Diario de la resistencia

Sergio Arribas
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Un compañero de mi novia ha dado positivo. Sin pisar la calle, porque #yomequedoencasa, me muevo en el ignoto mundo del teletrabajo. "A la mierda el papel higiénico", me digo, mientras me emociona la disciplina social para vencer al 'bicho'.

Plaza de la Costanilla, en La Lastrilla. Los vecinos guardan cola, a varios metros de distancia, para entrar a la farmacia y estanco del pueblo. - Foto: S.A.

Los chinos han levantado un hospital ¡en seis días! La escena se pasaba por televisión a cámara deprisa. «Qué graciosos», pensé. Nadie podía imaginar —al menos yo—que un mes después iba a estar recluido, sin pisar la calle, confinado —¡qué palabra!—, mirando despensa y frigorífico, trabajando en un portátil y saliendo a las ocho al balcón para aplaudir la heroicidad de nuestros médicos y enfermeras. «¿Tienes ordenador en casa?», me dijo un compañero hace diez días, sabedor de que la empresa, Promecal, editora, entre otros, de El Día de Segovia, entre una decena de cabeceras, nos iba a mandar a casa —el viernes 13—, a ejercer el ‘teletrabajo’, como medida preventiva ante el Covid-19. 

«La cosa está mal y va a ir mucho peor», me avisó mi director, Juanjo Fernández, quién, en buen tono, me tildó de ingenuo ante mi cara de incredulidad. Ciertamente, algo inquieto ya estaba, sabiendo que mi pareja había tenido que desplazarse a Miranda de Ebro, donde trabaja dos días a la semana en un colegio público. Entonces, la localidad burgalesa era zona de riesgo, con 33 casos confirmados. 

Viernes, 13 de marzo. A primera hora piso la redacción y me cae la bronca. «¿Pero qué haces aquí?» me dice el director. Bueno, salí para que un amigo me dejara un portátil y pensé que podía pasarme para llevarme papeles, la grabadora, cascos y demás herramientas…. Un error, claramente. Estoy un rato. Hablo después con el jefe técnico de La 8 Segovia, Óscar Gómez. Ya vemos que será muy díficil poder grabar un nuevo capítulo de ‘Historietas de Segovia’. Teníamos cita el miércoles en el Alcázar.

Cartel colocado en la redacción de La 8 Segovia y el Día de Segovia.Cartel colocado en la redacción de La 8 Segovia y el Día de Segovia. - Foto: D.S.

La tarde ya la paso en casa, intentando organizar lo que será mi espacio de trabajo y ‘limpiando’ el ordenador portátil. Antes he acudido al supermercado, al Mercadona y al Carrefour. ¡Una avalancha! Los pasillos del ‘Carrefour’ recuerdan los días potentes de Navidad, aunque, a diferencia de entonces, hay demasiadas estanterías vacías. Ni papel higiénico, ni  carne de pollo, pocos productos precongelados…. Al llegar a casa redacto la noticia y la subo a la web de El Día. Mi pareja, que está en Miranda de Ebro, vuelve con una compañera en coche. ¡Menos mal! Habían recomendado no usar el transporte público. La voy a buscar a Torrecaballeros y ya nos recluimos en casa, en La Lastrilla. Era el primer día de confinamiento, esta vez voluntario. Al día siguiente ya sería obligatorio..

Sábado, 14 de marzo. La psicosis por la falta del papel higiénico nos levanta de la cama. Nos queremos quedar en casa, pero nos moviliza la necesidad. No es día laborable, pero las circunstancias son extraordinarias. Estoy pendiente del móvil. Escucho en la radio que Pedro Sánchez dará rueda de prensa a las dos. Miro la actualización de infectados y víctimas. Aún es pronto. Son datos de ayer. Vamos al Mercadona. Una enorme caravana de coches a la entrada nos disuade de entrar. En Lidl, la segunda opción, también abarrotado, nos encontramos con una amiga. Nos cuenta que dos tíos suyos, de avanzada edad, han dado positivo. Pienso entonces que todos estamos tomando un riesgo innecesario, ¡por un puñetero papel higiénico! Lo conseguimos en una tienda-almacen de San Millán, a precio de oro, ¡a 2,20 euros!

