OPINIÓN

Pedro Arahuetes

Abogado, exalcalde de Segovia


Hartazgo político

Hay una frase de Bismarck sobre España que me encuentro cada vez más en las redes sociales y en la prensa: «España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido». No sé si es auténtica, pero si estudiamos un poco la historia de nuestro país, podemos concluir que es verdad lo que dice. En los últimos años, basta examinar lo que está pasando en España, para concluir que los españoles se están esforzando de nuevo por destruirse. Cuando Bismarck dijo su supuesta frase, España había vivido uno de los siglos más violentos de su historia: guerra de independencia, guerras de sucesión, golpes de Estado, intentonas, sublevaciones, rebeliones cantonales, guerras civiles, además de caída de la monarquía y asesinato de dos presidentes de gobierno. Y la cosa siguió a peor: a principios del siglo XX asesinaron a dos jefes de gobierno más. Hemos superado a EEUU en número de presidentes asesinados. Ellos tienen cuatro: Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy. Nosotros tenemos cinco: Prim, Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero. En guerras civiles, pocos países nos ganan. Creo que es el país de Europa con más guerras civiles desde principios del siglo XIX. Una guerra civil, comparada con una guerra externa, causa una división profunda y larvada de los ciudadanos. Se transmite de generación en generación tal y como podemos seguir percibiendo con la peor guerra civil que hemos sufrido, la cual todavía está presente en la memoria, y por si fuera poco, todavía se tienen que desenterrar los recuerdos y enterrar otros muy profundamente.

El populismo, según la Wikipedia, es una tendencia política que pretende atraer a las clases populares. Se trata de un concepto difícil de definir con exactitud, con el que se designan realidades diferentes. El uso del calificativo «populista» se hace habitualmente en contextos políticos y de manera peyorativa, sin que del término se desprenda por sí mismo una evidente identificación ideológica, sino estratégica —dentro del espectro izquierda- derecha—. También se ha aplicado en contextos religiosos para calificar a la teología de la liberación y a la teología del pueblo, así como para referirse a la acción política de los grupos económicos concentrados, con la expresfón «populismo del capital».

Es cierto que en el momento actual no hay un ambiente de guerra civil en España, porque el país, por mal que nos pueda parecer que se encuentra, cuenta con un bienestar que no queremos dinamitar, aunque la política y los políticos lo contaminan todo. El populismo del presente siglo, en todas sus tendencias (de izquierdas y de derechas), obedece al fracaso de los partidos políticos tradicionales para responder a los nuevos retos a los que se enfrenta la sociedad actual. Estos retos son la globalización, la tecnología, la emigración de nuestros jóvenes, la creciente inmigración de personas de países menos desarrollados, el fracaso de las ideologías políticas tradicionales y la trascendencia y generalización de los escándalos de corrupción política. Políticamente estamos enfermos y de esta enfermedad no se libra ni España ni Europa ni el mundo.

En esta línea de enfermedad, España es uno de los países más insatisfechos con su sistema político según los datos del Eurostat (Oficina Europea de Estadística que produce datos sobre la Unión Europea y promueve la armonización de los métodos estadísticos de los estados miembros). Nos dicen que estamos con un nivel de insatisfacción de 1,9 puntos sobre 10, y eso es para pensar seriamente qué es lo que está pasando, por qué hemos llegado a esta situación y qué han hecho (o qué no han hecho) los dos principales partidos políticos de España, PP y PSOE, para que se haya llegado a este grado de saturación y enfado. Y no han hecho ni reflexión, ni autocrítica. Y quienes sí que lo han pensado han sido los populistas e independentistas que se nutren de esta insatisfacción para conseguir sus fines. Por tanto, no es de extrañar el auge electoral de partidos como Podemos, o los independentistas catalanes, o Vox, entre otros.

Algunos pueden pensar que esta falta de confianza es consecuencia de la crisis económica, pero al menos en España esa falta de confianza nada tiene que ver con el nivel o la calidad de vida de los españoles, ya que se puede ver que este indicador –Eurostat- en relación con España, sube hasta los 7 puntos sobre 10. Por lo que la aparición de los partidos populistas está mucho más relacionada con la crisis política y de los partidos políticos tradicionales que con la crisis económica o social. En este entorno los españoles están cansados de su sistema democrático de partidos y este factor es el que determina la desafección de los españoles con su sistema, que por otro lado también existe en el resto de la Unión Europea; y la consecuencia de la falta de confianza en el sistema político ha sido el surgimiento de otros partidos que venden nuevas políticas, nuevas caras, nuevos compromisos y nueva forma de regenerar la política. Así surgen partidos como Podemos o las Mareas, Ciudadanos, Independentistas o Vox, por no hablar de las distintas escisiones de ellos, como la que ha surgido en Madrid con Carmena y Errejón. Todos estos partidos o corrientes o personas independientes son a los que podemos llamar como la nueva vanguardia del desencanto político en España, porque la crisis política e institucional sería el ingrediente clave y fundamental que explica la fuerza actual del populismo en España, en general, y del fenómeno de los partidos populistas, en particular. España sobrevivirá a los vividores una vez más a pesar del hartazgo.