La espera continúa

M.R.Y. (SPC)
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El Brexit, que debería haberse hecho efectivo en marzo, sigue en el aire tras la nueva prórroga de la UE hasta el 31 de enero de 2020 y la convocatoria de elecciones adelantadas en suelo británico

La espera continúa - Foto: Toby Melville

El Reino Unido vive en un bucle desde hace más de tres años. La ajustada victoria del sí a la retirada británica de la Unión Europea en el referéndum de junio de 2016 sigue sin materializarse y, a pesar de que el primer ministro, Boris Johnson, había prometido que la ruptura sería una realidad con la llegada de noviembre, todo continúa igual: el país permanece en la UE y el Brexit es todavía una incógnita.
El divorcio, previsto inicialmente para el 29 de marzo de 2019 -dos años después de que se activase el Artículo 50 del Tratado de Lisboa-, ha sufrido dos prórrogas y todavía tardará en llevarse a cabo -si es que llega a llevarse a cabo- al menos tres meses más. Los Veintisiete acordaron dar otro plazo máximo para realizar la retirada hasta el próximo 31 de enero. Y, aunque el propio presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, avisó de que esta será «la última oportunidad», todo sigue en el aire.
Más todavía ahora que la nación se encamina hacia unas nuevas elecciones, adelantadas dos años y medio, para tratar de consolidar una postura definitiva, unos comicios que algunos plantean como una segunda vuelta del plebiscito de 2016, aunque, como todo lo que sucede en los últimos años en el Reino Unido, todo está en el aire.
La incertidumbre sobre el futuro del país y de la propia UE se remonta a 2013. El entonces primer ministro, el conservador David Cameron, prometió llevar a cabo el controvertido referéndum si resultaba vencedor en las generales. En 2015, Cameron se impuso en las urnas, y lo hizo con una mayoría con la que hasta entonces no contaba. Y lo que parecía un imposible, se tuvo que convertir en realidad un año después, con la convocatoria de la consulta sobre la permanencia, el triunfo del sí al Brexit y la consecuente dimisión del premier.
Apartir de ahí, todo han sido palos de ciego en un país completamente polarizado como consecuencia del respaldo al divorcio. Con una nueva jefa del Ejecutivo, Theresa May, que hizo campaña en contra de la ruptura, pero que tuvo que hacer suyo el resultado del referéndum -fue contundente en su primer discurso, con su «Brexit significa Brexit»- y que finalmente fue fagocitada por su infructuoso empeño.
Johnson llegó a Downing Street mucho más firme que su predecesora, dejando claro que no le temblaría el pulso a la hora de concretar la retirada, ya fuera con acuerdo o sin él. La fecha parecía inamovible -«el 31 de octubre, sí o sí»- y la posibilidad de llegar a un nuevo pacto con la UE se antojaba una quimera. Finalmente, sucedió lo contrario: consiguió cerrar un nuevo documento con Bruselas, pero se ha visto obligado a prolongar los plazos para que la ruptura pueda llevarse adelante.
Ahora, nuevamente, se mantiene la incógnita. La pelota vuelve a estar en el tejado de la Cámara de los Comunes -que, pese a aprobar el nuevo acuerdo, no lo implementó-, pero son los británicos los que deben decidir sobre su futuro más inmediato. Y el de una UE que sigue esperando.
Desde Bruselas avisan: un Brexit duro continúa siendo posible. Pero también contemplan la posibilidad de que una victoria laborista -descartada en las encuestas- pueda hacer repetir el referéndum sobre la permanencia. Pero ahí surge una nueva pregunta: ¿vale más el resultado de una segunda consulta que el de la primera? A eso se aferran los conservadores, que tratan de unir sus filas -han sido notables las bajas en el partido tras la llegada de Johnson-.
Y, mientras los británicos tratan de resolver el puzle que ellos mismos han desordenado, el resto de Estados comunitarios contiene la respiración. No quieren que se materialice la salida de su primer  socio. Y mucho menos de la envergadura del Reino Unido. Pero, otra vez, es cuestión de tiempo. Y toca esperar.