EL BLOC DEL GACETILLERO

Jesús Fonseca

Periodista


Ante la muerte

Escribir sobre la muerte es hacerlo sobre la vida, que va ligada a ella. Morirse no destruye la existencia, sólo la cambia. Importa lo que importa: el yo interior. El ser espiritual. Decía Martineau que «sólo cuando aprovechemos todos los minutos de nuestra vida, sabremos que somos eternos». El sentido de la muerte es algo que me mueve a buscar aquí y allá; a escuchar a unos y otros. Y, últimamente, todavía más, en medio de este debate apasionado sobre el derecho a morir.

Me viene a la memoria aquello tantas veces repetido y tan cierto: «según vives, así mueres». No sé si al amable lector le pasará lo mismo, pero intento por todos los medios escapar a normas simplistas y globalizadoras, a la hora de analizar esta realidad. Por suerte, cada vez más médicos defienden un tratamiento personalizado del morir.

Morimos en circunstancias y ámbitos culturales muy distintos. Pero todos anhelamos, para nosotros y para nuestros seres queridos, una buena muerte. Algo difícil de lograr si no somos capaces de entender, cuando estamos vivitos y coleando, que la relación que establecemos con la muerte, es un trabajo interior que se teje en lo más íntimo, a través de la conciencia personal y las propias creencias. Para millones de seres, la fe centra el sentido de su propia muerte.

He leído en estos días un artículo tan lúcido como sereno del Doctor Antonio Otero, que se encuentra entre los mejores profesionales de la medicina de familia de España, que me hizo dar una vuelta de tuerca a todo esto de la muerte personalizada, en la que yo creo, frente a la simpleza de considerarla un proceso puramente biológico.

En su pequeña reflexión sobre el morir, este médico-humanista insistía en que a él no le gusta hablar de cuidados paliativos, porque está persuadido de que muchos de los que hablan de ello, no saben de lo que hablan. Antonio Otero, que es un médico de cabecera abnegado y perspicaz, prefiere hablar de «los cuidados necesarios hasta que se acaba la vida, facilitados por profesionales sanitarios competentes», y también «de cuidados espirituales, siempre y cuando sean solicitados ».

Pero advierte con valentía, para que nadie se lleve a engaño, que por más que se intensifiquen y coordinen muy bien esos cuidados, «la muerte seguirá siendo un trance difícil». Teresa de Calcuta, cuyo trabajo constante fue con los moribundos, no se cansaba de repetir que la vida era muy valiosa: «una vida es un logro -insistía- y morir es la culminación de ese logro».