DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


La inoperancia pasa factura

28/04/2020

Llama poderosamente la atención que, ante la dramática crisis sanitaria que se ha llevado ya por delante a miles de españoles, los gobernantes continúen con sus cuitas partidistas y las deleznables comparaciones entre administraciones. ¿Cuándo van a darse cuenta de que la pandemia no entiende de ideologías, fronteras o razas? ¿O cuándo van a enterarse de que lo que quita verdaderamente el sueño a los ciudadanos no es si un político concreto u otro lo está haciendo bien o mal, sino la protección de la salud y la aprobación de acuerdos factibles que impidan la ruina económica y social? Nadie en su sano juicio, digo yo, pensará que un gobernante haya actuado ante este escenario apocalíptico de forma miserable y cicatera, pero ya hay demasiados muertos en nuestras conciencias como para que todavía no hayan antepuesto el sentido común a otras consideraciones cortoplacistas. Y ese sentido no es otro que el leal y urgente compromiso de colaboración para sacar adelante un país que se enfrenta a su principal desafío en muchas décadas.

Sobran las medias tintas y los comportamientos melifluos cuando está en juego la vida de la gente. Como también sobra la propaganda medida (que no meditada) que vemos casi a diario. Quizá, ante tanto horror, la mejor actitud sea la humildad, la petición de disculpas y el trabajo riguroso. No queda otra, señores. Dejen de perseverar en el error y actúen de una vez como un país unido ante el maldito virus. Es inaudito que en la España que dicen muchos defender no se dé voz y voto a las comunidades autónomas, las que en realidad tienen las competencias en materia sanitaria. Al igual que es inverosímil que las escasas reuniones de Pedro Sánchez con la oposición o las que celebra los domingos con los presidentes autonómicos a la hora del vermú concluyan con la general sensación de fracaso, por no decir cosas más ásperas.

La inoperancia, en estos duros tiempos, debe pasar factura sí o sí a quienes no vean más allá de sus propias narices. Por desgracia, son varios los que parecen querer ponerse la mascarilla en los ojos en lugar de taparse la boca.