Refugiado entre peregrinos

Nacho Sáez
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Refugiado entre peregrinos

Martín es el nombre ficticio de un joven colombiano que huyó a España por las amenazas de un grupo paramilitar. Vive en el Albergue de Peregrinos de Zamarramala que, junto a la Casa de la Espiritualidad y dos conventos, acoge a refugiados.

Estudiar, encontrar un trabajo y formar una familia encarnan las tres premisas sobre las que la sociedad occidental educa a sus hijos. El éxito en la vida se vincula a la consecución de esos objetivos –justificadamente o no–, pero existen factores externos que pueden frustrarlo. Pocos tan duros como los que se interpusieron en el camino de Martín, nombre ficticio de un joven colombiano que vive en el Albergue de Peregrinos de Zamarramala desde que tuvo que huir de su país por las agresiones y amenazas de muerte de un grupo paramilitar.
Llegó a España hace cuatro meses junto a su hermana y cuatro sobrinos, uno de ellos una niña en silla de ruedas. La primera dificultad residió en lograr superar el control de aduanas. A su hermana se la llevaron a una oficina apartada y le hicieron «muchas preguntas», pero cree que la policía se compadeció de la situación de su sobrina y les dieron luz verde. También se buscaron la vida para llegar a Segovia. Nadie los esperaba en el aeropuerto pero ellos, preguntando a unas personas y otras, descubrieron cómo viajar a la capital del Acueducto, donde ya sabían que iban a ser atendidos por la ONG Accem.
Desde entonces han pasado por un hostal, una pensión, el albergue de peregrinos y la Casa de la Espiritualidad, tradicional residencia de los seminaristas en Segovia, pero no tienen queja. Al contrario. «Nos han acogido muy bien», destaca Martín, que accede a hablar con El Día de Segovia con la condición de que no se revele su identidad. Atenazado aún por el miedo, su día a día consiste en aguardar una respuesta a su petición de asilo, aunque también hace ejercicio, pasea por la ribera del Eresma y sobre todo compone y toca música. Su gran pasión, la que le estuvo a punto de arrancar la violencia de su país.
Para venir a España junto a su hermana y sus sobrinos tuvo que vender numerosos enseres, entre ellos sus instrumentos. «Pensé en abandonarlo todo y comenzar y hacer otra cosa», relata, «pero entendí que la música es parte de mí, como si te quitaran un brazo, una mano, parte de tu corazón… Creo que eso se lleva en la sangre y está impregnado en tu esencia, así que con lo que recolectamos para venir me compré una guitarra acá». Ahora ensaya en la Casa Joven e incluso ha impartido algún taller dentro de esta nueva vida que ha iniciado, en la que le ha sorprendido la «tranquilidad» que reina en Segovia.
En el albergue de peregrinos de Zamarramala, él y su familia no son los únicos refugiados que se alojan. Hay más como consecuencia del desbordamiento de peticiones que han experimentado en los últimos meses las organizaciones encargadas de la gestión de los refugiados. Accem, Cruz Roja y Cáritas no daban abasto y solicitaron ayuda al Ayuntamiento, que puso a su disposición el alojamiento que inauguró en 2014 dentro del Camino de Santiago. El Gobierno Municipal de Clara Luquero rescataba, de esta manera, un viejo proyecto ya que hace un año ofreció este albergue para acoger a los refugiados del barco ‘Aquarius’.
La escasa demanda de los peregrinos en los primeros meses de este 2019 permitía destinar las dos habitaciones a los refugiados, pero a partir de Semana Santa tenían que destinar el albergue a su función habitual. La Concejalía de Servicios Sociales pidió colaboración entonces al Obispado, que abrió las puertas de la Casa de la Espiritualidad y de dos conventos. «Están atendidos de forma integral. Con comida, ropa, profesionales a su servicio…», apunta el edil en funciones Andrés Torquemada, agradecido a la Iglesia por su predisposición. Accem, no obstante, se encuentra trabajando para abrir un centro que permita acoger a todas estas personas. «Y está dando pasos importantes», remarca Torquemada, que en cualquier caso considera que el Ayuntamiento «ha estado a la altura» en el tratamiento del drama de los refugiados.
