CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


El colacao

Hace unos días, un empresario coincidió con una ministra de Podemos en un acto público. Se presentó, hablaron un rato, y la ministra le dijo que iba a trasladar a la presidenta algo que había dicho el empresario. ¿A Calviño? Preguntó él. No, a Pablo Iglesias.

Las reuniones del consejo de ministros deberían ser grabadas, para regocijo público. No por lo que se decide – en algunos casos es como para llorar- sino por cómo se dirigen unos a los otros.

El lenguaje inclusivo llevado a sus últimas consecuencias –lo siento- cae en el ridículo. No se hace política de igualdad llamando Unidas Podemos a un partido, sino reconociendo las cualidades de la mujer para que se le den las mismas responsabilidades, o más, que al hombre; y, por supuesto, igual salario en igualdad de trabajo. Ni se hace política de igualdad con cuotas, aunque esté aceptado por múltiples países avanzados; a la mayoría de las mujeres les humilla –nos humilla- que se nos pueda contratar por el hecho de ser mujeres y no por consideración a nuestra formación y nuestras capacidades. Es curioso el número de mujeres que defienden a ultranza las cuotas y sin embargo saltan cuando se les sugiere que ocupan determinado cargo porque viene obligado por las cuotas.

Podemos y numerosos socialistas han hecho del lenguaje inclusivo una batalla, una bandera que representa mejor que cualquier otra la igualdad. Sin embargo dejan sin atención situaciones que necesitan revisión urgente o denuncia urgente, con ejemplos sobrados de políticas que palíen situaciones en las que las mujeres viven escandalosa precariedad.

Como resultado de ese intento de buscar la igualdad a través del lenguaje, Unidos Podemos pasó a llamarse Unidas Podemos y en varias ocasiones se ha escuchado decir “nosotras” a políticos varones que quieren hacer alarde de progresismo. La RAE ya se ha pronunciado con sensatez respecto a un nuevo texto de la Constitución con el lenguaje inclusivo y Alfonso Guerra lo rechazaba irónicamente donde Alsina, cuando decía que todos y todas los niños y niñas van muy guapos y guapas al colegio. Lo dicho. Un absoluto disparate, para reír por no llorar. Como si no hubiera suficientes problemas en España como para estar creando una nueva preocupación para ser políticamente correcto.

Colacao ha cambiado la letra de su anuncio, el que conocen millones de españoles desde siempre, desde que empezaron a escucharlo y verlo en radio y televisión hace décadas. “Yo soy aquel negrito del África tropical”. Lo de negro fuera, es racismo. Y boxeador fuera, violencia. Ciclista y futbolista ya plantean más problemas, termina en A, así que ponen nadadoras y grandes campeonas. Y mucha “ilusión”, “grumitos” y “mola”. Para adaptarla a los nuevos tiempos, dicen. ¿En serio?

Solo falta que además de soportar a políticos que quieren imponer algunas medidas que provocan vergüenza ajena, aparezcan marcas de desprestigio que piensen que modernizarse significa asumir un lenguaje que, por exagerado y excluyente, cae en el esperpento.