El bar del pueblo está abierto, aunque vacío. Voy a la farmacia. Un mensaje de whastapp. Aurelio Martín anuncia que ya son 22  los casos positivos en Segovia. 

Maria, del estanco de La Lastrilla, ha colocado un gran arco iris en el escaparate de su comercio.Maria, del estanco de La Lastrilla, ha colocado un gran arco iris en el escaparate de su comercio. - Foto: S.A.

En la farmacia del pueblo, donde me atiende su titular con mascarilla, compro paracetamol. Aquí solo venden las mascarillas quirúrgicas, las simples. Me cuenta que muchos madrileños han acudido estos días. Entre tanto, mi hermano me telefonea para decirme que en la Farmacia San Millán ya tienen las mascarillas con dosificador que había encargado. Voy a por ellas.

Había reservado cinco, pero solo nos venderán dos, y eso porque conocen que mi padre es enfermo crónico, población de riesgo. Con lo que me entero en ambas farmacias, hago una información para la web del periódico. Mi compañero Nacho Sáez avisa: «Los que tengáis balcones en casa grabar videos si salís a aplaudir ahora a las diez». Nuestro balcón da a un patio interior… Pero salimos.

Y ya Pedro Sánchez, seis horas después de lo anunciado, sale en televisión, con la declaración del Estado de Alarma. «El que vive en Segovia puede ir a trabajar a Madrid», buena frase para meter otra noticia.  Al final, veo por televisión el debate en La Sexta… ¡Tengo que buscar excusas para salir a la calle! El sentimiento egoísta se disipa pronto. Soy callejero y no sé si aguantaré esta situación. Empiezo a sentir que me falta el aire, aunque, por fortuna, no es culpa del Covid-19.

Este reportaje, en la edición en papel.Este reportaje, en la edición en papel. - Foto: D.S.

Domingo, 15 de marzo. Es el primer día de confinamiento como tal, obligatorio. «Fíjate lo que he soñado, que había un virus y que no podíamos salir de casa», le digo a Tere, mi pareja, antes de levantarnos. Quizá aún inconscientes de lo que nos espera, nada más desayunar miramos a ver si tenemos en Movistar la película ‘Contagio’. Nuestro amigo Paco, de Fuenlabrada, nos la acaba de recomendar «para saber lo que hay que hacer si la cosa se pone peor».

Preparo la comida, limpiamos la casa… Veo oportunidad de salir a tomar el aire. ¡Voy a comprar el pan! Y, ¡ a tirar la basura! No importa que el cubo esté semivacio y sean las doce de la mañana. Voy andando por el pueblo. Es un desierto. La Plaza de la Costanilla está vacía, increíble. Tomo un vídeo y una foto con la idea de, si es posible, meterlo en la web. Veo que mi compañero Aurelio Martín ha subido un reportaje, con galería de fotos, de las calles de la capital… «Días de pan y perro», lo títula. 

Mi paseo es corto, a  la pequeña tienda de alimentación de La Lastrilla. «Han arrasado, esto es una locura», me dice la dueña del ‘súper.’ Los clientes guardan distancia, hacen cola desde la calle. Vuelvo a casa. Miro el móvil. «¿Puede preguntar alguien a la Policía si ha puesto multas por incumplir el estado de alarma?», comenta el director en el grupo de whatsapp. El día, que se presentaba tranquilo, tiene dos noticias de impacto: el vicepresidente Igea haciendo un llamamiento público para que particulares y empresas entreguen material sanitario y lo dejen a las puertas de las delegaciones de la Junta…El anuncio encierra un drama.

Plaza Costanilla, en La Lastrilla, en el primer día de confinamiento.Plaza Costanilla, en La Lastrilla, en el primer día de confinamiento. - Foto: D.S.

La segunda noticia es el segundo fallecido en Segovia por el Covid-19, un vecino de Villoslada… Y en Italia 368 muertos en 24 horas. ¡Me cago vivo! Paro un segundo, reflexiono... salgo al balcón a tomar aire. Mi amiga Concha me comenta por whatsapp que la empresa Cascajares, de Palencia, va a donar 1.000 mascarillas y mandiles.  Y me avisa: «los sistemas de salud van a colapsar». Es el guion perfecto de una película apocalíptica.

