TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Tener setenta años -o más- en España

He llegado ya a una edad superior a la de las jubilaciones más exigentes. Casi setenta. No es demasiado popular confesar eso hoy en España, país en el que las miserias que nos aporta la pandemia del coronavirus se reflejan acaso con mayor crueldad que en otros lugares. Nos sentíamos orgullosos de nuestra longevidad: los segundos del mundo tras los japoneses, sacábamos pecho. Eso también está cambiando.

Porque en estos tiempos de avances médicos y sociales llegar a los setenta, incluso a los ochenta, suponía seguir siendo alguien joven, en función de cómo te haya tratado la vida: en según qué círculos económicos, en según qué lugares de España, se llega de una u otra forma a eso que ha dado en llamarse 'tercera edad'. Se vive más y mejor o menos y peor. Profundamente injusto, lo sé. Como lo es que mueran muchos más ancianos en algunas residencias que en otras, o que en sus domicilios. Y como es increíblemente injusto que ahora los mayores sean vistos con sospecha y hasta con rechazo: son los transmisores del virus, dicen los analfabetos científicos portavoces de la sociedad más encanallada.

Aquellos abuelos que cuidaban de los nietos cuando los hijos se iban a trabajar, o que completaban con sus pensiones los magros salarios filiales, aquellos que dilataban cuando podían sus jubilaciones en aras de ayudar al país, ahora son casi apartados de nuestras vidas: son un riesgo de contagio de la maldición bíblica, dicen esos ágrafos. Una molestia. Un peligro. Lo disfrazamos diciendo que hay que aislarlos - en Gran Bretaña se propuso enclaustrarlos de manera especial, sin poder salir ni a hacer la compra - para evitarles el riesgo, porque son población de especial riesgo; pero es al revés: tememos que nos infecten.

Decía creo que Max Weber - no puedo asegurar esta paternidad - que una democracia se mide por el trato que da a sus mayores. Entiendo que lo que está ocurriendo con los nuestros, que mueren como chinches en asilos y residencias sin siquiera el consuelo de poder ser visitados por sus familiares, está dando una buena muestra del empobrecimiento de nuestra democracia, en la que no solo los límites de la 'compassion', sino también los de la libertad de expresión y otras libertades, se estrechan.

Ya sé que un estado de alarma, o de emergencia y menos aún de sitio, no son las coyunturas más propicias para hablar de libertades, ni de compasiones, ni siquiera, salvo excepciones admirables, de solidaridades. Pero, en esta era de aplausos desde los balcones aburridos, también acaso conviniese dar uno a quienes han posibilitado, con su sacrificio, los niveles de bienestar de los que hasta ahora gozábamos: debemos mucho a esos hombres y mujeres de setenta y más. Ellos, los mayores, son quienes más sufren esta situación terrorífica en la que nos hemos tenido que instalar, quién sabe por cuánto tiempo. Entre otras cosas, sufren porque la Historia, la que construyeron durante décadas, les ha estallado en la cabeza.

Y eso porque algunos se han empeñado, con su mal ejemplo, con su liviandad, con su rapacidad, en hacer añicos parte del legado de lucha por la democracia que caracterizó eso que dio en llamarse 'espíritu del 78' y que ahora ha saltado, con tantas otras cosas, hecho trizas.