LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Omaira

Le resulta tan impactante que no encuentra palabras para expresarse. Está pendiente de las dramáticas imágenes que se emiten por televisión. En su interior, se entremezcla el dolor y la impotencia. Se siente identificada con la protagonista. Alicia es una cría demasiado despierta a sus 10 años y Omaira, la joven colombiana que aparece en la pequeña pantalla y que se encuentra atrapada en un lodazal con el agua hasta el cuello, 13.
La tragedia se retransmite en directo. Como Alicia, miles de personas de todo el planeta permanecen enganchadas a los intentos desesperados por rescatar a Omaira Sánchez. Los reporteros graban cada gesto y cada palabra de la niña. La situación es sobrecogedora. 
El volcán lleva semanas avisando. Las cenizas anuncian que la erupción es inminente, pero las autoridades hacen caso omiso a las señales y deciden no tomar las medidas oportunas ante la amenaza. En pocos minutos, el caos. La virulenta erupción del Nevado del Rey transforma la nieve de su cumbre en un río letal de lodo y escombros que sepulta a la localidad de Armero. Los cuerpos sin vida se agolpan entre la maleza, muchos de ellos irreconocibles, conformando una siniestra morgue que parece no tener fin. Algunos supervivientes aparecen exhaustos, asustados, con una segunda capa de piel oscura provocada por el barro que les cubre el cuerpo, de la cabeza a los pies. El infierno en la tierra. 
Los equipos de rescate deambulan de un sitio a otro en busca de vida. Armero es un pueblo fantasma. La torre de la Iglesia y algunos tejados de las viviendas asoman entre el lodazal. El pueblo ha sido engullido. Una pareja está atrapada entre los restos de su propia casa. Él no puede más. Está moribundo. Ella tiene las caderas destrozadas y no se puede mover. El dolor es insoportable. Su marido, en un último esfuerzo, extiende su brazo para coger un pequeño bote de cristal. Lo rompe y, sujetando un trozo entre sus manos, pide a su mujer que le acerque las muñecas para acabar con la agonía. Sus intentos son en balde. El vidrio no penetra en la piel y el hombre fallece en el intento. Ella se aferra a la vida, hasta que unos militares consiguen liberarla.
No muy lejos de allí se escuchan golpes bajo una plancha de uralita. Hay una mano que se mueve. Dos voluntarios retiran la cochambre. Es Omaira. Con el agua hasta el cuello, trata de no ahogarse sujetándose con fuerza a una especie de viga de madera. Sus manos están totalmente arrugadas por el tiempo que su cuerpo lleva sumergido en esa trampa. A ella, la erupción la coge en su habitación, descansando, sin apenas margen para poder maniobrar.
Las imágenes estremecen. La joven, helada de frío, no para de hablar con todos los que allí se encuentran. Con un entereza impropia de su edad y de su situación, manda mensajes a su madre. Es optimista. Su fe le empuja y se muestra segura de que tarde o temprano podrá salir de allí. 
El gabinete de crisis en torno a la joven constata que la situación es realmente complicada. Bajo el cuerpo de Omaira está el cadáver de una mujer y el forjado de la vivienda aprisiona sus piernas e impide que, pese a los esfuerzos por sacarla, se produzca el milagro.
El tiempo pasa y con él se van yendo las pocas fuerzas que le quedan a la niña. El equipo de rescate no se rinde e incluso los periodistas tratan de ayudar. En un intento desesperado, pasan una vieja soga por debajo de los brazos de la cría y tiran con fuerza de su cuerpo, pero no hay manera. Sólo hay una solución: encontrar una bomba extractora que sea capaz de achicar todo el agua para poder así maniobrar con mejor visibilidad. No es posible. La máquina más próxima está en Medellín y no es factible que pueda llegar antes de que Omaira desfallezca.
Han pasado ya tres días y todo sigue igual. La joven ha estado delirando buena parte de la noche. Su situación es límite. Los expertos barajan amputar ambas piernas, pero descartan esa opción ya que los cirujanos consideran que acabaría desangrándose. Los ojos de la cría se oscurecen, su cuerpo se hincha y su corazón, cansado de latir, dice basta. 
Hoy se cumplen 34 años de la muerte de Omaira, un trágico suceso que, por primera vez, fue narrado televisivamente casi en directo. El fotógrafo francés Frank Fournier tomó la instantánea que después daría la vuelta al mundo. Consiguió el World Press Photo, pero también se abrió un debate: ¿vale todo para lograr grandes audiencias recogiendo la agonía del ser humano hasta llegar a la muerte?
Alicia es periodista. No ha podido olvidar la imagen de Omaira y cree que la cobertura de este desastre natural fue un punto de inflexión, pero que, lejos de buscar el morbo, sirvió para concienciar al mundo y denunciar la dejadez de un Gobierno, que jamás avisó a la población de lo que podía ocurrir y que tuvo en su mano evitar una tragedia que se llevó por delante más de 20.000 vidas. La joven colombiana se convirtió en un ejemplo de resiliencia y siempre será recordada por su lucha titánica por sobrevivir.