El último desafío de un superviviente

Letizia Ortiz (SPC)
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Pedro Sánchez se ve obligado a adelantar las elecciones en uno de sus peores momentos, con el lastre del independentismo y cuando muchos le dan por muerto políticamente

El último desafío de un superviviente - Foto: Sebastián Mariscal

Es de sobra conocido que Pedro Sánchez fue jugador de baloncesto -«un todoterreno que servía para cualquier posición», según sus entrenadores-. Siguiendo la tradición del Instituto Ramiro de Maeztu, donde estudió el líder socialista, militó en el histórico Estudiantes hasta los 21 años. Lo que es más desconocido de su biografía es que el joven Sánchez recibió clases de judo, llegando incluso a conseguir el cinturón marrón, es decir, alcanzó el sexto de los siete niveles de este deporte. Precisamente, este arte marcial consiste, según conocido aforismo del mismo, en «caer, levantarse, volver a caer, y volver a levantarse». Un mandamiento que el madrileño parece haber aplicado también a su vida política, donde pasó de desconocido a líder orgulloso para volver a hundirse en el anonimato resurgiendo de nuevo cual Ave Fénix antes de alcanzar la Moncloa, desde donde ha vuelto a precipitarse. Hasta el 28 de abril no se sabrá, eso sí, la profundidad de esta última caída y si, de nuevo, vuelve a rebrotar de sus cenizas. Aunque seguro que esa es su intención.
En julio de 2014 y con el apoyo del 49 por ciento de la militancia, un semidesconocido Pedro Sánchez se convertía en el sucesor de Alfredo Pérez Rubalcaba al frente del PSOE, imponiéndose en las primarias a Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias. Con el apoyo de un partido todavía unido en torno a su figura, no le costó mucho hacerse con la victoria para ser el cabeza de lista de la formación en las elecciones de 2015.
Las urnas pincharon la burbuja en la que parecía instalado el nuevo líder del socialismo que, pese a la derrota, no desperdició la oportunidad de presentarse a la investidura, a pesar de que no tenía los apoyos suficientes en el Congreso para alcanzar la Presidencia del Gobierno. La aritmética parlamentaria, con una Cámara absolutamente fragmentada, estaba en su contra. No sería la última vez.
La repetición de los comicios generales en junio de 2016 aún resultaron peores para sus intereses. El PSOE obtuvo su peor resultado histórico, con apenas 84 diputados en el Hemiciclo. Es cierto que mantuvo la segunda posición, por detrás del PP, evitando el sorpasso de Podemos o Ciudadanos que pronosticaban las encuestas. Sin mirarse, como se dice en el mundo del toro cuando un diestro vuelve a la cara del astado tras una voltereta, Sánchez se levantó de la cogida de las urnas y enarboló la bandera del «no es no», para bloquear la investidura de Mariano Rajoy, quien para alcanzar la Moncloa necesitaba, al menos, la abstención del PSOE. 
Aquella obcecación, con el país paralizado por la falta de Gobierno durante varios meses, dividió a los socialistas, una fractura que no se ha cerrado del todo. En una amarga jornada en Ferraz, con lágrimas, abucheos y mucho caos, sus propios compañeros empujaron al madrileño a la dimisión. 
Sin la Secretaría general y sin escaño en el Congreso, Sánchez se propuso resurgir de la mano de las bases. Su objetivo era vencer al aparato, encarnado en la figura de una Susana Díaz que contaba con el apoyo de los barones. Contra todo pronóstico, el exlíder socialista volvió al despacho preferente de Ferraz al ganar las primarias celebradas en mayo de 2017.