que pasa consulta en pueblos del nordeste de la provincia. - Foto: Rosa Blanco
Marisol Montes vive desde hace 14 años en Fresno de la Fuente. Rosa Blanco
Marisol Montes vive desde hace 14 años en Fresno de la Fuente. - Foto: Rosa Blanco
Juan Sanz Águeda, alcalde de Bercimuel, con 25 habitantes. D.S.
Juan Sanz Águeda, alcalde de Bercimuel, con 25 habitantes. - Foto: D.S.