RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


La época que no tiene nombre (I)

02/02/2020

Leopold von Ranke (1795-1886) fue un historiador prusiano, el padre del método positivista, que se caracterizo por analizar científica y objetivamente los documentos del pasado a la hora de redactar el relato histórico. Von Ranke llegó a alcanzar una enorme influencia en vida. Todos los historiadores posteriores han tenido presente su manera de analizar las fuentes históricas, que el resumió en una frase muy conocida y repetida: la historia es describir «tal como ocurrieron en realidad los hechos». 
Aunque su objetividad le convierte en el fundador de la historia científica, Ranke escribió su ingente obra con un estilo y un enfoque básicamente político, en el que las grandes personalidades influyen y explican el devenir de los acontecimientos del pasado, no prestando atención a otros factores, especialmente los factores materiales, que la historiografía actual considera importantes en cualquier análisis científico.
Ranke, aunque prusiano (pero contrario a la política del canciller Bismarck), luterano y patriota alemán (pero no nacionalista alemán), siempre estuvo atento a lo que podríamos definir como la «historia universal», aunque nunca escribió una obra con tal nombre. Tal vez por eso, releer su libro Sobre las épocas de la Historia Moderna, una serie de lecciones que en 1854 le impartió al rey Maximiliano II de Baviera sigue siendo estimulante, porque nos excita la imaginación, ayudándonos a entender nuestro presente. 
 En esto, como en otros rasgos de su inmensa obra, Ranke no es estrictamente un positivista. Al definir los rasgos y los elementos históricos de cada ‘época’ (die epochen, en su título original), consigue que nos preguntemos si el tiempo que ahora nosotros vivimos tiene -o no- conexión con el pasado histórico. Aunque se sirvió de los conceptos de Cristóbal Cellarius (1638-1707), un profesor de la Universidad de Halle, que dividió en antigua, media y moderna las épocas históricas, Leopold von Ranke estableció una nueva: «la época de la Revolución».
En sus páginas referidas a la «época de la Revolución» he sentido estímulos para mi imaginación. Ranke habla, y son sus palabras, de dos ‘tendencias’ en lucha de su época: la tendencia monárquica y la tendencia constitucional. 
Esa doble tendencia me ayuda a reflexionar sobre dos conceptos, a saber, el poder (la monarquía) y su control (la constitución), y esos dos conceptos creo que son los problemas más actuales e importantes de nuestro hoy preocupado. 
Esta semana, marcada por hechos turbadores como la aprobación legal del Brexit británico, la acentuación de lo que yo he calificado «el Gobierno dual» del presidente Sánchez, o las propuestas del pin parental (que destruye varios derechos fundamentales, especialmente protegidos en la Constitución), he tenido la oportunidad de reflexionar con profesores y alumnos -y algunos de ellos de países extranjeros-, en varias reuniones, del sentido profundo de esta época que nosotros vivimos. 
Vivimos una época que no tiene nombre, he repetido esta semana, y lo he justificado así: la globalización actual comenzó en 1975 y, en mi opinión, está subdividida en tres fases, hasta el día de hoy. La época que no tiene nombre comienza en la segunda fase. 
La primera fase se inicia el 1 de agosto de 1975, cuando se aprueba en Finlandia la llamada Acta Única de Helsinki, un tratado internacional que fue el resultado de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), y que fue realmente el tratado de paz de la Guerra Fría. 
El Acta Única inicia la fase que denomino «la globalización limitada», pues todavía se daban dos sistemas globales en el mundo, el sistema comunista y el sistema capitalista. Esa fase termina con la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) y la implosión de la Unión Soviética (11 de marzo de 1991-25 de diciembre de 1991). 
El Acta Única fue un acontecimiento global, pues su firma se produjo bajo el patrocinio de las Naciones Unidas (el secretario general de la ONU presidió su firma), y rubricaron el tratado, el presidente norteamericano, Gerald Ford, y el secretario general del PCUS, Leónidas Brezhnev, y treinta y cinco estados más. Reflejaba, entre otros factores, un equilibrio entre las dos grandes potencias, aunque el 30 de abril de ese mismo año, el ejercito del Vietnam comunista había conquistado Saigón, lo que suponía un triunfo de Moscú sobre Washington. 
Así que Brezhnev aceptó los términos del Acta Única, pues ésta reconocía el dominio soviético sobre los países europeos del llamado Telón de Acero, y no dio demasiada importancia a que figurase en ella la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que se convirtió, a partir del Acta Única, en doctrina universal. 
En realidad la Declaración Universal corroyó los cimientos de la URSS, y por otra parte explicaría por qué el comunismo soviético se deshizo sin apenas violencia, un hecho verdaderamente prodigioso. 
 La Constitución Española de 1978 es un fruto brotado de la globalización que se inicia con el Acta Única (el artículo 10.2 de la Constitución es su plasmación). Cuando en 1989 caiga el Muro de Berlín, se inicia una fase distinta de la globalización, que denominaré «la globalización sin política», y será a partir de entonces cuando comienza un «época que no tiene nombre». 
Hablaremos de eso en una próxima semana.