UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Veinticuatro años en un castillo

Dicho así, hasta podría pensarse que se trata de una condena de esas que se cumplían en una mazmorra oscura y atado a una cadena. En absoluto; nada que ver; todo lo contrario. Me estaba refiriendo a los aproximadamente veinticuatro años en que las Cortes de Castilla y León permanecieron instaladas en el Castillo de Fuensaldaña, hoy felizmente recuperado para fines más propios y más relacionados con su naturaleza.

Y el caso es que, de esos años, los que van de 1983 a 2007, yo mismo tuve la ocasión (o tal vez debiera decir la fortuna, o acaso el privilegio) de permanecer allí veinte, cuatro legislaturas, exactamente de 1983 a 2003, la mayor parte de ese tiempo ejerciendo funciones de portavoz del grupo parlamentario al que pertenecí, que era el socialista.

Recalamos allí el mes de septiembre de 1983. Se habían celebrado las primeras elecciones autonómicas en mayo de aquel año, las Cortes se habían constituido en el Monasterio de las Claras de Tordesillas, habían celebrado una primera sesión ordinaria en el Alcázar de Segovia, la Mesa y los Portavoces nos reuníamos en el Palacio de la Isla en Burgos, lo mismo que la Junta, pero no era cuestión de andar por ahí vagando, cual alma en pena, de iglesia en iglesia, o de palacio en palacio, como si fuéramos la corte de Fernando III el Santo. Así que mirando y mirando, a la vez que el Ayuntamiento de Valladolid ofreció a la Junta asentarse en el Colegio de la Asunción, donde sigue, la Diputación nos ofreció a nosotros ubicación en el Castillo de Fuensaldaña, que estaba acondicionado para una instalación hotelera que nunca llegó a abrirse. Era el verano de 1983, las sesiones debían iniciarse en septiembre y, con unos mínimos acondicionamientos, allá nos fuimos, con base en un acuerdo de la Mesa y la Junta de Portavoces que no todos aceptaron entonces, porque lo que se discutía era la sede de las instituciones autonómicas, asunto polémico que el Estatuto no había cerrado.

Aquellos primeros despachos eran las habitaciones del imaginario hotel, el salón de plenos un espacio abovedado que luego fue sala de comisiones, donde los 84 procuradores que éramos nos agolpábamos en filas, con más promiscuidad humana que distancia ideológica; allí tuvimos los primeros debates, cuando todavía se fumaba. Y para subir y bajar por el torreón un ascensor casi individual que amenazaba con pararse en cada viaje y una escalera de caracol angosta y resbaladiza. Por supuesto, ningún hemiciclo; eso vino después, aprovechando un patio de armas enladrillado donde se instalaron los escaños y una bóveda acristalada, que un día de pleno se derrumbó parcialmente sin causar daños personales, simplemente avisando de que un castillo es un castillo. El asunto es que en la cesión se había pactado que la obra del hemiciclo sería reversible cuando las Cortes se fueran de allí y todo se hizo con cierta vocación de provisionalidad. Hasta el bar, aquel rincón entrañable de la planta baja, donde Julio traía las tortillas hechas de casa y servía el clarete de la tierra en botellas sin marca.

Un buen día, los inspectores que vigilan la seguridad de los edificios públicos fueron por allí a hacer una inspección. Una vez terminada, uno de ellos me dijo al oído: «Mire, en la normativa técnica hay diez motivos por los que se puede ordenar la clausura de un edificio; ¡aquí se dan doce! ». Y seguro que era cierto.

Pues así fue, veinte años, casi día tras día, topando con aquella armadura erguida, lanza en ristre, que te recibía a la entrada junto a los guardias civiles, sobre la que existían variadísimas versiones respecto a la identidad de quien pudiera estar emboscado en su interior, mirando con precaución las piedras de las almenas por si el viento del páramo, que allí soplaba con fuerza, te podría jugar una mala pasada, comprobando con disimulo los árboles, uno de cada provincia, que habíamos plantado, cada uno un nativo, en un jardín colindante, simplemente por saber cuál sería el primero en secarse.

No sé si es oportuno decir ahora que todo aquel tiempo fue un tiempo razonablemente feliz, donde predominaba la ilusión compartida de estar construyendo de nuevo algo que queríamos que fuera útil para la gente; un tiempo en que se prodigaba la cordialidad y hasta el buen rollo, compatible con la diversidad política. La prueba es evidente: muchos de los que coincidimos allí mantenemos relación personal amigable y, cuando nos encontramos, nos reconocemos con afecto. También hay bastantes que ya no están, y les recordamos con nostalgia; paso revista mentalmente y los huecos son por desgracia abundantes, huecos de buena, buenísima gente, que pasamos ratos, muchos y largos, entre aquellas piedras entrañables.

El lugar tuvo mucha culpa de todo eso: mucha gente allí, espacios pequeños, pasillos estrechos, incomodidad funcional, pero mucho roce, roce inevitable. Y el roce hace el cariño. Agolpados los días de pleno, procuradores, consejeros, periodistas, visitas, ujieres; mezclados y revueltos; comiendo en los mismos sitios, restaurantes, bares y bodegas; tomando un vino al final de la sesión, otra vez en los mismos sitios. ¿Qué otra cosa se podía esperar, si no eso que antes decía?

Así que todavía hoy, cada vez que voy por allí, me pongo delante de la mole de piedra y levanto la mirada a las almenas del torreón, se me pone una cosa en la garganta y se me nubla un poco la vista. ¿Nostalgia, melancolía, buenos recuerdos? Seguramente de todo un poco; y el tiempo pasado, y la edad, que no perdona.