Un amante de la docencia y del conocimiento

Nacho Sáez
-

José María Costa Arribas, fallecido por coronavirus, viajó a donde hizo falta para cumplir su sueño de ser maestro y acabó alcanzando la enseñanza universitaria. También profundizó en la investigación sobre Segovia.

Un amante de la docencia y del conocimiento

La vocación de José María Costa Arribas (Segovia, 1935) fue la docencia y la persiguió para abrazarla allá donde hizo falta. Primero como maestro rural en Lovingos, Torrecilla del Pinar, Valtiendas y Fuentesoto, más tarde en Prisiones en Las Palmas de Gran Canaria, en León y en Soria y finalmente en su ciudad natal. En una necrológica de Giner de los Ríos, Miguel de Unamuno escribió: «Era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir». Algo así se puede decir de José María Costa Arribas, que incluso llegó a licenciarse en Filosofía y Letras, sección de Geografía e Historia.

En Segovia obtuvo una plaza de profesor en la antigua Maestría Indutrial, después fue profesor en el Instituto Politécnico de Segovia –actual Maria Moliner– y acabó alcanzando la enseñanza universitaria en el centro asociado de la UNED y como profesor asociado de la Universidad de Salamanca y de la Universidad de Valladolid, donde se jubiló. «Destinó toda su vida en cuerpo y alma a la docencia, para la que siempre tuvo una vocación especial. Dejó grandes amistades entre sus alumnos», recuerda Marco, uno de los cuatro hijos resultantes de su matrimonio con Mercedes Herranz.

Pero además fue un apasionado de la cultura segoviana, sobre la que investigó con entusiasmo. Aún se puede comprar en Internet su libro ‘La Segovia olvidada’ (Editorial Círculo Rojo), que trata de llevar de una forma aproximada al lector a un profundo conocimiento de la ciudad. Lo intentó a través de la descripción de 77 edificios total o parcialmente desaparecidos. Capillas, conventos, hospitales, ermitas, iglesias y monasterios sobre los que se documentó con humildad pero con el propósito convencido de contribuir a la difusión de la historia de Segovia. «Si lo conseguimos, seremos felices», decía.

En este 2020 iba a cumplir 85 años y gozaba de un «perfecto» estado de salud, tal y como subraya Marco. Sin embargo, el virus se lo ha llevado en pocos días y ha dejado en los suyos un vacío y sensación de impotencia por no poder tributarle la despedida que merecía. «En esta Segovia que otros conocen, viví mis quimeras y en esas vallas y piedras hubo y hay recuerdos de primavera y otoño. Seamos felices conociéndola bien», pedía hace solo unos meses en un artículo publicado por ‘El Adelantado’. Él desde luego que lo hizo. La intelectualidad segoviana ha perdido una figura muy valiosa.