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Matandrino sale a la venta

Sergio Arribas
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Situado a tres kilómetros de Prádena llegó a tener 9 casas y hasta 45 vecinos. Benito Matesanz, constructor jubilado, vende el 75% de este pueblo, en ruinas y deshabitado desde principios de los años 60.

Matandrino sale a la venta

«Las raíces te tiran», reflexiona Julián González, mientras pisa un terreno inundado de hierbajos y grandes piedras, que se presumen como los restos de los cimientos de una vieja construcción. «Siempre te asaltan los recuerdos de las familias que no están y lo vivido te hace mover el corazón», añade el hombre, que nació y vivió en Matandrino, el  ‘barrio’ de la localidad de Prádena —pueblo dirían la mayoría— que permanece deshabitado y en galopante ruina desde hace 60 años y que ahora está a la venta, concretamente, en el 75% de su superficie.

Junto a Julián está Benito Matesanz, el vendedor, vecino de Prádena, que escucha atento los recuerdos del primero. «Aquí detrás estaba la casa de mi hermano Hipólito, que vivía con su esposa Isabel y la abuela y donde empezó a tener los hijos. En esta casa muchos días comíamos las patatas revolconas», recuerda Julián, que no puede evitar un resoplo de emoción. Sigue usando la palabra ‘casa’ para referirse a un escombro pedregoso en mitad del campo pero que, en realidad, son los restos de una construcción que encierran muchos recuerdos de su infancia y juventud.

Faustino Calderón, en su blog ‘pueblos deshabitados’, explica que Matandrino es un barrio perteneciente al pueblo de Prádena, situado en un terreno llano en una vega que forma el arroyo Matajudios. «Llegó a tener 9 casas y unos 45 vecinos», que vivían de la agricultura y la ganadería, recuerda Julián.

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De las conversaciones con algunos antiguos vecinos, recogidas en este blog, Calderón explica el porqué Matandrino quedó sin vecinos. Todo fue por la falta de luz eléctrica y de agua —que debía seguir tomándose de la fuente— unido a los malos accesos al pueblo y la cercanía de Práden, desde donde podían seguir viviendo a trabajar las tierras. Los niños iban a la escuela a Prádena y el médico también allí les recibía, salvo que fuera un caso grave. En pocos años, a finales de los 50 y principios de los 60, el pueblo quedó vacío. La última vecina de Matandrino fue Gregoria, que se marchó a vivir a Prádena en 1963.

Benito Matesanz nunca vivió en Matandrino, aunque sí lo conocía desde chico, pues sus abuelos eran de Prádena, donde hoy conserva una vivienda. Primero fue ebanista para dedicarse después a la compra y venta de viviendas. Por último, enfocó su vida profesional al construcción y la promoción inmobiliaria hasta que se jubiló, el año pasado, con 75 años, justo antes de la pandemia. 

Herencia comprada. Hace un mes puso un anuncio en la web ‘Mil anuncios’ donde oferta la venta de medio pueblo. «Tengo como doce casas y más o menos el 75% del pueblo», comenta Benito, mientras precisa que el resto pertenece a varios propietarios. «De lo que no es mío, tres o cuatro casas son de una asociación que quiso montar una especie de granja escuela para desintoxicar a jóvenes de las drogas pero que fracasó. Y el resto son de varias personas», precisa el antiguo constructor.

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Benito se hizo con una docena de casas en ruinas y buena parte de las tierras de Matandrino al comprar la herencia «de la señora Dora, de Casla, que estaba casada con el señor Blas», precisa. Salió a la venta y lo adquirió en 2005  en el propósito de realizar una urbanización de 30 chalés, además de un hotel rural enfocado al turismo de congresos, además de una pequeña plaza de toros como tentadero y una ermita. Pero la crisis del ladrillo de 2008 arruinó el proyecto.

«Tenía en ese momento dinero, me gustó y lo hice con ilusión. Pero ya estoy jubilado y creo que lo mejor ya es venderlo. Han venido personas a verlo y han querido alquilar o comprar casa a casa, pero para mí eso no es rentable», afirma Benito, que ya ha contratado la inserción del anuncio de venta en una web especializada en la venta de aldeas abandonadas. ¿Por cuánto vende Matandrino? Benito es reacio a concretar una cantidad, aunque finalmente desvela que pide 100.000 euros, aunque se trata, según aclara, de una cantidad negociable.

Matandrino sigue «vivo» gracias a quienes vivieron en este pueblo-barrio y sus descen dientes. En 2016 recuperaron la celebración de la fiesta de Cruz de Mayo y recuperaron la romería que se celebró en Matandrino durante décadas. Julián , Faustino, Susana... fueron algunos de los impulsores de esta iniciativa, que en 2019, el último año que pudo celebrarse, reunió a casi 300 personas en la ‘caldereta’. Ellos se han preocupado de la limpieza de la fuente de piedra, de la construcción de un altar y de la incorporación de una nueva cruz de piedra, adquirida en Sepúlveda, en sustitución de la vieja de madera que Julián vio colocar, según recuerda, cuando era pequeño. Todo sea para que Matandrino no caiga en el olvido, se venda o no.

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Cuando los niños correteaban por el pueblo. En la mente de Julián González se amontonan los recuerdos cuando recorre los restos de Matandrino. Al observar lo que queda de la casa de su hermano Hipólito recuerda aquellas reuniones familiares en las que se comían las patatas revolconas o de cómo se distribuía la casona, con el corral, los animales y el pajar en su parte trasera. Hoy apenas quedan cuatro piedras que permiten intuir lo que fueron los muros y cimientos. Poco después recuerda a sus vecinos «de al lado», a Juan Bermejo, primo de su padre, que tenía 8 hijos; una familia numerosa como también la que vivía un poco más adelante, con otros «6 ó 7 niños» y de la que no recuerda su nombre. «Había una cantidad de críos tremenda», afirma Julián, que se detiene en una de las dos casas mejor conservadas de Matandrinos. Era la del ‘tío Quinto’ y su mujer Inocencia. «Era un tipo justo y cabal, el más mayor del barrio, al que todo el mundo respetaba», comenta Julián, no sin antes recordar su etapa adolescente y de cómo los chavales siempre estaban pendientes de las mozas que iban con el cántaro a la fuente. «Y si uno se rompía, pues ya se abrían multitud de comentarios», recuerda el hombre con una sonrisa. 

 

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