45 días de heroísmo en la Residencia Asistida

Nacho Sáez
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Este centro de personas mayores de Segovia muestra indicadores que invitan al optimismo, tras un mes y medio «muy duro» en el que se la convirtió injustamente, mientras sus trabajadores se dejaban la piel, en zona cero de la tragedia.

45 días de heroísmo en la Residencia Asistida

En lo que buscó ser una demostración más de la transparencia informativa con la que ha tratado de gestionar esta crisis, la Junta de Castilla y León comenzó el 3 de abril a ofrecer datos específicos de las residencias que son de su titularidad. Quizás no calculó, sin embargo, el daño que iba infligir con esa decisión a muchos de los trabajadores de esos centros. Observando ese día las cifras, asustaban las de la Asistida en Segovia: 28 fallecimientos por coronavirus y otros tres con síntomas compatibles con la enfermedad.

Solo la de Los Royales en Soria la superaba, pero diez días después ya estaba en cabeza tras sufrir 21 defunciones más. Aunque la consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades, Isabel Blanco, se esforzaba en remarcar las circunstancias atenuantes («Es una de las residencias más grandes de la Comunidad» o «Segovia es de las provincias que más problemas está teniendo y las residencias de mayores siguen esa tendencia»), los fríos números parecían imponerse en el relato. Además, en plena crisis la Junta le apuntó un día por error diez muertes de más y, para hurgar más en la herida, un medio de comunicación nacional llegó a titular un reportaje sobre la Residencia Asistida así: «El asilo maldito».

Sin embargo, el análisis desde el primer momento estuvo incompleto porque la Administración autonómica nunca ha revelado información individualizada de residencias privadas por razones de protección de datos, según han indicado fuentes de la Consejería de Familia. Es decir, otros centros de mayores en Segovia o en el resto de Castilla y León han podido resultar más castigados por el coronavirus que la Asistida, pero al menos de momento no ha trascendido. Todos los lúgubres focos se los ha llevado esta residencia situada a unos pocos cientos de metros (en la misma carretera) del Hospital General y muy querida por su labor a lo largo de los años y por dar trabajo a un buen número de segovianos.

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El agradecimiento de la ciudad hacia su tarea se plasma ahora cada día a las ocho de la tarde cuando patrullas de la Policía Local se desplazan hasta sus puertas para aplaudir. «Ese momento se ha convertido en algo muy importante para nuestros trabajadores. Los refuerza», subraya la directora de la Asistida, Milagros Santervás en conversación con El Día de Segovia ante esa entrada, acompañada por la gerencia de Servicios Sociales, Carmen Well, que reconoce las dificultades vividas. «Mentiría si no dijese que hemos tenido mucha preocupación y mucho miedo durante algunos días que han sido muy complicados», comienza su análisis sobre lo ocurrido en este centro desde que se decretó el estado de alarma el 14 de marzo hasta ahora.

Un mes y medio que ha puesto a prueba sus cimientos, vulnerables de por sí por su idiosincrasia. «Esta residencia es muy grande, la mayoría de los internos tienen nivel tres de dependencia, que es el grado superior, son personas con pluripatologías y polimedicadas, y tenemos una media de edad de entre 88 y 90 años con algunos centenarios incluso. Tienen muchos factores de riesgo asociados y ahí la covid-19 es donde más está sacudiendo», señala Well, que defiende la gestión de la Administración y la labor de los trabajadores: «Tenemos muy buenos profesionales en este centro, se ha reforzado la plantilla de médicos –hemos pasado de tres a cuatro–, se han cubierto todas las bajas del personal sanitario y hemos seguido rigurosamente todos los protocolos que nos marcaba el Ministerio de Sanidad. Teníamos desde el principio el Plan de Contingencia elaborado, se han ido haciendo los aislamientos oportunos a todos los residentes que detectábamos con sintomatología compatible y en base a esto hemos ido viendo cómo se controlaba la situación».

En los últimos días ha aumentado el consumo de alimentos al mismo tiempo que ha descendido el de oxígeno y se han retomado algunas actividades, como las de fisioterapia. Indicadores que revelan la mejoría de la salud de los residentes del centro, que parece que ha conseguido parar el golpe. «Ha sido duro para todos nosotros», destaca Enrique García, uno de sus trabajadores sociales. «Las estadísticas son frías, pero nosotros les ponemos caras a los residentes y ha fallecido gente muy cercana. Si encima te pones en el lugar de las familias...», suspira.

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Las zonas comunes se han quedado vacías, no hay día a día y los ancianos aguardan en sus habitaciones a que pase la tormenta. «Pero ellos no transmiten un mensaje deprimente. Se adaptan mejor que nosotros», remarca García, que se ha volcado junto a auxiliares, enfermeras, fisioterapeutas, ordenanzas e incluso médicos para conectar a los internos con sus familias a través de videollamadas. «Todo el mundo ha colaborado de forma voluntaria», cuenta.

Todo ello en medio de un contexto complejo por los fallecimientos de residentes, también de familiares de trabajadores y hasta del que fue cocinero durante mucho tiempo en este centro, Quintín Grande, cuyo nombre aparece en una pancarta visible desde la calle. Ha sido lo primero que se ha encontrado José Matesanz cuando este jueves se ha reincorporado a su labor como terapeuta ocupacional tras un mes de baja por el coronavirus. Tiempo en el que ha perdido a su padre por esta misma enfermedad. «Era un referente para mí. Trabajaba en las Hermanitas de los Pobres y siempre tenía una actitud positiva, humildad y compromiso. Con su muerte me he hecho muchas preguntas, como si lo podía haber hecho mejor, pero he llegado a la conclusión de que me habré podido equivocar, pero lo he hecho lo mejor que he sabido. Creo que con lo que ha pasado en la Asistida los trabajadores debemos quedarnos con eso», concluye.

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