TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


El caso del Padre Ángel, por ejemplo

08/05/2020

Se me ocurrió publicar un tuit manifestando mi apoyo al Padre Ángel García, el presidente de Mensajeros de la Paz, y no tienen ustedes idea de la que se armó. Pocas personas en España suscitan mayor entusiasmo por su labor, pero cuenta también con sus detractores, claro: algunos le acusan de ser 'la Iglesia de la izquierda', y otros de moverse en ambientes de políticos, periodistas y empresarios "que no deben ser los que frecuente un sacerdote", me escribía alguien, enfurecido por mi respaldo al mediático cura en unos momentos de tribulación personal para él. Como si hubiese Iglesia de izquierda y de derecha. Como si un religioso tuviese que confinarse -aún más- en su parroquia y punto.

Me parece el del Padre Ángel un buen ejemplo que traer a este comentario; un buen resumen de lo que nos está afectando en nuestras almas este horror por el que pasamos.

Resulta que al Padre se le ocurrió la idea de enviar una carta a trescientas personas implicadas en la recuperación de España: sanitarios, voluntarios, fuerzas de Seguridad... y políticos. A todos los líderes políticos, sí, de derecha y de izquierda, porque ellos también, "con tu trabajo y esfuerzo, y el de tu equipo, ayudáis a conseguir que un mundo mejor sea posible". La carta, que pretendía ser un acicate para la unidad de acción de la llamada clase política, la filtró, solo él, quién si no, el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, como si fuese un apoyo dedicado exclusivamente a él. Y se armó el lío, que hubiese dicho el olvidado Mariano Rajoy. A la gente no le gustó este respaldo, que no era tal en realidad, al vicepresidente del Gobierno más, ejem, atípico que un Ejecutivo haya tenido jamás.

Si usted me pregunta, le diría que yo, claro, no hubiese enviado esa carta. Mi opinión sobre la actuación de los políticos durante esta pandemia no coincide precisamente con la impresión de que estén ayudando a conseguir un mundo mejor. Reconozco, eso sí, que todos ellos están dando mucho de sí estos días. Pero luego, viendo algunas puñaladas traperas por la espalda, patadas en las espinillas y más arriba, siempre en la oscuridad, o contemplando con horror la pugna en la Comunidad de Madrid, tan nefasta para la lucha contra el maldito coronavirus, me reafirmo: la actitud y actuación de la casi generalidad de nuestros representantes dista de ser modélica, además de ser bastante ineficaz hasta ahora.

Pero entiendo la buena intención que motivó a este sacerdote, que tanto hace por los demás, a enviar la malhadada 'carta de los trescientos'. Es un hombre que consume, a sus 84 años, su vida al servicio de los más necesitados y emplea para ello todos los métodos a su alcance. Un día me llamó para pedirme que le llevase la comunicación. Acepté encantado, pero no pudo ser porque su dedicación al trabajo es tan exhaustiva, ocupa tantas horas de su día, que yo no hubiese podido atenderle como merecía. Me queda, sí, la admiración hacia él. Y un gran cariño por su obra.

Y si hoy traigo aquí este caso es porque refleja el clima de bulos, de manipulaciones, de odios (y de censuras) que impera ahora sobre ese vehículo de comunicación tan maravilloso que son las redes sociales. A mí mismo, y a un estupendo colega, nos achacaron haber divulgado no se qué referente a la vida privada precisamente de Pablo Iglesias, cuando ni mi compañero ni yo, que desconocíamos todo sobre lo que nos atribuían haber divulgado, habíamos dicho ni una palabra sobre aquel tema, que, además, me enteré luego, es falso. Una falsía más. Ya se sabe que en las guerras (y una pandemia lo es) la primera víctima es la verdad. La segunda, la libertad de expresión. La tercera, el Derecho y el sentido de la justicia. Y la cuarta, el sentido común. Al padre Ángel le ha tocado ahora padecer sobre sus espaldas todos estos males. A él y a su obra, claro.