El valido

Antonio Pérez Henares
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Hombre inteligente, avisado y persona agradable del más amable trato, Iván Redondo es el verdadero número dos del actual Gobierno

El valido - Foto: Eduardo Parra

La historia de España está llena de validos. Tuvieron un poder inmenso por su cercanía e influencia con quienes lo ostentaban. Pero la inmensa mayoría tienen también un denominador común. Casi todos acabaron muy mal. Algunos hasta perdieron la cabeza. Véase el caso de Álvaro de Luna, que pasó de mandar en todo a quedarse sin cabeza y que hubiera de hacerse colecta entre los mendigos para poder darle entierro. Ya se sabe, el humor de los ungidos es mudable. 
No le deseo yo tal cosa, ¡ni por lo más remoto!, a Iván Redondo, hombre inteligente y avisado y persona agradable del más amable trato. Tampoco ahora se llega a tanto cuando se cae en desgracia. Sale uno por la gatera y se deja algunos pelos, pero con la pelliza a salvo y una red de contactos que valen mucho más que su peso en platino. En todo caso te decapitan políticamente, pero no te tiran en carne viva a la hoguera sino solo en efigie. Y cabe, pasado el prudente plazo, resucitar y volverse a ocupar, ya indultado, en menesteres parecidos aunque sea en campos contrarios.
 De esto sabe mucho Iván. De lo de ponerse al servicio de unos y otros sin importarle colores ni principios. A lo mejor porque sabe que en realidad solo son declamaciones. A él le interesa ante todo que su señor tenga o no trazas de poder ocupar el trono, el sillón o el colchón o como se quiera llamar ahora. Redondo lo vio en García Albiol, del ala dura del PP, y logró hacerlo alcalde de Badalona. Luego fue Monago y consiguió que conquistara la Junta de Extremadura, donde el mismo ocupó cargo de Consejero. Luego se quedó a la expectativa, rechazó ofertas por el lado de las derechas, hasta que por las izquierdas a Sánchez le vio que apuntaba maneras y ahí lo tienen. Nadie ha mandado más que él en ese puesto que fue en estos últimos cuarenta y cinco años mucho menos relevante en cuanto a poderes pero que el ha hecho que la palabra de asesor ya no valga en absoluto y haya que recurrir a esa que parecía ya parte de la historia lejana. Valido le cuadra mejor a sus valías.
No sé si alcanza su poder al del Conde Duque de Olivares o al de Lerma en los reales palacios pero el suyo no le va mucho a la zaga en el de la Moncloa. Él y no otro, aunque no le hayan dado sello, lacre y pergamino, es el verdadero vicepresidente y número 2 del Gobierno, los demás en realidad son comparsitas y algunos hasta de atrezzo, con un cada vez más amplio y potente aparato a sus órdenes y con una capacidad de influencia y decisión que no tiene nadie de todo ese auténtico tropel de ministros. Que menuda inflación de ellos y de adosados suyos tenemos y aguantamos. Ni en un vagón entero de tren caben.


Cataluña

A Redondo le han otorgado además rango y título, pero en realidad eso es lo de menos. Más que el blasón y el escudo de armas lo que importa es que su boca es la más cercana a la oreja del Príncipe y que siempre esta esté siempre dispuesta a escuchar y tomar en cuenta lo que él dice. Ese es su mayor poder y lo que le hace prevalecer sobre todos los demás. Pero es también por donde puede venir su ruina. Porque ese es el único anclaje de su poder. Si a ese oído le empieza a no gustar de lo que él susurra y se vuelve hacia otras voces, se acabó. El valido está perdido. Porque no tiene ningún otro sostén ni aliado, los validos hacen favores pero a la postre su soledad es aún mayor de la de aquellos a quienes sirven. Le aguardan acechantes una pléyade de enemigos que tan solo han esperado ese momento para lanzarse en tromba sobre el y hacerlo trizas. El será el culpable de todo y la mejor excusa además del caudillo para zafarse. Lo que hizo mal es porque tenía esa mala influencia, por haber hecho caso al perverso consejero. Con mandar al valido al patíbulo el rey queda libre de mácula y limpio de polvo y paja.
 Estoy seguro que Iván eso lo sabe más que bien. Sabe que él no es de los nuestros y que todas las familias y rencores del PSOE se pondrán de acuerdo cuando llegue el momento de acuerdo en eso y aunque solo sea en eso. Que la culpa fue suya. Cuando se pierda y si se pierde. Pero en cuanto se pierda. Un valido está cada día en el alambre. Y con Cataluña por el medio, más aún si cabe. De hecho me malicio, seguro que Iván ha leído lo de Olivares, que no le place nada, y en esta ocasión aconsejó y se le aceptó y anunció en contrario, aunque hubo rabotazo y vuelta atrás inmediata, en la humillada reunión con Torra, un nadie que solo es títere de un prófugo y que amen de condenado e inhabilitado por la Justicia, es ya poco menos que un prescindible desperdicio para el separatismo. Un encuentro, amen de prescindible, tóxico. Y por ese veneno es por donde Redondo sabe que hay más peligro de que se emponzoñe todo. También lo propio. Su cabezazo ante el preboste separatista vale ya no como mil palabras sino como millones. Toda la vergonzosa rendición del sanchismo su Gobierno ha quedado condensada en ese instante y fijada al rojo vivo en la retina de toda España.
 Porque lo que no parece que sin embargo le alcance, o a lo mejor no quiere o no se atreve a hacerlo, es a meditar en cuales pueden ser los efectos de su tarea pero no ya para su señor ni para el, sino para nuestra Nación y para todos nosotros. Iván Redondo, como moderno y actualizado valido de estos tiempos contemporáneos y relativos, entiende que su función y trabajo tan solo ha de atender y ocuparse de un objetivo: procurar para quien lo emplea la conquista del poder y ayudarle a mantenerlo. Pero que él no tiene responsabilidad alguna en lo que en el camino se destruya, lo que se arrase en su ejercicio o lo males que acarree, puesto que él solo se circunscribía a hacer su trabajo ¿Pero es así y así lo percibirán las gentes? Pues cada vez tengo por más cierto que en ello se equivoca. Que él tiene, y cada día más visible, un responsabilidad personal y decisiva y que bien puede ser que cuando toque la ciudadanía en su conjunto y cuando pueda y toque le exija cuantas por ello. Sobre todo si de esta se derivan tan graves y puede que irreversibles consecuencias que afectan a la soberanía y derechos de todo un pueblo.