TRIGO LIMPIO

Luis Miguel de Dios

Escritor y periodista


«Na» de «na»

Por mucho que se quiera poner árnica en las heridas, la Cumbre del Clima de Madrid ha sido un fracaso. Incluso, un fracaso con retraso ya que se cerró dos días después de lo previsto a la espera de que, en esa prórroga, llegasen los anhelados acuerdos. Pero ni por esas, oiga. Y uno, oídas impresiones, declaraciones, posturas y demás, tiene la impresión de que no habría habido consenso ni prolongando la reunión hasta que las ranas críen pelo. La verdad es que se vio venir pronto porque los mayores negacionistas del cambio climático son los países más poderosos de la tierra (Estados Unidos, China y Rusia) y los que aspiran a serlo vía crecimiento económico (India y Brasil) aunque contaminen lo que no está escrito, o sea, más o menos como los tres anteriores. Ninguno se ha apeado del burro que dejaron aparcado el día de la inauguración de la flamante COP25. Y así nos hemos pasado más de dos semanas entre informes científicos que hablaba del terrible peligro de un mayor calentamiento global, palabras que advertían de los mismo y pedían actuaciones urgentes y manifestaciones, encierros y acciones reivindicativas que acabaron siendo meros gestos. ¡Como para que Trump, los rusos o los chinos cambien de opinión por unas pancartas y una rueda de prensa de Greta Thunberg! Y allí seguían los 30.000 asistentes dándole vueltas y más vueltas a lo mismo pero sin hallar una salida mínimamente decente. ¡Y todavía hay quien dice que pudo haber sido peor! Quien no se consuela es porque no quiere. Ahora todas las esperanzas (o lo que sea) están depositadas en la cumbre del próximo año en Glasgow. Entonces, sí, dicen los optimistas. Entonces, ya veremos, opinan los escépticos. De los pesimistas, mejor no hablar. Su postura es clara: después del «na» de «na» de Madrid, ¿qué puede depararnos otra cita si los grandes continúan en sus trece? En esas fechas, tendrían que haberse desarrollado el protocolo de Kioto y los acuerdos de París, pero vistos los precedentes madrileños... En fin, recurramos al clásico: parieron los montes y parieron un ratón. Mejor dicho, un ratoncito.