En 2015 abrió una Oficina Municipal de Atención al Refugiado y entidades como los Hermanos de la Cruz Blanca se mostraron dispuestas a prestar atención a quienes lo necesitasen. Sin embargo, en aquel momento «el Gobierno del señor Mariano Rajoy no cumplió con sus compromisos de dar asilo a refugiados», según recuerda Torquemada, quien asevera que «vinieron muchos menos de los que estaban previstos». Ahora, el Ayuntamiento ha prestado cobertura a dos familias de seis miembros, a otra de cuatro y a dos adultos de forma individual ante la saturación que sufrían Accem, Cruz Roja y Cáritas. «No podemos consentir que ninguna persona se quede en la calle y la Iglesia se ha implicado, por lo que se lo tenemos que agradecer», remacha Torquemada, quien no descarta afrontar el alquiler de viviendas en caso de que sea necesario.
en la calle. El colombiano Martín, su hermana y sus sobrinos celebran tener un sitio para dormir: «Porque hemos escuchado testimonios de gente en otras ciudades que ha tenido que pasar noches en la calle». En su atípica casa, su hogar de emergencia, conviven sin mayores problemas con los peregrinos que pasan semana tras semana por el albergue de Zamarramala. Más aún. Disfrutan de la oportunidad que les ofrece ese trasiego de viajeros para «conocer otro idioma, otra cultura...». Se trata desde luego de un escenario idílico al lado de las agresiones físicas y amenazas de muerte que recibían en Bogotá de un grupo paramilitar que «trafica con drogas y armas, mata y asesina», tal y como subraya el propio Martín.
Los refugiados que llegan a España no sólo lo hacen en pateras procedentes de África. El concejal de Servicios Sociales en funciones pone el acento en que el Ayuntamiento atiende en la actualidad sobre todo a colombianos y venezolanos, desplazados por las crisis políticas, sociales y económicas que se entremezclan en Latinoamérica con la inseguridad instalada en la rutina de sus ciudadanos. «En mi país se trató de hacer un proceso de paz, pero ahora está un gobierno que está en contra de esa corriente y han vuelto los grupos armados y los guerrilleros y la situación de inseguridad», explica Martín, que no puede ocultar que sigue teniendo miedo. 
Al otro lado del Atlántico se quedaron sus tíos, sus primos, dos hermanas que no vivían en Bogotá y su madre, con la que no hablan por teléfono todo lo que les gustaría para no aumentar los riesgos: «Ella sabe que estamos en un sitio seguros, pero poco más». Los más pequeños del hogar improvisado que Martín ha formado en Segovia van al colegio, donde poco a poco aprenden las costumbres y el vocabulario español. «Si las personas con las que hablamos nos dan confianza, no tenemos problema en contar cómo hemos llegado a España», señala el joven músico.
Mientras, continúan inmersos en el proceso para regularizar su situación. No saben si seguirán en Segovia o si serán trasladados a otra ciudad española en los próximos días o meses. «Nos han dicho que a un 99,9 por ciento nos iremos porque Segovia está saturada de refugiados», indica Martín. Sea en el lugar que sea, sus sueños pasan por poder recuperar el futuro que les arrebataron al tener que mudarse a España. «Teníamos nuestras raíces allá, nuestra profesión… Todos los años que construimos se echaron abajo, nuestras vidas se partieron en dos. Llegar acá es empezar desde cero», se despide antes de salir al pequeño patio de peregrinos y comenzar a tender la ropa recién lavada. Entre las prendas que engancha con las pinzas en dos cuerdas se adivina una camiseta de la selección de Colombia de fútbol que está del revés. Como sus vidas, dadas la vuelta en el último año por culpa de la maldad y la barbarie.