LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


El chico de oro

Nadie quiere jugar con él a las cartas. En su casa saben que, tarde o temprano, intentará hacer trampas. Su insistencia y esa mirada vivaracha, de ojos pequeños y brillantes, convencen a su madre de que esta vez será distinta. Sin embargo, la partida pronto se tuerce para Leo que, en uno de sus habituales arrebatos, desparrama la baraja sobre la mesa antes de claudicar. No le gusta perder a nada. 
El pequeño de los Messi odia ir al colegio. Dice que se siente mal. Él prefiere jugar al balón y todas las semanas va colgado del brazo de su abuela Celia a los campos de Grandoli donde sus hermanos entrenan en el club del barrio de la ciudad de Rosario. Hoy hay partido y en la cancha falta uno para poder completar al equipo. «¿Por qué no cogés al niño? Si ves que llora o que se asusta, lo sacás», comenta la anciana al entrenador. Salvador Aparicio mira a Leo, de sólo cuatro años, y niega con la cabeza. «Es muy chiquito», responde observando al crío. Pero la abuela, que ha visto cómo maneja su nieto la pelota a pesar de su corta edad, persiste en su empeño, hasta que el técnico, sin estar realmente convencido, da su brazo a torcer y lo mete en el campo.
El césped está irregular y hay zonas con calvas y barro. Todos son mucho más altos y corpulentos que Lionel. La escena recuerda a David contra Goliat, pero, aunque parece un combate desigual, se produce un  cambio radical con el balón en sus pies. La Pulga, así le apodan, controla el cuero, encara, regatea al primer rival y arranca con una velocidad impropia de su edad, gambeteando a todo el que se interpone en su camino. De derecha a izquierda, de izquierda a derecha, su facilidad es pasmosa. Puro espectáculo. Dos goles, dos asistencias y caras de asombro. Aparicio lo ve claro: «Ese niño es especial, tiene un don».
Leo vuelve a discutir con su madre que, enojada, le obliga a salir de casa con la mochila a cuestas. El niño lanza piedras a la puerta antes de encarar el camino que le lleva a las aulas. En el cole le admiran, todos quieren jugar con él al fútbol, brilla por encima del resto, pero Messi se siente encerrado, como un pájaro en una jaula. Su abuela, su primer hincha y gran referente, lleva tiempo padeciendo esa extraña enfermedad que propaga el olvido.
Lionel tiene nueve años y tan solo mide 1,27. El endocrino detecta que las glándulas que producen la hormona del crecimiento están dormidas y que la única solución es recibir un tratamiento que las despierte del letargo. Al rosarino no le queda otro remedio que pincharse cada noche en las piernas unas inyecciones que suponen a la familia un desembolso mensual que supera los 1.000 dólares. El esfuerzo económico es mayúsculo y los Messi saben que no podrán soportarlo por mucho tiempo. 
La Pulga recibe uno de los golpes más duros de su vida cuando entrena en las categorías inferiores de Newell’s Old Boys. La inesperada muerte de su abuela Celia le deja tocado para siempre. Ya no estará presente para darle consejos, para gritar desde la banda sus goles, para animarle en las derrotas y celebrar las victorias, pero siempre tendrá un hueco privilegiado en el recuerdo. Cada uno de sus goles irá dedicado a ella, en una imagen que se convertirá en icónica, con su mirada y los dos dedos índices señalando al cielo. Un homenaje perpetuo. 
La llamada de River, uno de los clubes más importantes de Argentina, no cuaja y el joven Leo, alentado por ojeadores que le ven como un diamante en bruto, decide cruzar el charco para probar suerte en Europa. Su destino: Barcelona.
La espera se hace eterna. El director técnico del club catalán Charly Rexach, se encuentra en Sídney, tomando nota de las futuras estrellas que participan en los Juegos Olímpicos. Son 16 días encerrados con parte de su familia en un hotel, donde la morriña y las dudas le embargan, pero el sueño, ese que Leo tiene en mente desde bien pequeño, cada vez es más fuerte.
En uno de los campos de La Masía se ha preparado un partido para valorar las habilidades de aquellos chavales que han llamado la atención de los responsables del scouting culé. La historia se repite de nuevo. Todos son mucho más altos y corpulentos que Lionel. La Pulga controla el balón, encara, regatea al primer rival y arranca con una potencia explosiva, gambeteando a todo el que se interpone en su camino. De derecha a izquierda, de izquierda a derecha, su facilidad es pasmosa. «¿Quién es ese chico?», pregunta Rexach. «Es el argentino», le comentan. «Pues hay que ficharlo».
Es ahí cuando comienza la leyenda del que es considerado, a pesar de faltarle un Mundial, como el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos y que el pasado lunes recibía su sexto Balón de Oro. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero sus ojos siguen manteniendo el mismo brillo y la expresión de aquel niño al que no le gustaba perder a nada.



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