VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Arturo

Arturo Fernández podría haber sido el Cary Grant español. O mejor, el Laurence Olivier (seguro que a él le gustaría más por su vinculación a los escenarios). O el Henry Fonda patrio. Si hubiera que definir de una forma comprensible el significado de la palabra GALÁN en el arte de la interpretación en nuestro país desde hace siete décadas, sólo sería necesario decir su nombre para que todos lo entendieran. Pero, para que no se moleste con razón en su rincón del cielo, Arturo ha sido mucho más que tan solo un galán de las películas y de las tablas. Ha sido un actor tan suave y aterciopelado en sus papeles románticos como seco y duro en sus películas negras. Y es un actor de comedia tan grande que, de haber hecho cine en nuestro país Lubitsch, Capra, Hawks o McCarey, se habrían peleado por contratarle para sus inolvidables producciones. ¿Cómo habría encajado en el cine negro, el film noir de los 50? ¿Cómo habría sido su presencia en las comedias screwball, las de enredo y sofisticación de la alta sociedad, en los años 30? Es fácil contestarlo: como en anillo encaja a la perfección en un dedo. 
Su biografía es una auténtica aventura, y el resultado del esfuerzo y la calidad. Arturo era hijo de ferroviario, y eso según todos los miembros de familias ligadas al ferrocarril que hemos conocido, marca e imprime carácter, una forma muy especial de afrontar la vida y las dificultades. Y para más datos, era asturiano, de Gijón. Quiso ser futbolista, probó como boxeador, intentó mil y un empleos en aquella sociedad tan deprimida aunque inolvidable… hasta que Madrid llamó a su puerta y con menos de 20 años, convencido ya de que el mundo del espectáculo le iba a guiar en su futuro, se instaló en la capital.  Como empezó John Wayne, de extra en el cine, primero con una frasecita sin importancia, luego con papeles cada vez de mayor envergadura. Siempre combinó cine y teatro: como él decía, el cine le da sustento y éxito, y el teatro te convierte en un auténtico profesional y no sólo en un fenómeno comercial. Pero Arturo pasó a la historia por su filmografía, plagada de grandes títulos del cine español. En el género negro policíaco lo bordó: si hay mujeres fatales en este género, él sublimó el personaje del castigador sin escrúpulos en la que es la mejor de sus películas. «Los sentimientos son un engorro», decía su gigoló Victor en Un vaso de whisky, y buscaba en los periódicos alguna noticia que transmitiera sentimientos y no tragedias.