UNA COL

Aurelio Martín

Periodista


Escribir en tiempos de guerra

Un año más, Segovia se convierte en la sede del periodismo internacional a través del reconocimiento a los corresponsales o enviados especiales que, por desgracia, se están convirtiendo en una especie en extinción, con todo lo que ello significa: que no haya nadie para informar en el lugar donde se registran los hechos y los hechos se cubra a miles de kilómetros, con fuentes incluso dudosas y sin posibilidad de luchar contra las falsas noticias ni las campañas de desinformación en el campo de batalla en el que se han convertido las redes sociales.   
Este año, los finalistas que se disputan el galardón que recuerda al periodista segoviano Cirilo Rodríguez: Ana Alba, Natalia Sancha y Javier Martín operan en el norte de África y Oriente Medio, que son las peores zonas del mundo para ejercer la profesión de periodista, según el informe anual de Reporteros sin Fronteras.   
Además, en algunos casos, quien realiza este tipo de trabajo está totalmente desprotegido, no tienen seguro en coberturas en lugares de conflicto, tampoco dispone de equipo de protección –casco y chaleco antibalas– y cobra tarifas inaceptables por su trabajo. Aparte, si deben abandonar la  corresponsalía por una cuestión de salud o familiar,  pueden quedar totalmente desprotegidos: si no se trabaja no se cobra. 
La peligrosidad en la cobertura de guerra y conflictos también aumenta puesto que los periodistas son considerados objetivos en el tablero bélico y en el legal, con cada día más encarcelados  o menos países que cubrir, conforme les van deportando. No quieren testigos. Y en el caso de las mujeres,  resulta también más difícil plantearse compaginar una familia con la misión de informar. Y, por supuesto, el acoso sexual y las violaciones son riesgos suplementarios a los que se enfrentan las  periodistas durante las coberturas en zonas en conflicto o en guerra, que se suman al resto de riesgos compartidos con los compañeros hombres. 
Por sorprendente que parezca más allá de la precariedad laboral para los freelance, cada día que pasa resulta más pesada –y costosa– la burocracia de guerra. Conseguir los visados, permisos, realizar con éxito los trámites o lograr ‘fixers’ y conductores para llevar a cabo una cobertura hacen que la logística y producción pase a ocupar del 80 al 90% del tiempo de trabajo del freelance sin por ello tener garantías de éxito. Esta es la situación, ni más ni menos, en el mundo del todo gratis, porque pagar por la información no debe ser cuestión natural, cuando sin el compromiso de buenos periodistas, el lector español no estará informado con el rigor y honestidad que merecen. 
Sin medios comprometidos con la cobertura internacional, los buenos periodistas no tendrán donde visibilizar ni poner nombres y apellidos a las masacres, guerras, desastres naturales o a manos del hombre, como tampoco tendrán herramientas o medios para cumplir con su labor de denuncia social. Es preciso seguir yendo a los sitios para contarlo, pero no sólo se vive a costa del amor a la profesión y del sacrificio que conlleva desempeñarla, por muy vocacional que sea.