TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El villano perfecto

17/01/2020

Hasta donde yo entendía, y todo ha cambiado en una semana, el fútbol aplaudía goles, chilenas, caños, regates virgueros, una jugada trenzada al primer toque, presión, esfuerzo colectivo, una pared, un taconazo, un medido pase al hueco, una carrera de 80 metros (en cualquier dirección) que da sus frutos, una rabona, un control orientado, dos minutos de posesión, una jugada ensayada, una falta a la escuadra…

Y ahora, las patadas por detrás.

Fede Valverde no sólo salió de Yeddah con el título de MVP de la final bajo el brazo, no sólo permitió al Real Madrid alcanzar una tanda de penaltis de la que salió victorioso, sino que su entrada alevosa en el 115 a Morata (por detrás, con grave riesgo para el rival, tirando dos patadas para asegurarse la caída del atacante) solo acarrea un partido de sanción.

Le ha salido barato ser el perfecto villano. Porque todos los premios y alabanzas que reciba castigan la idea de la belleza de este deporte (la descrita en el primer párrafo) y justifican la necesidad de que haya, cómo decirlo, «un poquito de violencia». No puedes ser un héroe, en el sentido 'marveliano' de la palabra, si pegas a quien no te ha hecho nada; no hay nada de heroico en respaldar estas acciones. Puedes decir que las entiendes, pero no que las aplaudes...

Otros deportes, precisamente para evitar ese aplauso hipócrita hacia un gesto objetivamente violento, buscaron consecuencias deportivas (no sólo disciplinarias) e inmediatas: el baloncesto inventó hace tiempo la falta antideportiva, aplicada con dos tiros libres y posesión, y el balonmano es aún más taxativo: exclusión de dos minutos -o tarjeta roja directa si los árbitros detectan violencia- y siete metros (penalti). Normas que protegen tanto al atacante como al espectáculo.