Fuera, descarga una tormenta tremenda. «El guionista se está pasando, esto era innecesario», pienso, mientras bajo a la calle para guardar el coche en el garaje y fumar un pitillo. Empieza a circular lo de #yomequedoencasa. Es la luz dentro de toda esta tormenta. 

Lunes, 16 de marzo. Cuarto día de aislamiento voluntario y segundo obligatorio. Ha nevado. Es un día clave. Virginia, de Promecal, en Burgos, me va ayudar para instalar en mi pequeño ordenador varios programas de nombre impronunciable… Con un portátil en casa me conecto a mi ordenador de la redacción. ¡Increíble! Lo del virus, lo del confinamiento y esto de trabajar como si estuviese en la oficina, toma tintes de ciencia ficción.

Videoconfencia, con la familia extremeña.Videoconfencia, con la familia extremeña. - Foto: D.S.

Gracias al grupo de whatsapp nos coordinamos para subir noticias a la web. Tenemos que informar de la peor noticia, el tercer fallecido en Segovia por el maldito bicho, una mujer de 90 años. La nieve ha frenado la salida a la calle, ya de por sí restringida por el estado de alarma, informa mi compañero Aurelio Martín. Me llega un whatsapp desde el TSJCyl, sobre el joven que fue detenido por escupir y decir que tenía coronavirus, después de ser recriminado por unos agentes de Policía Local. Aclara que no ha pasado a disposición judicial, sino a una cuarentena domiciliaria, por instrucciones del juez de guardia. No se librará de la multa. Menudo patán, pienso.

Entre tanto me llega un correo electrónico de la administradora de fincas. Soy el presidente de la Comunidad, que tengo que observar el cumplimiento de varias normas para evitar el contagio de mis vecinos. Que si usar solo el ascensor de forma individual, que si guardar la distancia de al menos un metro con el vecino…. La ‘circular’ me viene de perilla para hacer una noticia y subirla a la web. Como no tengo impresora, me toca escribir el aviso a mano y, celo en mano, bajar a pegarlo al vestíbulo del portal. Surrealista.

Me enteró que un compañero de mi novia, con el que comió en Miranda de Ebro el viernes, tiene síntomas. Tiene tos, fiebre, pasó una mala noche… Nos tomamos los dos la temperatura. Estamos bien, aunque a ambos nos sobrevuela un ligero dolor de cabeza.

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Todo el día atento al correo electrónico, a una llamada de teléfono, a que llegue un whatsapp…, lo cierto es que el coronavirus ya me empieza a producir agotamiento mental. Bajo a tirar la basura. «¿Qué tal lo lleváis?  Nosotros con los niños, en casa, sin saber qué hacer...», me dice una vecina. Todo es una pesadilla.

Martes, 17 de marzo. Quinto día de confinamiento voluntario y tercero obligatorio. Escribo estas líneas tras conocer que son 491 muertos (4 en Segovia) y más de 11.000 infectados en España. No he pegado ojo. A las ocho estaba en pie. Tocaba hoy raparse —yo también me corto el pelo— y afeitarse. 

No llegan buenas noticias, en lo personal. Una amiga de Guadalaja y su niña están infectadas. Mi padre pasó mala noche, sin poder respirar, con tos, aunque no con fiebre. Pudo hablar con su médico de cabecera y le transmite que puede ser un constipado fuerte. El profesor que está en el mismo albergue que mi pareja en Miranda, y con el que compartió el jueves cena en un local del pueblo burgalés, hoy está peor. Le ha subido la fiebre, tiene grandes dificultades para respirar y tiene dolores. No le han podido hace la prueba, pero es un positivo claro.

Me pongo a trabajar a eso de las nueve y pico. Tengo encargado un reportaje de preguntas a expertos: un psicólogo, un virólogo y un economista. Me paso la mañana intentando localizarles, escribiéndo correos con las preguntas…. Un dispositivo de la UME se ha desplegado en Segovia, con 53 efectivos y 18 vehículos.

Leo el blog de mi amiga Irene, ‘Sencillo es mejor’ sobre consejos para sobrellevar el ‘aislamiento’ por el coronavirus y cómo afrontar (psicológicamente) la situación creada. «No entres en polémicas absurdas ni discutas por discutir con los demás ocupantes de la casa», reza uno de los consejos. Y lo aplico. La guerra está fuera, aunque la batalla la damos todos desde nuestra casa, quedándonos en ella.

