LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Epidemia

Son casi las tres de la mañana. María busca el mando para apagar el televisor. Se estaba quedando adormilada en el sofá, pero la angustia y el vacío que siente en su habitación le empujan cada noche a retrasar ese momento. Desde que enviudó, hace ya cuatro años, su vida ha cambiado de forma radical. No sólo perdió a su compañero de viaje, sino también su seña de identidad, la alegría, que cada día se marchita más por la angustiosa soledad.
Otra noche en vela. Vueltas y más vueltas en una cama que se ha transformado en una especie de ataúd y en la que lleva mucho tiempo sin poder conciliar el sueño. La luz de la mañana entra por los huecos de la persiana y María se levanta con desgana. La misma rutina de siempre: desayuno, limpieza, cuidar de sus plantas y vuelta a ese viejo sofá para olvidarse de todo tras encender la caja tonta. A su lado, una mesilla pequeña sobre la que hay un teléfono antiguo, casi pieza de museo. Ella espera una llamada que, sin embargo, nunca llega.
Hoy tampoco saldrá de casa. ¿Para qué? Aprovechará la comida del día anterior. Antes, iba a la compra con su vecina del tercero, pero hace meses su familia decidió internarla en una residencia y desde entonces no ha vuelto a saber de ella. María, a sus 79 años, se resiste a abandonar su hogar, pese a que sus hijos, que viven fuera, le animan a dar el paso. No quiere oír la palabra geriátrico, aunque su vida se ha convertido en un pozo cada vez más profundo.
Telenovelas, siesta, un poco de ganchillo y algún que otro solitario, cuando los recuerdos no se apoderan de su voluntad. Las tardes se suceden sin que el teléfono suene, hasta que un día su corazón dice basta sin previo aviso. Pasan semanas hasta que el olor que sale al descansillo y alerta a unos vecinos que deciden llamar a la Policía. Nadie ha echado en falta a María, ni siquiera sus hijos que no dieron importancia a que no respondiera a sus llamadas. Tampoco fueron tantas... 
Es evidente que el drama y las consecuencias de la soledad están aumentado de manera preocupante. Los datos de la última Encuesta elaborada por el INE desvelan que en España hay cerca de cinco millones de hogares unipersonales, o lo que es lo mismo, uno de cada cuatro domicilios sólo cuenta con un inquilino. La tendencia, derivada de una pirámide poblacional marcadamente envejecida, es que esta cifra vaya repuntando en los próximos años, con un claro incremento de personas mayores residiendo solas. Y es que el 75 por ciento de los ancianos viven sin compañía y 200.000 de ellos pueden pasarse semanas, incluso meses, sin mantener una conversación con alguien y, lo que se antoja todavía más inquietante, sin ningún tipo de interacción social.
Países como Dinamarca y Reino Unido, donde este problema ha hecho saltar todas las alarmas, ya han impulsado programas nacionales para concienciar a la sociedad sobre los peligros que se derivan de la denominada soledad crónica, con el objetivo de fomentar un mejor conocimiento de las consecuencias que acarrea y poner en marcha las actuaciones necesarias para paliar sus efectos devastadores.
España está todavía lejos de los índices que marcan ambos países, pero este fenómeno ha comenzado a reflejarse con más notoriedad en el mundo rural, donde la despoblación está castigando desde hace décadas a estas zonas que constituyen más de la mitad del territorio nacional y cuya población, además de envejecer, se queda cada día más aislada. Las iniciativas de carácter preventivo, con un sistema de dependencia mucho más ágil, el fomento de las relaciones sociales y el encuentro entre personas, con el acompañamiento que hacen los voluntarios, así como el impulso de servicios que garanticen el bienestar social de este colectivo pueden ir marcando el camino y anticiparse a los problemas que va a deparar el futuro más inmediato. 
Susana lleva horas trasteando con el móvil. Pasa de Facebook a Instagram, dando likes y observando los estados de sus amigos virtuales. A sus 35 años, apenas sale de casa. Pese a ser Licenciada, no encuentra trabajo y está a punto de caer en una depresión. Se siente sola, aunque esté acompañada. Su frustración es absoluta.
Este problema invisible, que está adquiriendo tintes de epidemia social, no sabe de edades. Afecta mayoritariamente a las personas mayores, pero el binomio jóvenes-soledad comienza a ser llamativo. Las redes sociales han cambiado la forma de relacionarse, aunque no pueden competir con el contacto humano mientras la soledad no se detiene: avanza y mata.