En la estela de la medicina humanista

Teresa Sanz
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Isabel Zamarrón, médica y cooperante segoviana, protagoniza la sección de esta semana de 'Personajes a la última'

Isabel Zamarrón. - Foto: Rosa Blanco

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Personajes a la última

Un apellido puede ser el más breve de los relatos de la historia. Mantiene una narración y una aventura que nunca se agota del todo. Isabel Zamarrón lleva un apellido de saga médica, asociado a galenos de vocación. Hija de médico rural (Julio Zamarrón), nieta de médico (y presidente de la Diputación), sobrina de médico (el diputado más longevo del Congreso) tiene ahora 31 años. Rotunda en su inusual delicadeza, parece aún más joven.
Empezó a practicar solidaridad  cuando algunos jóvenes aún empalman el juernes con el lunes. En Bachillerato colaboró de voluntaria en campamentos de Cruz Roja y recién terminado primero de carrera se probó claramente para el oficio. Hay idealistas que pasan precoces a la acción de las cosas que importan. Así fue como alcanzó su sitio en misiones humanitarias, cuando aún el Mediterráneo no resultaba tan «molesto» para la Europa que se llama civilizada.
Aquella muchacha, que optó por la medicina de Familia porque no existe especialidad para los médicos de Urgencia, siguió acrecentando el ejemplo vocacional de un  mismo apellido. Cuenta Isabel, con realismo aderezado de sentido del humor, que un día se sentó a estudiar y se levantó seis años después. Nadie le dijo nunca qué tenía que estudiar. No le gustaban las matemáticas, pero «entre 3º y 4º de la ESO» optó por Medicina y aclararse fue un acicate para elevar la nota en el IES Mariano Quintanilla y entrar en la universidad autónoma.
Acumula en su treintena toda la valentía de quien sabe salirse de los cauces de la comodidad, incluso del término que alude a su generación; de perdida, nada. Vive en Segovia y trabaja en Madrid. Hasta aquí lo corriente entre los jóvenes que no encuentran en su lugar de residencia su modo de trabajo. Halló su contratación laboral en el servicio de Urgencias del Hospital 12 de Octubre. Supo darle la vuelta a la inestabilidad que acecha a muchos médicos eventuales que firman contratos laborales cada poco tiempo. Se hizo alquimista de su propio calendario: suma guardias, dobla turnos y así logra semanas seguidas para poder marcharse a seguir actuando como médica en misiones de cooperación.
Forma parte del colectivo de personas que ayudan a personas. Hay quien no concibe jugársela por una cuestión de justicia. Ella sí. Es su manera de hacer que el mundo sea algo más humano. «No es mucho pedir», dice. Y falta nos hace. Arriesga, prueba y acierta. Actúa sobre la vida real. Tal cual. Tiene talento bien acuñado y un lema clarividente: «Somos lo que hacemos, no lo que decimos».
Habla justa, administrando palabras  sin querer dar importancia al hecho de apurar una de esas vidas de vértigo. Hasta sus silencios anuncian el credo social que practica. Su medicina no hace distinciones entre un primer mundo y otro tercero. Lo suyo  es la toma de conciencia. Incluso la toma de tierra o de mar. «No es mi medio», dice en referencia al mar y sus últimas misiones a bordo del Open Arms, alimentada por las biodraminas que contrarrestan el mareo. «Los marineros también se marean porque salimos cuando el mar no está en buenas condiciones». Importa el salvamento. Lo demás es anecdótico».
Empezó su propia senda con niños de un campamento-orfanato en Senegal. Tenía 18 años. Luego, dependiendo de la disponibilidad, siguió colaborando con otras oenegés en diferentes proyectos de verano. En 2014, siendo R-2, puso casi 9.000 kilómetros de por medio y se fue a Meki, al sur de la capital etíope, (la tierra de Bob Marley), a un proyecto de atención primaria pediátrica y de mejora de salud comunitaria. No ha dejado de ir en los últimos seis años. «Es duro comprobar tanta injusticia y desigualdad de oportunidades», señala. «No se trata de hambruna. Es desnutrición por un bloqueo de recursos. El problema del hambre es tanto social como económico, climático y político». «Etiopía es lo más injusto que he vivido no porque lo sea en sí mismo sino porque es lo que más conozco». «El barco es una emergencia médica y no hay tiempo para preocuparte; urge poner solución al drama», dice. Reconoce que uno nunca acaba de prepararse para afrontar esa montaña de emociones contradictorias que generan las situaciones límite: la muerte en vivo; la vida a tiempo real; las esperanzas frustradas o no; la vida misma en su cara más extrema.
Las Urgencias de un gran hospital la entrenan para todo ello, a diario. Eligió el 12 de octubre  porque quería hacer «urgencias potentes»y «la población atendida en este gran hospital de Salud Pública ofrece muchas nacionalidades, atiende a personas de más bajos recursos y formativamente te aporta mucho más».
Etiopía anualmente; Marruecos, Perú, Ecuador, Senegal y los campamentos de retención de Tesalónica conforman ese aullido que no eleva la voz nunca pero alerta de que la vida se alimenta de muchos agravios. Llegó a Grecia para ayudar en planificación familiar y apoyar a la mujer en centros de refugiados. A través de uno de los coordinadores, que había estado con Proactiva en Lesbos, supo  que necesitaban médicos a bordo. Mandó su curriculum y desde 2015 forma parte de las misiones que llegan al rescate en el Mediterráneo. «¿Sabes lo que es realmente duro?, volver a casa, a tu zona de confort y reflexionar sobre si lo que has hecho es suficiente; pensar si estamos haciendo como sociedad lo correcto o miramos hacia otro lado. La hipocresía planea sobre la realidad de la vida».
Isabel ha sabido encontrar calma en medio del caos. Hiperventilada en acción humanitaria, sabe que la cooperación no es política arrojadiza sino necesidad. Y por ahí empieza lo bueno. Solo hay que arremangarse. Actuar. Cree firmemente en el proyecto de Open Arms. «Voy a defenderlo», dice. Después, se planteará una época más larga, con Médicos Sin fronteras.  «Me gustaría probar con una organización más grande, con protocolos más establecidos y cierta movilidad». Su forma de mirar el mundo tiene esa singular distinción: la sagacidad que adorna a aquellos que se toman en serio solo aquello que lo merece. Lo demás resulta pesadísimo.