CRÓNICA PERSONAL

Antonio Casado

Periodista especializado en información política y parlamentaria


Iglesias y los campesinos

19/02/2020

La imagen del vicepresidente del Gobierno, Iglesias Turrión, haciendo piña con los hombres del campo me deja hablando solo. No porque la causa no lo valga, sino porque descoloca al observador.

El estupor nace en la pregunta inevitable: ¿Quién está al otro lado de la barricada en las protestas de los agricultores y ganaderos que estos días se han echado a la carretera en defensa de sus castigados intereses?

No puede ser otro que el Gobierno, que tiene el poder regulador y tiene la capacidad de inducir ayudas de la Unión Europea al sector primario. Si lo uno y lo otro fallan, con evidente perjuicio para los hombres del campo, es lógico que estos presionen en la calle.

Lo que no es lógico es que un vicepresidente del Gobierno les pida que "aprieten" -como Torra pide a los incendiarios chicos del independentismo- animándolos a continuar con las protestas. Sobre todo, a sabiendas de los antecedentes de un personaje que saltó a la fama como agitador de los indignados del 15-M pero ahora ha encontrado la postura en el Consejo de Ministros junto a figuras de un PSOE antes denostado por el fundador de Podemos, aquel que un día relacionó en sede parlamentaria al partido de Felipe González con la "cal viva".

Son esos antecedentes los que este miércoles impulsaron al número dos del PP, Teodoro Egea, a engordar de forma sobrevenida su pregunta oral al vicepresidente en la sesión de control parlamentario al Gobierno ("¿Va jugar usted algún papel en la crisis del campo?") con el siguiente dardo envenenado: "Usted, señor Iglesias, ha pasado de protestar en la calle a poner en la calle a los que protestan".

Aún así, bienvenida sea la extraña postura el vicepresidente Iglesias Turrión si sirve para redimir de algún modo la precaria situación de los productores de nuestro sector agrario.

Algunos no necesitamos ser vicepresidentes del Gobierno para sostener que esos hombres y esas mujeres merecen la solidaridad de todos los españoles porque nos dan de comer, fijan la población en la llamada España vacía y juegan a favor de las causas medioambientales.

Esa solidaridad, por supuesto, incluye la que está especialmente cualificada como real palanca para que las cosas cambien. Me refiero a la del Poder Ejecutivo, una vez hecha la salvedad de que esta palanca, la oficial, debe servir realmente para que de verdad ejerza su poder regulador en la injusta infravaloración de los productos en origen, respecto a la escandalosa diferencia con los precios finales de supermercado.

Es una de sus reivindicaciones, si no la principal, de los agricultores que estos días sacan sus tractores a las carreteras para hacer visible su malestar. Protestas subidas de tono ante el temor de un tijeretazo en las ayudas europeas a la llamada Política Agraria Común (PAC).