Mientras escribo estas líneas, Tere, mi pareja, que prepara a mi lado, en su portátil, los ‘deberes’ para sus alumnos de Miranda de Ebro, hace un receso para conectar por videoconferencia con varios amigos nuestros: Vane, en Toulusse; Montaña en Mérida, Yoel, en Madrid… Nos damos ánimos. Antes de ver a Pedro Sánchez por televisión, me entero del fallecimiento de Nicolás Berzal, el histórico dirigente de IU, por coronavirus. Tenía 97 años, una vitalidad y claridad mental asombrosa. No pudo con él la Guerra, la represión franquista, la cárcel… Solo pienso en que, cuando pase toda esta pesadilla, Nicolás recibirá un merecido homenaje. 

Miércoles, 18 de marzo. Nervioso, incómodo, como el que escapa de una situación insospechada y, si se quiere, desagradable. Así me siento tras regresar a casa del supermercado, en la estancia más prolongada al aire libre desde que el país está en situación de alarma y vivo el confinamiento. He salido de la cueva y el mundo exterior me resulta extraño. Estamos en guerra, contra el virus, y el ‘hiper’ de Lidl de La Lastrilla es el paradigma del escenario bélico contra la amenaza.

Son las 19:40 horas. Un empleado de Seguridad me ordena detenerme. No había caído en la cuenta. Es obligatorio antes de entrar ponerse guantes, limpiarse las manos con toallitas desechables. Carrito en mano, me dirijo a comprar unos tomates. Los pasillos los copan clientes dotados, la gran mayoría de mascarillas, un bien escaso, a tenor del desabastecimiento que sufren farmacias e incluso centros sanitarios. Creo que rozamos la paranoia, como lo demuestra una clienta que espera, a cinco metros de distancia, que acabe de introducir los tomates en la bolsa para acercarse. «Ya estamos más tranquilos, pero hemos tenido unos días de locura», me responde la cajera a mis preguntas, sin sospechar que mi curiosidad responde a motivos profesionales. A todos los clientes, lleven mascarilla o no, les ofrece, de regalo, una chocolatyina. Por megafonía se recuerda a los clientes que «preferimos que nos paguen con tarjeta de crédito».

Salgo y veo una patrulla de la Guardia Civil haciendo ronda; quizá la misma que había visto por la mañana cuando, fugazmente, salí a comprar el pan y también me cruce con vecinos sin rostro, tapados con mascarilla, a quines miraba y me miraban de reojo. 

Me vuelvo a sentar frente al ordenador, aunque me levantó pronto, agitado por una videollamada, la de mi familia política, que está en Extremadura. «Cuando más separados, más unidos estamos», les digo. «¡Cuidaros mucho!», nos dicen. Mi cuñada es farmacéutica y ha sido movilizada como personal sanitario para combatir esta crisis. «¡Vamos! ¡Sois nuestros héroes!», le digo para, a continuación, pensar que también me he contagiado de ese sentimiento colectivo que nos hace unirnos en las desgracias y darnos cuénta de lo vulnerables que somos. Mañana tengo que terminar los artículos para el periódico en papel. «¡Qué bueno saber a qué atenerse!», que diría Ortega.

Jueves, 19 de marzo. Primera bofetada de la mañana. Me entero que un buen amigo está ingresado con neumonía, por culpa del «bicho». Comimos juntos hace unos veinte días. Andrea, amigo italiano, de Turín, manda un whatsapp. «Estamos en una  guerra sin enemigos. Aquí en Italia, van a cerrar todo hasta el 1 de mayo y los colegios estarán cerrados hasta septiembre. En algunos lugares llevan los fallecidos en camionetas del Ejército». Terrible.

Me paso todo el día dándole a la tecla, con el reportaje de los expertos, con una ‘apertura’ —así lo llamamos— que resuma un poco lo que ocurre y lo que tiene que acontecer. Le paso a mi director parte de este texto. Creo que no he contado muchas intimidades, aunque sí me deje llevar por los sentimie ntos. «Esta sección tiene que seguir», me dice. Solo espero que mis próximas líneas estén impregnadas de esperanza. Seguro.