UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Día de Reyes

Seguro que el Día de Reyes es una de las fechas más evocadoras a lo largo del año. La razón es bien sencilla: todo lo que nos retrotrae a nuestra infancia tiene un poder evocador muy especial, sobre todo cuando se trata de momentos felices de los que mantenemos recuerdo. Y así suele ser. Cualquier persona, más o menos entrada en años, mantiene esa memoria dulce de la expectación, la inquietud, la espera ilusionada con que se vivía aquella noche. Si tiene alrededor gente menuda, que reproduce aquellas mismas sensaciones, la vivencia será aún más intensa y más nítida, y podrá comprobar que, en las cosas más elementales, que suelen ser los sentimientos básicos, las cosas siguen siendo como siempre.
En efecto, nada ha cambiado en eso; la ilusión de un niño, feliz en su ingenuidad, sigue siendo la misma de hace un siglo, y lo será dentro de un siglo, salvo imprevistos que vaya usted a saber. Lo que cambió es lo demás. Las opciones en nuestra época eran ciertamente limitadas por muchos motivos, todos bien evidentes. Para empezar, el propio lugar donde transcurriera nuestra infancia condicionaba la elección; no había de todo en todos los sitios, ni todo llegaba a todos los sitios. No digamos la capacidad económica de las familias, que a menudo obligaba a pensar en argumentos de fácil aceptación, tal como el siguiente, muy usado: precisamente aquel juguete había sido muy solicitado y los talleres de los Reyes no habían podido producir tanto; y ni siquiera alcanzábamos a entrever la palmaria contradicción: esos Magos recorren todo el mundo en una noche, van de casa en casa, conocen a todos los niños, ¿y no han sido capaces de atender los pedidos que tienen…?; ¡pues vaya Magos¡ Supongo que el lugar y la economía siguen siendo factores condicionantes en la actualidad. Lo verdaderamente distinto es la oferta. Para bien, o para mal, ni la publicidad, ni la electrónica, formaban parte del ambiente de nuestra infancia. Creo que, para bien, aunque probablemente ya no tenga remedio. Estoy convencido de que no haber sido víctimas de esa especie de ofensiva colonizadora que es la invasión publicitaria, ni haber tenido entre las manos nada que requiriera de alta tecnología para funcionar, no nos hizo ningún mal, sino todo lo contrario. Pero no se lo digan, que no van a entenderlo. Feliz Día de Reyes.